La Rodilla del Gigante


Divagaciones
Kepa Uriberri

Una utopía nueva

En todo el entorno, y de norte a sur, donde no es una, es otra la razón que lleva a muchas ciudades del mundo a entrar en conflictos. En unas es la economía que quiebra el bienestar social, ya sea porque el endeudamiento es superior a la capacidad de pago de los ciudadanos y muchos pierden sus casas, o quedan sin empleos debido a que la gran rueda del negocio de prestar y consumir a cuenta, al fin colapsó y el prestador no puede recuperar lo prestado, y el deudor ya no puede pagar tanta deuda, de modo que se rompió la ilusión de negocio y la ilusión de pagar y la de que la economía giraba a tal velocidad que sólo con el impulso de la inercia ya era suficiente para creer que giraría siempre: ¡Pero no! ¡No era así! En otras, el amor al poder del tirano, convertido en obsesión sostiene una lucha autodestructiva inexplicable: ¿Cómo se puede, por el afán de mantener un régimen, destruir hasta los cimientos las ciudades sobre las que se ejerce el poder? Una vez obtenida la victoria de Pirro, ¿Acaso se sentará solo a gobernar las ruinas de su extravío?. Unos más se lanzan en una campaña idealista y de apariencia inútil, contra el poder institucional y el de facto de los medios, que en toda la superficie del planeta guía y rebota, a placer, la supuesta opinión pública de mayorías, sesgando de ese modo, a veces, y en otras aparentemente, la voluntad popular: Potente poder que emerge y echa raíces, por la vía de la tecnología. A veces centralizado en pocas manos y otras, estableciendo nuevas formas de lucha, a través de miles de voces unitarias exaltadas que apuntan en dirección al malestar social, construyendo un gran bolo único de todas las protestas. Es la lucha de Gulliver contra los liliputienses: El poder penetrado por los partidos políticos, el poder de la gran pantalla del televisor, contra el poder de las redes sociales, nuevo engendro que se suma a la calle, añadido al grito pelado. Desde fuera, quizás sólo eco rebotado en pantallas y periódicos, parece ser que el afán de llegar al poder de un candidato puede llegar al extremo de darse ganador contra los resultados avalados por la institucionalidad. El fracaso del intento lo lleva a perder por segunda vez y a intentar de nuevo negar la derrota por razones morales, por razones institucionales, por razones históricas o por cualquier razón. Desde tan lejos es imposible conocer cual, entre muchas, es la verdad verdadera. Solo constato que todas son verdades. Otros pretenden botar al supuesto tirano derrotándolo en las urnas y entre los ciudadanos de esta parte el dialogo de sordos con sordos, de mudos con mudos, estira un conflicto cuya solución todos quieren: ¡Todos quieren otra solución!

Lo que puedo asegurar es que todos quienes no tienen herramienta alguna de poder para solucionar el conflicto que los aqueja, quieren soluciones inmediatas y no están dispuestos a tolerar otra solución. El viejo dicho de mi tierra dice que «Otra cosa es con guitarra». Los que tienen guitarra, es decir, aquellos que son los encargados de cantar y cantando solucionar los problemas, saben siempre bien que con la guitarra en las manos todo es muy lento. Nada corre, nada vuela. Pienso que Shakespeare lo tenía muy claro y por eso dice, por voz de Porcia, en El Mercader de Venecia que: «Si hacer fuese tan fácil como saber lo que es preferible, las capillas serían iglesias, y las cabañas de los pobres, palacios de príncipes». Como sea, nadie podría dudar que instalar un sistema educacional gratuito, de calidad, y público es demasiado plan para un programa trazado entre dos jueves. Si se tuviera, de alguna manera, el plan en cuestión, tampoco habría acuerdo: Lograrlo no sería de un jueves a otro, sino un lento proceso. Podría seguir con el significado de ponerlo en marcha, probar si cumple las expectativas, hacer las correcciones de rigor y más. ¿Pero para qué?

Conozco a un par de realizadores, que pusieron en marcha planes e hicieron grandes avances en ellos: Uno empujó durante más de treinta años planes realistas y pacientes para resolver el problema de la desnutrición infantil, el otro logró hacer conciencia del problema de los limitados físicos, instaló un sistema imaginativo de acopio de fondos y aunó voluntades para poner en marcha una fundación que se dedicara lenta y pacientemente, pero de modo persistente a solucionar el problema de miles y miles de minusválidos que hasta entonces parecían ser de celofán. La vista de todos pasaba a través de ellos, sin verlos.

Al hablar de ciudad, sin duda hablamos del gran artefacto social donde se cocina la vida de las naciones. Este es la ciudad, en la cual viven del orden del setenta y cinco al ochenta y cinco por ciento de la población, pero los habitantes rurales de modo alguno prescinden de los servicios que brinda la urbe, quedando sujetos a su campo de acción. Así entonces, al hablar de visiones y soluciones en las ciudades, queda considerada la parte gruesa de la población de una nación.

Recuerdo el aspecto de mi Santiago de niño, con mucha claridad. Si tuviera que establecer una diferencia urbana esencial, que podría hacer a este Santiago de hoy, verdaderamente mejor que aquél, elegiría sin duda alguna el aseo y la limpieza. No quiero decir que el de hoy sea una ciudad limpia; pero el de entonces era muy sucio. Una ciudad sucia, o la suciedad en general, produce gran rechazo al que la enfrenta desde afuera, pero acostumbra y hace ciego al que la vive. ¿Por qué cambió Santiago?, ¿Fue el orgullo del metro más limpio del mundo?, ¿Quizás una generación de buenos alcaldes cambió la cara de la ciudad?: ¿Qué?. No lo sé con precisión. Sólo puedo decir que en aquella ciudad endémicamente sucia, yo botaba el envoltorio al suelo, la colilla al suelo y así. Otros un trapo sucio, una caja de cartón, el diario antiguo y todo lo que ya me estorbaba en la mano o el bolsillo. Hoy, en cambio, me avergüenzo. Esto es sólo un toque; un pequeño toque a la cultura de la ciudad que produce un cambio que puede ser sustantivo. Monckeberg, por allá por los años sesenta del siglo pasado, comenzó a introducir la leche como un elemento básico en la nutrición infantil. Su acción, fraternal, se dirigió más a las madres que a los gobiernos. Produjo lentamente un cambio de cultura que influyó en un cambio de conciencia institucional. Este terminó en una política de estado en cuanto a la distribución de leche a las madres y estas imbuidas de una cultura largamente potenciada, recibieron y usaron bien el apoyo en leche del gobierno. De este modo el país salió del flagelo de la desnutrición infantil.

Resulta sorprendente la posesión de autoridad moral, sin base ninguna, que tantas veces sustenta a los movimientos de izquierda y los supuestos representantes del pueblo, cuya autoridad moral parece ser recibida directamente del sufrimiento de años de un pueblo diezmado por la oligarquía. Ya antes dije y recuerdo ahora que la oligarquía es también parte del pueblo y su moral. Es bueno que se sepa que una buena parte de la moral pública está influida por la moral de ese segmento de pueblo con derecho igual, aunque pese que esa sea la realidad. Al momento de hacer, tantas veces, ese segmento del pueblo es el que tiene el poder de decidir. Además son oligarcas de todos los colores políticos; la clase que los hace oligarcas, muchas veces no es la económica, sino la política. En ese caldo están los oligarcas que se pegan al costado del pueblo empobrecido, para succionar el poder que los alimenta y también su superioridad moral. Una solución verdadera a los problemas de los pueblos que se rezagan tras las brechas de las oportunidades no pasa por la división sectaria, sino por su unión solidaria. Ese fue el éxito de las políticas a favor de los minusválidos de Kreutzberger. No había división sino integración en la solidaridad. Se estructuró espacios para la participación de todos. La izquierda bulliciosa, la derecha silenciosa, el centro moderado, el rico orgulloso, el pobre generoso, el artista consciente, el técnico responsable, el profesional renovador, el progresista, el conservador, el radical, el recalcitrante, el revisionista, el delincuente y el policía, el militar y el juez, el pacífico y el violento, todos. De este modo se creó un concepto cultural de pueblo: Somos solidarios. ¡Bah! que raro, ¡Qué noble! La solidaridad resulta ser la hermana gemela de la fraternidad que como una de las tres gracias fue llamada a la revolución francesa. La fraternidad, sin embargo, es siempre convocada, pero rara vez es recibida u otorgada.

La fraternidad podría ser parte de una primera nueva utopía para la ciudad moderna. No obstante, pienso que quizás nunca la invitación a la fraternidad sea recibida sin un cambio en la cultura de la ciudad en su vida pública. Hacer educación efectiva, primero, para lograr calidad después, requiere que la cultura de los padres los haga creer en que la primera y mayor calidad se recibe de ellos y sólo se apoya en los profesores, excepto cuando estos se transforman en los padres por sustitución. Este puede ser un cambio de un hacer paciente y lento, pero sus frutos posiblemente llegaran hasta la seguridad ciudadana, que jamás podrá asegurarse en una ciudad donde no se incruste en la cultura el acto moral de la conciencia. Aborrezco el periodismo de insistencia que impera en nuestros medios, en los que la misma noticia se repite al amanecer, al mediodía, al atardecer y en la noche, incluso con las mismas palabras aún cuando el periodista que lee sea otro; pero para este caso resulta útil ya que por este expediente es posible que todos, o muchos, hayan visto repetidas veces la sinvergüenzura de funcionarios de colores y cargos diversos, que aprovechan influencias para pasar por sobre los requisitos para conseguir granjerías del estado. Cuando la cultura penetra las conciencias estructura la moral sana y rompe los circuitos de corrupción.

Por desgracia la cultura, que es mucho más que una forma de mirar el arte, o su fomento, se entiende tan mal y se la limita al espectáculo de arte, a la acción de difundirlo y a promoverlo. La cultura es mucho más: La cultura es el carácter de la ciudad y su pueblo. Toda solución, todo acto tendiente al cambio, no puede sino comenzar en la cultura profunda de quienes están destinados a su ejercicio o su beneficio. El hombre, a veces tan bien representado en imágenes insólitas, como ciertos artilugios de los juegos electrónicos, tiene la voracidad de la acumulación, que corresponde a la malformación del instinto de la prosperidad; es así que he podido ver jugadores llenos de ansiedad por acumular puntos en un juego que le da el nombre eufemístico de "vidas" y que consiste en asesinar a muchos y diversos contrincantes, desde un monstruoso engendro humanoide, hasta una bella mujer que golpea con la fuerza, el estilo y la perversidad de una máquina perfecta; la agilidad y eficacia pérfida para asesinar, romper y destrozar envicia al jugador del mismo modo que el hombre que acumula riquezas y no es capaz de distribuirlas. Las acumula porque su cultura profunda, la de todos tal vez, es acumular hasta vencer a todos, absolutamente a todos, incluso a la vida, la gran contrincante repleta de horizontes por alcanzar. No he visto a nadie que una vez que triunfa comience a distribuir de manera fraternal, sólo tal vez lo haga a base de sobras marginales.

Si tuviera que proponer una nueva utopía que reemplazara al mercado, a la democracia, al premio en otra vida y más, elegiría una que combinara la fraternidad con la cultura como vehículo constructivo para la vida pública. Porque, al fin, la cultura es el carácter colectivo que habita las ciudades, en el cual nunca dejará de existir el impulso al progreso y la necesidad de consolidarlo. Cultivar ese carácter de manera que construya armonía entre proyecto y realidad requiere de verdadera fraternidad, integrada a la acción, porque ella es el único pegamento que puede integrar de verdad, convirtiendo a la ciudad en el cuerpo orgánico que integre a todos más allá del pueblo unido en un gigante avasallador, con una rodilla enferma.



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