Una sociedad global y violenta


Kepa Uriberri

El congreso acaba de aprobar la ley de aborto. En realidad debería ser una que despenalizara el aborto en tres circunstancias: Cuando el feto es incompatible con la vida, en razón de graves malformaciones, como la anencefalia y otras; o cuando el embarazo pone en manifiesto riesgo la vida de la madre; y por último, en caso de violación. La oposición presentó, antes de la promulgación de la ley, un recurso al Tribunal Constitucional, alegando la nulidad de la norma, por cuanto la Ley fundamental establece que la vida del no nacido debe ser protegida, por lo que la ley aprobada violaría la Constitución.

A mi modo de ver la causa del conflicto tiene un origen violento: Se violenta la vida del que no ha nacido, restándole cualquier derecho, o se violenta a la mujer que no desea, en estas circunstancias, llegar a ser madre. Con todo, las leyes en definitiva norman el comportamiento según el sentido de las componentes de las fuerzas sociales; así entonces, si la voluntad social es permitir el aborto y ello requiere modificar la norma constitucional, finalmente se hará. Los esfuerzos por impedir la voluntad social sólo retrasan la aprobación de la norma.

El tribunal, para mejor decidir, quiso escuchar las opiniones de las partes que aprobaron la ley en el congreso, de los que presentaron el recurso de nulidad y de otros terceros que tuvieran opiniones fundadas en uno u otro sentido. Supe, por los medios, de argumentos del todo absurdos, como citas bíblicas o definiciones jurídicas que niegan la existencia de la persona hasta antes del alumbramiento y otras que apelan a la incapacidad del feto de experimentar sufrimiento alguno, todas las cuales se basan en circunstancias, de verdad, irrelevantes. Sólo un alegato me impresionó por su lógica que iba al fondo de la cuestión. Lo presentó un individuo de tendencias ultra conservadoras y de posición social muy alta. Alegó que la vida humana, desde su origen y sin importar su estado de desarrollo, es superior al derecho, por cuanto este último requiere de la vida para su existencia; es decir, sólo los seres vivos pueden tener derechos, de manera que violentar la vida, violenta el concepto de derecho mismo. Alegó entonces que el precepto constitucional protege al no nacido no como una forma subordinada al derecho, sino al contrario, porque el derecho está subordinado a la vida: ¡Impecable!, ¡Lúcido!.

Me extiendo demasiado, pero, aunque mi tema, se verá más adelante en este desarrollo, no es el aborto sino la violencia. Mi postura frente a éste es la violencia que implica y, también, la violencia que su discusión puede desatar.

Es irónico que alguien que presentó un argumento de profundidad ante el tribunal, sea el más vapuleado a raíz de sus ideas: Por defender la vida se le gritó: "¡Asesino!". La pasión de las facciones sociales que se han involucrado en las distintas posiciones ha hecho que se junten multitudes de personas, en el entorno del tribunal, a manifestarse a favor y en contra. Una vez que hubo presentado su alegato, el personaje referido, salió en medio de la turbamulta, que lo atacó arrojándole basura, frutas podridas, huevos e insultos de todo calibre. El hecho produjo noticia y se ha transformado en un argumento social a favor del bando que ejerció la violencia. El razonamiento válido y profundo del agredido: No. Incluso fue bastante ignorado en los medios y en la opinión general.

Hace ya ciento cincuenta y dos años el general Robert Lee, comandante del ejercito confederado del sur de los estados unidos, se rindió al general Ulysses Grant, en una guerra que resultó desastrosa para la Confederación. La abolición de la esclavitud no había sido la única, pero sí una de las principales causas del conflicto que dividió a los estados unidos. En lo profundo, la cuestión esencial en el conflicto, que parece ser la libertad de los esclavos, es casi más bien un efecto de la causa primera: El negro fue esclavizado, no sólo en los estados unidos; en todo el mundo, porque no se le consideraba una persona humana y por tanto no era sujeto de derechos. Era una propiedad, tal como los animales de tiro o el ganado. Su dueño disponía de él a voluntad, incluida su vida. ¡Vaya! si se parece al conflicto de derechos del que no ha nacido.

Al término de aquella guerra de secesión, a pesar de la derrota, como suele suceder, los vencidos veneran y glorifican a sus héroes. Así entonces, actualmente, hay una gran cantidad de monumentos a lo largo y ancho de los estados del sur que recuerdan a Robert Lee, a Jefferson Davis y otros, ademas de recordatorios, obeliscos, placas y más. La derrota de los esclavistas produjo un sentimiento paliativo que derivó en el racismo y un fuerte sentimiento, en muchos, de supremacía blanca. Sus principales representantes, hoy, son los movimientos neonazis, el ku klux klan, o alt-right. No he conseguido encontrar una explicación satisfactoria para la masiva remoción de monumentos, que recuerdan la derrota, pero me parece plausible que la elección de Donald Trump y su extremo nacionalismo, haya desatado una fuerte polarización que ha hecho reverberar las manifestaciones de los movimientos de supremacía blanca por una parte y la reacción contraria por otra. El retiro progresivo de estatuas parece una reacción preventiva inocente que intenta apaciguar ánimos. En Charlottesville, Virginia, supremacistas blancos organizaron una manifestación de protesta contra la posible remoción del monumento ecuestre del general Robert Lee en el parque de La Emancipación. Manifestantes antirracismo se presentaron para oponerse a ellos. Un nacionalista exaltado arrolló, con su auto, a los contramanifestantes, matando a una mujer e hiriendo a muchos. Otra vez los argumentos que confrontan las partes son violencia y violencia. Veo fotografías de la trifulca: Muchas. En el desorden y el enfrentamiento nadie dice a qué bando pertenece. No sé si corresponde a sesgo periodístico, pero aquellas fotos, muchas, que muestran banderas confederadas, se ve manifestantes en paz. El presidente de la nación ha querido ser ecuánime y privilegiar al bando de sus simpatías. Con todo: ¿A qué llevan las acusaciones, las banderías, las confrontaciones, los palos, las piedras, un automóvil que golpea y arrolla?. Sólo a promover más violencia. ¿Y el apoyo cínico a un bando: A qué?

Dice Ortega y Gasset que hablar de reconquista respecto de un proceso que se extendió a lo largo de ocho siglos, es absurdo. Otros creen que los visigodos fueron los habitantes originales de la península ibérica y por lo tanto su impulso sí fue una reconquista. Pero los visigodos llegaron, como aliados del imperio Romano, hacia el cuatrocientos cincuenta, para arrinconar a los suevos, que a su vez durante varios siglos transitaron la península en conflicto con los vándalos. Mirado de muy lejos, en el tiempo y el espacio, pareciera que los musulmanes que se establecieron en la península ibérica a partir de los años setecientos con el emirato Al-Andalus fueron los primeros en asentarse de un modo definitivo desde los años setecientos y hasta casi el mil quinientos; período mucho más extenso que los procesos colonialistas iniciados por entonces por España en América. En un lento devenir, el pueblo árabe y berebere fue siendo arrinconado hasta que a las puertas del mil quinientos, se terminó con los últimos vestigios del califato de Córdoba. El emirato de Al-Andalus había conquistado la península y penetrado hasta Narbona en Francia. Soportó siete siglos de acoso y violencia persistente hasta la expulsión de su pueblo.

Hacia el mil cien, el papa Urbano II extrajo de algún evangelio la jaculatoria que popularizó en el concilio de Clermont. Dice el celebrante: «El que quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame» y el pueblo responde: «Así lo quiere Dios». Fue el pregón de las cruzadas para la conquista de tierra santa. Los musulmanes aprendieron de estos procesos de acoso, conquista y expulsión, que existía la guerra santa como medio de evangelización y comenzaron a practicarla.

Después de introducir la violencia religiosa en oriente, durante unos doscientos años, occidente terminó su guerra santa, pero los musulmanes la han continuado hasta el día de hoy. Fueron acosados por los infieles por cerca de ochocientos años en tanto que su ofensiva apenas alcanza a los quinientos: ¿Aún se puede esperar otros trescientos?.

Barcelona es una ciudad turística en un país que vive en buena medida del turismo. La Rambla es un paseo que llama al turista y la época de verano pleno, de vacaciones, es especial para juntar mucha gente en el lugar, desde todos los rincones infieles del planeta. Ahí se encuentra uno de los símbolos más sagrados de los enemigos de la Fe: La basílica de la Sagrada Familia de Gaudí. Se cree que el objetivo del último ataque terrorista musulmán era ese. La Rambla sólo fue la acción de remplazo.

Cuando cayó el muro de Berlín, no sólo terminó la Guerra Fría, sino que muchos sesudos estudiosos dijeron que ese suceso ponía fin a la Historia. Ahora vendría un largo proceso de paz, un tercer período del hombre de armonía y progreso. Pero al mirar atrás, tengo la impresión que la Prehistoria fue violenta en proporción a la magnitud de los pueblos que la habitaron. La Historia ha sido una progresión de violencia que culminó, hasta ahora, en Hiroshima y Nagasaki. La caída del muro sólo es el comienzo del fin político de un sistema forzado por el ingenio del hombre. La violencia sigue y La Historia es sólo la recopilación de sucesos violentos que han sido y serán documentados.

Las sociedades del hombre son violentas y la aceleración de la globalización que, tal vez, comienza con la unificación alemana y la caída de su odiosa división, solo va haciendo global la violencia ideológica, racial, política y religiosa.

Kepa Uriberri