Una Gran Fábula


En aquel tiempo había un hombre privado de la razón, o tal vez con exceso de ella. Se paraba cada día en el umbral de las puertas del Bar Nacional a entregar, con voz muy alta, su discurso de protestas por todo lo que estimaba males sociales. Al concluir su largo discurso, que podía durar treinta o más minutos, elevando hasta lo cuasi imposible la voz preguntaba a la concurrencia del bar: “¿Y de quién es la culpa?” y sin esperar respuesta gritaba, coreado con frecuencia por los parroquianos que ya lo conocían: “¡De los detectives!”.

Para aquella mente desquiciada, o quizás preclara, la culpa de todos los males sociales, políticos, económicos, policiales y culturales, era de los detectives.

En aquel entonces, existía el Bar Nacional que estaba frente al Palacio de Justicia, que aloja a la Corte Suprema; en la esquina opuesta a la Cámara de Diputados del Congreso Nacional. Hoy el Poder Judicial y las Cortes Suprema, también la de Apelaciones y demás tribunales de justicia estarán desapareciendo por decisión de la Convención Constitucional, encargada de escribir un borrador para la nueva Constitución que el pueblo deberá aprobar o no en un plebiscito. El Congreso Nacional, cuya cámara de representantes del pueblo todo, la de diputados, está alojada hace más de treinta años en otro lugar apartado de la capital; lo mismo que la cámara alta, el Senado, que está también destinado a desaparecer por los mismos motivos que las cortes. El hombre desquiciado, eterno denunciante, quizás haya muerto o puede haber corrido cualquier suerte desconocida.

El Bar Nacional fue un centro neurálgico de la capital, por su cercanía con los lugares en que ocurrían las mayores decisiones, tanto en lo legislativo, en lo jurídico como en lo judicial, por lo que recibía en sus salones las mentes más claras en las decisiones y las más agudas en el relato e interpretación de ellas. En los momentos de relajo y descanso en sus labores muchos de todos ellos se reunían en el Bar Nacional para comer empanadas fritas de queso, beber cervezas o un vino tinto, como se merece, o blanco helado, para morigerar los calores, climáticos o polémicos. Este ambiente, propicio para discutir y formar la opinión pública, atraía, también, toda suerte de intelectuales verdaderos y de pacotilla. Así, entonces, se podía decir que este lugar era como un paradigma de la sociedad toda. Hoy ha muerto; ha bajado sus cortinas y cerrado sus puertas definitivamente. El golpe final se lo dieron la insurrección social que comenzó en octubre del dos mil diez y nueve, que con decisión planificada ha ido destrozando todo lo que pueda tener aroma a prosperidad, a bienestar y convergencia social verdadera, y la pandemia del Corona Virus que ha resultado letal para todos los lugares de encuentro de las gentes.

¿Y de quién es la culpa de todo?: No. No es de los detectives. Ellos sólo son culpables en la fábula del Gran Desquiciado. Si alguien tiene dudas, pregunte en la calle, o junto a las cortinas metálicas bajas del Bar Nacional, a los que ahí lleguen, aún ignorantes de la suerte del lugar. Casi con toda seguridad le dirán, al igual que si pregunta por cualquiera de las calamidades de la nación: “¡La culpa es del Presidente!”.

En la gran fábula que propongo, el desquiciado representa a la gente común que se instala a la vera de las elites que discuten cómodamente la suerte de todos los otros, porque la propia es segura, a reclamar por el cumplimiento de sus deseos y anhelos, mientras equivocan las causas de sus desgracias.

Los detectives no están ahí, donde existió ese centro neurálgico. El culpable de los males y desgracias, a juicio de todos, ya sea por conveniencia política o por ignorancia e incluso por desidia es ¡el Presidente! Atrincherado en su Palacio de Gobierno, en la fría soledad de la intrascendencia.

Para el diez y ocho de octubre de dos mil diez y nueve, día de inicio de la revolución que ha destrozado la convivencia, la sociedad, sus instituciones y las reglas que permitían su desarrollo y la paz, el presidente, al anunciar el estado de excepción con el que se detendría la insurrección, dijo, con verdad y propiedad: «Estamos en guerra contra un enemigo poderoso e implacable». La estúpida opinión pública se rio, tal vez como se reían, en aquel tiempo, del desquiciado. Entre ellos se rio el jefe de las fuerzas armadas a cargo del estado de emergencia que dijo: «yo soy un hombre feliz, la verdad es que no estoy en guerra con nadie». Después dejó que sus hombres fueran insultados y escupidos en la Plaza Baquedano y de seguro dio órdenes de mantenerse pasivos. No puedo saberlo, pero es posible que el presidente, carente de todo apoyo, haya querido remover al militar, pero no contó con el patrocinio de las fuerzas armadas. Tampoco lo tuvo más tarde cuando recrudeció la asonada y las fuerzas militares se negaron a obedecer a una posible orden de intervenir para detenerla. En ese momento estuvieron dadas todas las condiciones para derrocarlo, ya que había quedado indefenso, y para avasallar la democracia. Nadie ha sopesado esa realidad. Quizás la hubiera visto el loco del portal del Bar Nacional, pero ¿de qué hubiera valido? ¿de qué vale que apenas unos pocos lo veamos así?. Es muy posible que quienes no lo quisieron ver, sólo se cegaron a la vista preclara del significado que tendría para sí mismos, haber sido cómplices de una caída violenta de la democracia. ¡Qué cálculo tan inteligente!. En vez de ello propusieron crear una nueva constitución que regalara un horizonte, para el pueblo basto, pleno de anhelos cumplidos, con la secreta bajeza moral de quitar del juego político, para siempre, al adversario.

Contra la opinión pública que ha gritado en el portal de la nación, como aquel desquiciado, en el del Bar Nacional: “¿Y de quién es la culpa?: ¡Del presidente!”, creando una falsa realidad, a través del lenguaje. Él, en esta gran fábula, prefirió empeñar todo su valor político como precio para salvar la democracia. Lo que no supo fue que la Convención Constitucional terminaría destruyéndola de todos modos. ¿Lo irá a redimir la historia, como se merece?.

¡Vae victis!.



Kepa Uriberri