Destino


Novela

II Mesero

La infiel

César sentía que su voz tenía una fuerza acusadora tremenda, que golpeaba con fuerza dentro de su cabeza, sin embargo percibía que no era más que un murmullo monocorde, y descolorido, que salía de la desdentada boca de la mujer. Ella jamás lo miraba a los ojos. Por el contrario, su vista parecía atravesar sus párpados semicerrados y somnolientos, para ir a clavarse en un infinito muy lejano, mucho más allá de la gris neblina que los envolvía. César pensó que la mujer se cruzaba con él como un presagio, que preveía sus errores: "No debí salir a avisarle al Byron. Seguro que me grabaron" pensó. Seresa Almond le dijo:
— Si no te apartas de las drogas, José Antonio Vidaurre, y dejas a mis hijos tranquilos, entonces tendré cincuenta jinetes para mis caballos y me vengaré — y mostró la recova de perros vagos que seguían a Michu, con su enorme mano danzante, que no parecía corresponder a un brazo tan flaco.
Después de recorrer con la mano la imaginaria tropilla de caballos, con voz apenas más potente continuó:
— ¡Los venceremos! — y arrojó un escupo seco al suelo, húmedo por la neblina, y lo pisó y arrastró con fuerza inusitada para su débil organismo. Después emprendió la marcha, llamando a la caudillo de la manada, con tono de mando — : ¡Vamos Michu!.
Se fue caminando sin levantar apenas los pies, con la lentitud de un caracol, hasta perderse al interior de la neblina, que entonces comenzó a disiparse tras de ella como si fuera su propia estela. Un rayo de luna llena alcanzó a iluminarla en el último instante, marcando su aura nítida e iridiscente.

La noche del sábado hacía un calor extraño. Durante el día, el alquitrán de las calles había comenzado a derretirse, y a llenar el ambiente, de suyo contaminado por los humos intestinos de vehículos e industrias, de un aroma acre, que hacía pensar que en cualquier momento podía tomar un color verdusco denso. Al caer la oscuridad, los aromas se habían condensado en una especie de humedad asquerosa que convertía al calor, incapaz de retirarse, en algo casi palpable y resbaloso. La gente se refugiaba en los locales de atención rápida a consumir cerveza, y los pocos que caminaban por las calles, en pequeños grupos de transeúntes se notaban agobiados. La terraza de la pizzería estaba muy llena de gente, casi toda joven, que formaban grupos alrededor de las mesas. Cuando César se hizo cargo del sector, notó que la única mesa donde no parecía faltar espacio, era la del rincón cercano a la esquina de la calle. Ahí, un hombre regularmente vestido de camisa y corbata, con una chaqueta liviana y muy arrugada, fumaba tranquilamente, con un enorme vaso de cerveza delante, cuyo borde acariciaba, en un movimiento circular, con uno de los dedos que sostenía el cigarrillo. Su mirada a ratos se perdía dentro de la cerveza, o en las volutas de humo que salían del pucho. Pero casi siempre, seguían a una figura, que tenía enfrente, al otro lado de la calle. César sintió que la adrenalina le saltaba al pecho. Sobreponiéndose, se acercó al parroquiano, y dijo:
— ¡Buenas noches señor!. ¿Está todo bien?. Yo estoy tomando el turno de su mesa, por si desea algo.
Notó que el hombre tenía la camarita encendida, junto al cenicero, y que en su centro se repetía la imagen del Byron que hurgueteaba algo en la bolsa de su cinturón, en la vereda de enfrente. Tratando de emplear un tono de voz neutro, César dijo:
— Disculpe señor, parece que se le quedó encendida — y señaló la miniatura.
— ¡Ah! sí, gracias — dijo el hombre, sin alterarse — , no deseo nada por ahora, y cubriendo la cámara con su otra mano, hizo dos taps sobre ella con el dedo corazón, y continuó fumando. César se retiró, y la cámara continuó grabando al Byron.
Unos muchachones, un par de mesas más atrás, llamaron a César.
— ¿En qué los puedo servir? — preguntó éste.
— ¿Tú erís el César? — preguntó uno en voz bastante alta.
El apelado contestó con una inclinación de cabeza.
— ¿Y tenís combustible pa satélites? — preguntó otro en voz muy alta.
César sintió que las ideas y pensamientos, dentro de su cabeza, eran más grandes que ella misma, impidiéndole pensar, y produciéndole una especie de molestia que no alcanzaba a ser dolor. Dijo:
— En seguida les traigo la lista — y dio media vuelta, sin poder evitar mirar al sujeto de la cámara. El hombre no parecía haber oído nada.
Los muchachones insistían, a voz en cuello:
— ¡Hey Cesarito!. ¡Ven poh hueón!.
Después de un momento, César volvió con el cuadernillo que listaba las ofertas de comer y beber.
— ¡Putas que erís escurridizo hueón! — dijo uno.
César le pasó el cuadernillo, y sacó el talonario de comandas y un lápiz.
— Para servirle — dijo.
— ¡Ya poh hueón!. ¿Tenís una tiradita?.
— Por favor — dijo César, bajando mucho la voz — , no es necesario gritar. Todo lo que tenemos hoy, está en la lista. Salvo la pizza de moros en la costa.
— ¡Putas, tráete una! — grito otro de los comensales, y soltó una risotada.
— ¿Algo más? — preguntó el mozo, sin alterarse.
— Ya. Está bien — dijo el tercero, en voz normal — tráete otro jarro de cerveza valdiviana, no más.
César se retiró a procesar el pedido, las piernas le tiritaban. Al pasar junto al hombre de la cámara vio que éste la ajustaba, acercando la imagen, donde aparecieron dos personas. Automáticamente levantó la vista de la reproducción a la realidad frente al espía. Una mujer delgadísima, con el pelo entrecano suelto, salvo un mechoncito mínimo que aún persistía porfiado dentro de un sujetador elástico inmundísimo, se había detenido junto al Byron, y sin mirarlo le decía algo en voz inaudible. Una recova de perros vagos y sucios seguía, ahí cerca, a una perra blanca y lanuda, que a su vez iba detrás de la figura femenina, cuya ropa, aunque no andrajosa, ya estaba muy usada, y le colgaba del cuerpo como de una percha.
César sintió desesperación. "¡Ahora si que queda la cagada!" pensó, irracionalmente, y se llevó la mano a la cabeza. Sin saber por qué, se metió delante de la mesa del hombre, tapando la vista de la cámara, y haciendo ademán de limpiar, recogió el cenicero que tenía un par de puchos apagados, demorando mucho la operación. Después consultó al parroquiano si deseaba algo más. Ante la negativa cargada de fastidio, intentó introducir alguna conversación sobre lo caluroso de la noche, etcétera; todo esto sin dejar de estorbar la visión de la lente. El hombre, por último, enojado dijo:
— ¡Podría retirarse por favor! — y le hizo ademán con la mano de que se moviera.
César con disimulo notoriamente evidente, se movió a un lado aparentando torpeza, y mantuvo media imagen obstruida. Dijo:
— ¡Perdón!. ¡No sabía que estuviera grabando!. Y como si fuera primera vez que veía la camarita añadió — : ¡Que chiquitita la cámara!. ¿Es de video?. ¿Con cinta quiero decir?.
— ¡No quiero nada!. ¡Y si necesitara algo, lo llamaría!. Ahora: ¡Fuera! — concluyó con desesperación el parroquiano.
Cuando César finalmente se retiró, Byron trataba de zafarse de Seresa Almond con gestos evidentes de ambas manos, pero ella se mantenía donde mismo, mientras su cabeza danzaba suavemente. En ese momento todos los faros de yodo que iluminaban la esquina opuesta, se apagaron simultáneamente. Un destello de luz intensa y desigual iluminó por momentos la escena, casi un segundo después, cuando todo estaba de nuevo oscuro en la calle, se oyó un rumor sordo que venía de lejos, y culminó en un estallido violentísimo que de improviso desató una tormenta de verano, la que hizo huir a Byron en busca de amparo bajo la galería de la gran tienda que a esa hora estaba cerrada. Seresa se mantuvo donde mismo, y levantó con extrema lentitud ambas manos, con las palmas hacia arriba. Éstas danzaban al mismo ritmo que la cabeza. Sus ojos que antes se fijaban en algún infinito más allá, dentro de su propio pensamiento, ahora bajaron hasta encontrar sus manos, muy grandes para los brazos tan delgados, y empapadas de la lluvia intempestiva, constatando su realidad. Desde su propio interior, la reina María de Escocia, escindida de si misma, le gritaba: "¡Jamás saldremos de la torre!". Durante largo rato se mantuvo en esa actitud, mientras Cesar y el espía la ponderaban por entre la gruesa cortina de lluvia. De repente del lóbulo de una de sus orejas, saturado de agua, comenzó a caer un chorrito que cayó sobre el surco del hombro. Ésto pareció despertarla de su ensueño, e inclinó la cabeza, sin dejar el vaivén, hacia ese lado. Cuando emprendió la marcha, con los párpados semicerrados, y la mirada fija en sus confusiones, la lluvia cesó, así como había comenzado. Las luces de yodo volvieron a encenderse, y destacaron, a la vista de Byron, del espía, y de César, un aura iridiscente en torno a Seresa, que palpitaba ensanchándose y encogiéndose, al compás de su vaivén.
— Esa vieja — inquirió el parroquiano, a la vez que la señalaba — : ¿Anda siempre por aquí?.
— Nunca la había visto — mintió César con el corazón apretado, sin saber por qué lo hacía. Después se retiró apresurado. El hombre lo miró con un gesto de sospecha, y soltó un mugido escéptico :
— ¡Mmmmm!.

El domingo, a las cuatro de la tarde la pizzería cerraba, y marcaba el fin de la semana con turno nocturno. A lo menos la mañana del domingo solía ser tranquila, y el local era visitado casi sólo por familias con niños, o algunas parejas jóvenes. Sin embargo, César no podía sacarse de la cabeza los sucesos del viernes y sábado, con la amenaza del hombre que grababa, los parroquianos infidentes, la imposibilidad de avisar al Byron, el temor de ser involucrado, y finalmente, la aparición de Seresa Almond. No podía explicarse por qué extraña razón sentía que ella lo ligaba a los acontecimientos, como si fuera parte de si mismo.
Cavilando sobre ésto, llegó finalmente con su diario bajo el brazo a casa de Nany. Durante toda la tarde casi no le habló, y sólo respondía con monosílabos, mientras repasaba las escenas del sábado, con temor de que el hombre hubiera escuchado los pedidos a gritos de los muchachones de la mesa contigua.
— ¿Tú no estudiaste nada de maquinaria para la minería? — preguntó Nany mientras revisaba minuciosamente el diario.
— No.
— Pero puedes hacerte cargo de administrar una faena, ¿o no?.
— Mmm... no creo.
— Pero es que tú no te animas a hacer nada. ¿Cómo quieres tener trabajo así?.
— ... — Sólo respondió con un gesto de impaciencia, y un encogimiento.
Hubiera querido confiarse a Nany sobre sus temores, y también sobre su situación de trabajo, pero sabía que era imposible. Jamás lo iba a entender. Así se consumió la tarde, sentados en la terracita: Ella buscando donde colocar a su "proyecto", y él, incomunicado, hablando consigo mismo.
Finalmente entraron, y encendieron la televisión para ver las noticias, en silencio.
El locutor anunció un reportaje sobre el aumento del narcotráfico. César se sobresaltó. El periodista hablaba de la facilidad con que se trafica en las cercanías de los lugares de diversión de los jóvenes. César no oía nada. Por su cabeza pasaban las imágenes del día anterior, a toda velocidad. Inconscientemente se hundió en el sillón. De repente las figuras de la pantalla y las de su recuerdo coincidieron. "Una mujer evidentemente drogada se acerca a comprar al microtraficante..." decía el periodista.
— ¡Chuchas! — dijo César inconscientemente.
— ¡Increíble! — confirmó Nany — . Está súper drogada, y va por más.
— ¡Na que ver! — la defendió César, sin darse cuenta de lo que decía — . Le está pidiendo un cigarrillo. Esa es la Seresa Almond; es una loquita.
— ¿Y como sabes tú? — preguntó ella extrañada.
Él se hubiera sincerado, pero ella no lo habría comprendido. Mintió:
— Estaba con unos compañeros, en la pizzería cuando estaban grabando.
— ¿Y cómo sabes su nombre?
— Bueno..., siempre anda por ese lado, pidiendo cigarrillos — argumentó evasivo.
— Tu problema es que siempre eliges a los andrajosos, a los pordioseros, a los extravagantes. No sé como te fijaste en mí. Te juro que no te entiendo.
— Yo no los busco. ¡Están ahí!. Tú pareces creer que uno decide las circunstancias, y no es así. A mi me tocó ver como hacía llover esa loca, como le sale un arcoíris de la cabeza. No lo puedo evitar. Mi perro se fue con ella, siguiendo a su jauría, y ahora me ignora. ¿Tú crees que yo programo esas cosas, como si fuera un libreto?. ¿Crees que soy el todopoderoso?, ¿que invento mi vida?.
— Ah no. Te dejas llevar, y te salen las extravagancias. Y tú no puedes tomar decisiones sobre tu vida, para nada. ¡Impedido! — dijo ella con impaciencia.
— ¡Oye!, y le cacharon hasta el nombre al narco, ¿viste? — dijo César mostrando la pantalla, para escapar del tema — : Se llama Byron.
César, al menos, tuvo el alivio de ver que la noticia sólo trataba de Byron, y no involucraba a la pizzería, ni se acercaba a él mismo. Tampoco salía la parte en que él le avisaba que lo filmaban.

Nany levantó el teléfono, y la voz apremiante dijo:
— En diez minutos te paso a buscar.
— No si me vas a tocar la bocina — dijo ella decidida.
— Te llamo cuando llegue.
— Te bajas, tocas el timbre, y entras. Como debe ser.
— ¡Bueno, ya!. ¡Ahí vemos! — confirmó exasperado Juan de Dios, y cortó el teléfono.
El sol se escondía cansado de su recorrido, detrás de los edificios, deslumbrando, tangencial, la avenida Apoquindo, que tomaba ese aspecto sumergido, mientras la calina subía del pavimento y de las hirvientes carrocerías de los vehículos, que por ella circulaban con precaución, enceguecidos por ese líquido intangible y luminoso.
En las calles aledañas, protegidas del ardiente sol del verano por las antiguas acacias, sobrevivientes de la suplantación por foráneos plátanos orientales, la tranquilidad es apenas interrumpida, de vez en cuando, por alguna pareja de ancianos tomados del brazo, que a esa hora emparejan el ocaso del día, con el de sus propias vidas. La tranquilidad de la callecita se interrumpe cuando, un auto de elegantes y modernas líneas, ingresa a gran velocidad por una esquina, haciendo sonar los neumáticos contra el pavimento. Con la misma brusquedad y certeza, se detiene frente a la casa de Nany, a la vez que dos cortos bocinazos emergen potentes de debajo de la tapa del motor.
Nany escucha la bocina, y un gesto de desagrado asoma a su cara, que refleja impaciencia. A pesar de ésto, no se mueve. Algunos segundos después, oye sonar el teléfono, pero no lo contesta. Desde algún lugar de la casa llega una voz de alerta:
— ¡Contesta ese teléfono niñita, que yo estoy ocupada!.
— Ya tía, lo contesto altiro — responde ella, sin apurarse.
El timbre del teléfono deja de sonar, y se oyen nuevos bocinazos. Cuatro o cinco, cada vez más exasperantes. Nany entreabre un visillo, y se asoma apenas a mirar. Sólo se divisa un auto. La luz de sol que cae entre las acacias sobre los brillantes cristales del auto, no permite ver la figura de Juan de Dios, con el ceño arrugado, maltratando el pulsador de la bocina. Ella suelta el visillo, y se mira en un espejo que refleja su cuerpo completo. Se pondera a si misma desde un costado, luego desde el otro, mientras afuera la bocina se ha pegado en un aullido continuo y desagradable. Desde algún lugar de la casa emerge de nuevo la voz:
— ¡Dígale a ese niño mal educado que no toque la bocina...!
— Estoy aburrida de decírselo tía. ¡Ya no sé qué hacer con este idiota!.
Por último la bocina dejó de sonar. Después de unos segundos de tranquilidad, comenzó a sonar el timbre con insistencia. Nany se dirigió con calma hacia la puerta. Cuando la abrió la campanilla se silencia.
— ¿Sabes?: Estoy aburrida de tu mala educación. Tu Mamina tan digna y fina, ¿no te enseñó nada?.
— ¡Deja a mi Mamina tranquila!. Tú sabes que es una vieja de mierda mañosa; pero no pienso soportar más mujeres mañosas: ¿Me oíste?.
— En ese caso, puedes irte a buscar a otro lado — contestó Nany, que ya había ensartado la llave en la chapa de la reja, aunque no la había abierto. Sacó la llave y lo miró desafiante por sobre la puerta metálica.
Él dio una fuerte patada y gritó:
— ¡Abre mierda!. ¡Déjame pasar!.
— Si vas a pasar te abro.
Él, ofuscado, guardó silencio.
Al notarlo, ella abrió, y le franqueó el paso. Juan de Dios entró con la cabeza baja, luego se volvió hacia ella y se quedó esperando.
— Entremos — dijo ella y se colgó de su brazo.
Cuando el sol ya termina de hundirse, y sólo queda la última luz rezagada, el ambiente adquiere, entre los edificios de cristal, un aspecto gris brillante como si el paisaje estuviera fundido en plata vieja. Entonces comienza a aparecer la gente de aspecto melancólico, que inaugura la tarde, y precede el tráfago juvenil y nocturno. Poco a poco las mesitas de la pizzería capturan parroquianos, que dan vida al recinto, y la llevan a su actividad habitual.
La terraza que da a la esquina de las calles es, como siempre, la preferida de la gente, y en ella se ha ganado su lugar César, que hoy atiende tranquilo. El hombre con la cámara en miniatura desapareció hace ya días.
Después de permanecer, durante lo que a él le pareció una eternidad, casi prisionero en casa de Nany, Juan de Dios logró convencerla de salir de ahí, con la condición de ir a algún lugar a comer y conversar. Muy a su pesar negoció estas condiciones, ya que su cuerpo le pedía a gritos otra cosa, y sus sentimientos le decían que no quería ser visto con esta mujer, que avergonzaría el ánimo de su madre y su abuela. Se sentía tenso y enrabiado, y no lograba comprender cómo ella había llegado a dominarlo también, igual que su mamá, y su Mamina. Sentía que detestaba a las mujeres, pero a la vez deseaba a Nany con cada gramo de su organismo, con cada célula de su bajo vientre.
Contra toda su voluntad, estacionó el auto en la calle Diego de Velázquez, a metros de la avenida Ricardo Lyon. Al bajar, ella metió su brazo bajo el de él, y se apretó mucho. Él se sintió incómodo: El contacto hacía hervir el deseo, y la exposición ante la gente que paseaba en el lugar, le rompía el sentimiento, y lo trocaba en rechazo. Así caminaron por Lyon hacia Once de Septiembre, con la contradicción navegando entre ambos polos irreconciliables.
Ella sentía que había terminado de conquistar el bastión más irreductible, y se creía llena de poder, y de ambigüedad. Deseaba conquistar a Juan de Dios para sí, no porque lo amara, sino por el desafío; no porque lo deseara, sino porque había vencido, y se había apropiado de él como una presa de guerra. Necesitaba el poder, necesitaba el dominio, y la dificultad hacía más deseable el logro. No había ningún otro sentimiento.
Llegaron a la pizzería, que a esa hora del anochecer era el lugar más concurrido, y ella lo condujo a la entrada. Él quería oponerse: "Está demasiado lleno. No hay lugar" dijo. "Eso es lo bueno" contestó ella. De un tirón lo atrajo al interior del local.
— Esta terracita me gusta — dijo Nany — , allá hay una mesa que mira a la calle.
César terminó de tomar el pedido de una mesa cercana, cuando vio sentarse a los nuevos parroquianos. Al ver a Nany, el corazón le subió hasta la boca, y antes de entender la situación, giró, para quedar de espaldas a ellos, e ingresó apresuradamente al interior.
— Elsi: Hazme un favor. Atiende un rato la terraza, y yo tomo tus mesas acá adentro — pidió en tono de súplica.
— ¿Por qué?. ¿Qué problema tenís? — dijo Elsi.
— Mira la pareja que está al lado de la baranda, hacia la calle: Ella es mi polola, y no quiero que sepa que trabajo aquí. Además — dijo al darse, recién, cuenta — anda con un huevón que no conozco.
Pidieron una pizza chica, y un par de bebidas. César a la distancia veía como él la urgía, aunque no podía escuchar lo que decía. Pudo percibir que ella se reía de sus urgencias, o eventualmente contestaba enojada. Sin embargo sus enormes ojos castaños estaban especialmente luminosos, y su risa musical sí alcanzaba a llegarle, casi hiriendo sus oídos.
Realmente, no estuvieron demasiado rato, pero a Juan de Dios le pareció eterno. También a César, que sentía como si un punzón se le clavara en el corazón, en tanto que Nany le regalaba al otro la luz de sus ojos, la melodía de su risa, y no sabía él, cuánto más.
Cuando al fin se fueron, César se sentó extenuado en una mesa vacía, y metió la cara entre las manos. Entonces Elsi sintió la obligación de darle su reporte, se sentó junto a él y le dijo:
— ¡Oye, que grosero el tipo que acompañaba a tu mina!.
César la miró atontado, sin entender.
— Lo único que quería era acostarse con ella, y era súper grosero para decirle: "¡Vamos!" le gritaba "quiero ir a culiar contigo. ¡Nada más!. ¿Es que no entiendes?"; y puras cosas groseras así. Y ella aguantaba que la tratara así, y se reía de él.
— ¡Ya!. ¡No me digas más! — gritó César, y dio un fuerte puñetazo en la cubierta de la mesa, a la vez que se paraba.
Salió furioso a la terraza, y recogió la mesa en que se habían sentado. La pequeña bandejita de la cuenta estaba aún ahí, con unas monedas, algunos billetes verdes, y la cuenta cancelada. César lo tomó todo, y lo lanzó con ira hacia afuera, donde las monedas y la bandejita tintinearon cantarinas al dar bote en el pavimento de la vereda. Los billetes volaron hasta el medio de la calle, como hojas caídas de los árboles.
Cuando, al fin, salió de su turno, las tripas le quemaban el vientre, las uñas de las manos le herían la palma de tanto apretar, y la desazón que le agobiaba el corazón no cedía, por más que trataba de expulsarla exhalando con fuerza la rabia del pecho.
Caminó, hasta la casa de Nany, pateando cada piedra, cada brizna de maleza entre las roturas de pavimento, cada botella de plástico abandonada, cada tarro, cada ilusión rota, cada pensamiento, hasta llegar a la puerta de su casa.
Al sonido largo del timbre, acudió la señora Luz.
— ¿Quién es? — dijo desde la mampara de la casa.
— Soy César, señora Luz. ¿Está Nany?.
— No mhijito. La vino a buscar un energúmeno, y salió con él. Dijo que ya volvía. ¿Quieres esperarla?.
César estuvo a punto de patear la puerta del jardín.
— No gracias. A ver si paso más tardecito — y se perdió calle adentro.
Al llegar a la esquina, se sentó bajo un farol de luz de yodo, apoyado en el poste, y se quedó mirando el suelo.
No menos de un par de horas pasaron, antes que, por la otra esquina de la calle, doblara, haciendo sonar los neumáticos, un auto elegante y moderno, que reconoció como el que hace días había hecho amago de detenerse cuando salían con Nany.
"¡Conchesumadre!" pensó César mientras la veía bajar, alegre y coqueta, sonriendo con su risa grande, y sus ojos castaños, tan queridos hasta ahora. Apenas bajó, desde dentro cerraron la puerta que Nany había abierto, y el auto partió a toda velocidad, como si huyera de la escena. Ella se lo quedó mirando, mientras daba una patada al suelo. Luego se dirigió a la puerta del jardín, y después de un momento entró.
César esperó algunos minutos, y se dirigió a la casa. Sentía un vago malestar de ánimo en el pecho. Pensó, por un momento dar media vuelta, e irse: Olvidar el asunto, olvidar a Nany, sin encuentros ni explicaciones. ¡Nada!. "No vale la pena" pensó. Pero inmediatamente se arrepintió. Sin embargo, no tocó el timbre. Seguía pensando, indeciso, en la mejor forma de enfrentar la situación. "Tal vez sea mejor irse ahora, y hablar cuando se haya pasado la rabia del momento" se decía; y después: "¡No!. Al mal paso darle prisa", se repetía la admonición. Finalmente, se dijo que lo que había que decir, lo sentía ahora, y ahora habría que decirlo, y terminar con el asunto. Entonces pulsó el timbre con rabia, largamente.
Nany se miraba en el espejo, examinándose cuidadosamente cada lugar de la cara, la boca, los ojos, mientras pensaba en ella y en Juan de Dios. Por fin había logrado llevar la relación hacia una forma normal. Había entrado a su casa, habían salido a comer y conversar a un lugar repleto de gente, y se habían mezclado libremente con ellos. Se habían dejado ver y habían mirado. Por fin asumían el rito social y gregario. Por fin se sentía integrada con él a la sociedad. Ya no se convertía en una especie de paria social cuando estaba con Juan de Dios. Este triunfo le llenaba el ánimo. Se sonrió satisfecha, en el espejo. Luego metió las manos en su pelo abundante, y se coqueteó a sí misma. El largo timbrazo la sobresaltó y la trajo de vuelta desde sus pensamientos y ensueños; como si la hubieran sorprendido en falta, sacó, sobrecogida, las manos de su pelo, y se miró en su propia sorpresa. Vio como llevaba sus simétricas manos a su propio corazón de vidrio, y desde el espejo se tranquilizó diciéndose que no pasaba nada. "Naturalmente es César. Paseamos un rato, nos tomamos una bebida en La Tortuga, y: Adiós amorcito, nos vemos mañana". Alcanzó a sentir que su relación con él era como un tranquilo estanque de aguas quietas. Mientras que con Juan de Dios parecía un torrente embravecido, en el que cada movimiento cada instante encerraba una aventura desafiante y peligrosa. Caminó a la puerta, tratando de pensar cual era su intención profunda: El agua estancada, o el peligroso torrente.

Kepa Uriberri