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— ¡Hola amorcito! — dijo, y lo besó, apenas rozando los labios.
— ¿Dónde estabas? — preguntó César, sin responder el saludo.
— Aquí, en la casa — dijo con voz que parecía sorprendida.
— Te vine a buscar hace menos de media hora.
— ¡Ah! — dijo, como comprendiendo la idea — , estaba donde una amiga.
— ¿Cuál?.
— ¡Oye, ¿qué te pasa?!. Tanta pregunta.
— ¿Cuál? — repitió César, con impaciencia.
Ella citó al vuelo un nombre cualquiera. Lo tomó del brazo, y apretando su redondo seno contra él, lo empujó suavemente al interior de la casa. Él entró sin decir nada. Cuando estuvieron sentados, él algo rígido, tenso, ella coqueta y cercana; Cesar preguntó:
— ¿Y quién te vino a dejar, tan tarde?.
— Nadie. Me vine sola.
— Te vi bajar de un auto — sentenció.
— ¿Me andas vigilando? — preguntó ella, al sentirse sin escape.
— Me basta la verdad — dijo él, meneando la cabeza.
— Era Juan de Dios — dijo Nany por fin — , no quería decirte porque te ibas a enojar. ¿Ves?. ¿Qué puedo hacer yo, si él me busca?.
— Ser honesta conmigo. Saliste con él. Te vi en una pizzería en Providencia. Sé de qué conversaban, y no lo entiendo.
— ¡Ay, cómo vas a saber lo que conversaba. ¿Desde dónde me estabas espiando?.
— Trabajo ahí. Se sentaron en una de mis mesas.
— Cómo ahí... — dijo ella desconcertada.
— ¡Ahí! — dijo él — . Soy mozo en ese lugar. ¡Es mi trabajo!.
Nany se quedó en silencio, con la mirada clavada en el suelo, y después de un largo rato levantó, vagamente, la vista hacia César.
— Mira — dijo, por fin — : La verdad es que lo de nosotros..., o sea tú... eres como sin vida, como pura fantasía y sueños, pero nada verdadero. No tienes vuelo. En cambio Juan de Dios es puro desafío. Una no tiene descanso, está siempre activa, es entretenido aunque sea complicado, y hay que estar siempre a la defensiva. Eso es atractivo para mí. ¿Me entiendes?. En cambio contigo en dos semanas ya me aburro.
— Y entonces: ¿Para qué te diste tanta vuelta conmigo?. Me hubieras cortado antes, y nos habríamos evitado problemas.
— No sé. Tenía la ilusión de cambiarte... Pero además ahora que se que trabajas de mozo de restorán...
— ¡Ándate a la cresta! — gritó él, mientras se incorporaba, sintiendo que el pecho se le llenaba de furia, la garganta se le endurecía con un enorme nudo, y los puños apretados sólo querían partirle su lindo rostro, reventarle los enormes ojos castaños, y partirle sus labios tan deseados.
Salió como un torbellino de la casa, mientras Nany corría detrás de él, sin saber por qué lo hacía: Si porque no quería renunciar a él, que lo sentía como una pertenencia, o por el temor a su furia inesperada, o porque cualquier arquetipo de una situación así lo exigía.
— ¡Espera!. ¡Conversemos! — rogó.
César dio un portazo en la puerta de calle, y sin mirar atrás siguió hasta la puerta del jardín que estaba cerrada con llave. Sin esperar a que la abrieran trepó por encima, y al momento de saltar, Nany lo agarró de un zapato. César cayó de bruces en la vereda, y ella se quedó con su zapato en la mano, gritando por encima de la puerta: "¡Vuelve!. Por favor no te vayas. Tu zapato... Ven a buscar tu zapato al menos... Haz un esfuerzo".
César se alejó rengueando, adolorido de cuerpo y alma, y con un sentimiento de pérdida muy superior al de su zapato.
El centro comercial casi no tenía vida a esa hora en que recién comenzaban a abrirse los locales. Las dependientes conversaban unas con otras en las puertas de las tiendas, y se contaban sus cuitas. Al centro del pasillo que corre paralelo a Apoquindo, en el nivel inferior, un mesoncito lleno de jabones translúcidos, de colores atractivos, y aromas exóticos, es ordenado y adornado por una mujer de delicadas manos, y largas uñas. El pelo ensortijado y castaño, cae sobre su rostro, de manera que sus facciones quedan ocultas. César se le acerca con decisión, mientras el recuerdo de unos senos velluditos, al caer en su memoria, le producen una grata sensación erótica, que endulza su ánimo herido con los sucesos del día anterior.
— ¡Hola! — dice, intentando dar alegría a su voz.
La muchacha levanta la vista, y sonríe con los ojos achinados, y la boca, a la misma vez.
— ¡Hola! — saluda también — . ¿Quiere ver jabones aromáticos?.
La voz alegre, las facciones finas y pequeñas, no calzan con el recuerdo que César atesoraba. A esta joven la vislumbró en un bikini color malva, con un pañuelito del mismo color, amarrado a su pelo, que flamea al viento, mientras sus manitas largas y finas ofrecen un rollo de película de máximo rendimiento para el verano. Entonces preguntó:
— ¡Bah!. ¿No había otra niña aquí, antes?.
— ¡Sí!. Pero igual lo puedo atender yo — respondió la joven, siempre sonriendo con los ojos.
— ¡Ah, bueno!. Que pena. Yo había prometido venir a comprarle un jabón a la otra chiquilla. ¿Que fue de ella? — preguntó, a la vez que recordaba el brillo oscurísimo de su mirada. César la recordaba como una lámina de un arcano mayor del Tarot: Sentada con las piernas cruzadas delante del cuerpo, los codos apoyados sobre las rodillas, la frente y rostro despejados, enmarcados por su enroscado pelo negro, mostrando las palmas de las manos, con los dedos hacia abajo, y los pechos, de negros pezones, desnudos, y señalados por el flujo del suave vello oscuro, que invitan a alimentarse. Toda ella rodeada de estrellas doradas.
— Se fue — dijo la nueva dependiente, alargando la "e" final, como para denotar cierta tristeza.
— ¿Cómo?. ¿A dónde se fue? — preguntó él.
La joven hizo un gesto vago, que indica hacia algún lugar con su dedo pulgar. César intentó seguir con la vista la dirección indicada, pero era demasiado imprecisa. Preguntó:
— ¿Pero va a volver?.
Entonces, como si decirlo encerrara pecado, o algún tipo de grave falta, ella explicó con precisión algo ambigua:
— ¡Ya no!. ¡Fue atroz!. Nadie lo esperaba... ¡pobrecita! — concluyó. Y luego cambiando el tono lo interrogó — : ¿Tú la conocías?.
— No — dijo César, que sintió que invadía la intimidad de la joven ausente — ; es sólo que la encontré tan atractiva, y no la había podido olvidar. ¡Que pena más grande! — concluyó, con un hielo en el alma.
— Se llamaba Karaír — dijo ella pensativa — , le habría gustado saber que no pudiste olvidarla — y sus ojos se humedecieron, cambiando su tono de fondo.
Lo sucedido la noche anterior, y ahora, sumió a César en un espacio nebuloso y extraño, que lo envolvió mientras caminaba lentamente, y sin ver, por Apoquindo hacia el poniente. La mañana intensa y alegre, iba llenando toda la avenida, a la sombra de sus árboles, de gente que amparada en las compras cotidianas, salía a mirarse unos a otros. Esta vez César no jugó a desnudarlos, ni a envejecerlos infinitamente, ni a volverlos niños. Sólo miraba a su propio mundo interior, y se decía: "Es tan potente lo que la vida escribe de nosotros, que resulta soberbio pensar siquiera, que tenemos algún albedrío como para influirla". De este modo comenzó a seguir su vida, desde que creyó que comenzaba a construirla, cuando triunfante se enfrentó al ingreso a la universidad. También, cuando se recibió con distinciones, y se creyó dueño del mundo. Desde entonces era como un animal acorralado y amarrado en un patio sin puertas, de altas murallas, en el que circulaban imágenes proyectadas por alguien que sostenía los hilos de él mismo, como si fuera una marioneta en un escenario. Se dijo: "Lo más que puedo, es ser lo que soy. Ésa es mi libertad, aceptarlo o no. Comprenderlo o no". Las otras marionetas, en los infinitos escenarios que se entrecruzaban en esa avenida, eran actuadas en los tirones de sus propios hilos, por algún supremo titiritero universal.
Al llegar a la avenida Los Leones, a través de su extraña nebulosa, divisó a Dogo meando el pedestal de las estatuas falsas de los leones que nunca estuvieron en la Plaza de Lima, y que reemplazan a los que fueron trofeo de guerra, perdidos por negligencia, en una noche de desinterés: "No pertenecían, sino a la Plaza Mayor de Lima" se dijo César. Dogo se acercó a él, meneando el rabo, y le lanzó algunos langüetazos a las manos.
— ¡Bueno Dogo. Perdonado! — le dijo — . ¿Y que fue de tu leva?.
De la parroquia de San Ramón, salió en ese momento la señora Crownhead, llevando en su cabecita una pequeña chupalla de paja de copa esférica, y ala recta, con una cintita que chorreaba su azul por un costado, para hacer juego con los vivaces ojos de la mujer, que emergían de entre las infinitas arrugas de su cara. Un tic nervioso permanente, acusaba su actividad intelectual febril, que hacía ritmo con sus pasitos rápidos y cortos. Su actitud era la de una mujer muy alta, que podía mirara hacia abajo a los demás, a pesar de su corta estatura, acentuada por el encogimiento natural al paso de los años. La sencillez de su vestimenta, fuera de moda, hacían, a su vez, un extraño contrapunto con los guantes de encaje albísimos, que la mantenían protegida de todo contacto con la gente, a la que despreciaba amablemente. Así, su presencia general era una especie de arquetipo del orgullo, y la soberbia, del que se sabe noble entre plebeyos. A César le recordó una fotografía que su abuelo Atila atesoraba en su billetera, pero luego de alguna reflexión se dijo que le recordaba algo mucho más ancestral e impreciso, como si encerrara en su figura todas las insatisfacciones emocionales, que se esconden bajo un aspecto resguardado y protegido. Ella se veía, a sí misma, mucho más alta que su estatura, más noble que su medianía social, más digna que la prosa cotidiana que no quería tocar. Caminaba siempre como si escapara, con pasos mucho más rápidos que su propio avance, y elucubraba mucho más que lo efectivo de su pensamiento. Entonces César la percibió como el paradigma de su propio fracaso. Al pasar a su lado, ella miro rápidamente a ambos costados, y mientras repetía con intensidad su tic nervioso saludó: ""Gdmornin!... gdmornin!...", a la vez que hacía una amplia curva para mantener una cierta distancia con él. César percibió que el malestar que en el alma llevaba se hacía más pesado y frío al notar aquel afán por hacer distancia. "¡Y que me importa a mi esta vieja loca!" pensó entonces; y respondió a su saludo:
— ¡Buenos días miss Kreisi! — dijo en tono sarcástico, mientras forzaba la evidencia de una sonrisa tirante. Su propia agresión le resultó dolorosa, y la figura de la anciana se le hizo borrosa tras la humedad de su emoción.
La señora Crownhead recogió sus manitos enguantadas sobre el rostro, como para protegerse de la ironía, y apuró más aún su andar cortito.
Al llegar a la pizzería, César se dejó caer, agobiado, sobre una silla. Sentía una especie de dolor helado sobre el pecho, y un cansancio extremo en sus pensamientos. Se miró las manos por el anverso y el reverso, como si buscara los hilos sutiles con que era manejado. El supervisor lo vio en su actitud desesperanzada, y le preguntó:
— ¿Qué. Acaso hoy no se trabaja?. ¿Te traigo la carta?.
Los sábados, pasado el tráfago del mediodía, cuando aparecen las familias con niños, las mujeres de compras con paquetes, y algunas parejas que se florean en los lugares de mirarse, la actividad decrece, y la terraza queda con una o dos mesas ocupadas con esas personas que nunca faltan, que gustan de sobremesas eternas. En la calle las gentes desaparecen como tragadas por los amarillos monstruos metálicos, y sus multicolores crías pequeñas. El hormigueo, de suyo intenso, de los vehículos, crece hasta hacerse febril en su clímax, y de repente se hace ralo y casi inexistente. Entonces parece percibirse la máxima intensidad del calor como si quedara acumulada en las calles toda la energía disipada por sus transeúntes ahora ausentes. En una mesa, cercana a la vereda, un hombre elegantemente vestido, a pesar de su apresto deportivo, da extrañamente la espalda al panorama. César lo observa al pasar, y piensa que es raro que haya elegido un lugar cercano a la vereda, para mirar hacia el interior del local. Trata de hacer memoria, y no recuerda haberlo visto acompañado. Si recuerda que pidió una botella de vino blanco, pero como sólo se sirve cerveza, o bebidas gaseosas, entonces pidió un jarro grande de cerveza valdiviana. Exigió una garza para servirse, y desechó de plano el típico schop, o el vaso cervecero actualmente en boga, de boca más angosta que el cuerpo, y cuya capacidad es de trescientos cincuenta centímetros cúbicos. A César le llamó la atención esta exigencia, ya que en general la garza, que es una copa larga y alta, de menor capacidad, ha caído en desuso desde muy antiguo. Recordó cuando era niño, y a veces, al atardecer con su abuelo y su padre, iban a algún restorán alemán, ahora ya desaparecido, y ellos pedían dos garzas. Desde entonces, nunca había visto a alguien que pidiera una.
Cuando ya no quedaba nadie más en la terraza, el hombre aún saboreaba su garza, y tenía algo de cerveza de un dorado naranja en su jarro. Entonces chupó intensamente su cigarrillo, botó una densa bocanada, como para darse ánimo, y levantó la mano para llamar. César se acercó, pensando que el hombre pediría la cuenta. No había comido nada, y por el tiempo que llevaba sentado, con seguridad su cerveza estaría tibia, y por lo tanto, dado la hora, querría irse. Cuando César llegó junto a su mesa, vio en la vereda del frente, mirando los números de lotería y Kino multicolores, colgados al interior de la tienda ya cerrada, a Seresa Almond, mientras la recova de perros que la acompañaba ramoneaba en su entorno. No supo por qué sintió cierta inquietud, pero desechándola pregunto:
— ¿Desea algo más, o sólo la cuenta?.
El hombre, ignorando la pregunta, lo miro con gesto amistoso, e interrogó a su vez:
— ¿Tú eres Cesarito?.
— Así es señor — respondió, extrañado, ya que no era mucha la gente que conocía su nombre, y este era un parroquiano totalmente nuevo; al menos en su sector.
— Rolo me dijo que tú me podías conseguir lo que necesito.
La sorpresa golpeó en la mente de César. En la vereda del frente Seresa Almond había girado lentamente, y ahora miraba persistente, a pesar del vaivén de su cabeza, hacia él. Después de quitar la vista de los ojos del hombre, la de César cayó sobre Seresa, y sintió que el peso helado que se había alojado antes en su pecho, ahora volvía, y sin querer, su mirada saltó hacia el lugar que en la esquina opuesta ocuparía más tarde el Byron.
— ¿Y eso, qué sería? — dijo entonces, a la defensiva.
— ¡Bueno tú sabís!. A ver. Es que tengo una fiesta con amigos, y necesito abundante bicarbonato para que no les caiga mal el trago.
— Pero yo no tengo como conseguirlo — respondió sorprendido, comprendiendo la intención del hombre, y extrañado del equívoco.
— Bueno — dijo el hombre — , pa qué vamos a andar con huevadas. Te voy a pagar bien, y yo no me puedo exponer. ¿Entendís?. Consígueme el encargo. Todos ganan: El distribuidor, tú, y yo recibo lo que necesito, sin bulla.
César se sintió desconcertado. Seresa Almond lo miraba, sin lugar a dudas, desde la otra vereda. El vaivén de su cabeza parecía decirle que no. Extrañamente, a pesar del calor veraniego, una nube gris y densa se precipitó sobre el antiguo fuego solar, opacándolo. César iba a negarse. No podía entrar en ese derrotero. Se dijo: "No soy un delincuente. Mi moral me lo impide". Pero entonces pensó en la frase que una vez le dijo a un amigo: "Estamos atrapados en los trazos escritos de nuestro destino inevitable". Y se encontró con la disculpa moral que siempre necesitamos para dar el paso más allá de nuestros principios: "¿Y a quién daño yo?. Ellos están pervertidos. Sea yo u otro ellos ya hicieron su decisión. ¿Y si mi oportunidad es esta?, ¿por qué la voy a perder?. Al final, no es uno el dueño del destino. Haga lo que haga, va a pasar lo que tiene que ser, con o sin escrúpulos. He pasado meses buscando un trabajo digno, sin conseguirlo, y la vida me puso aquí sin esfuerzo alguno; ¿y yo pretendo ser más poderoso y ganársela?, ¡cuando está visto que es imposible!. No — se dijo — . No hay que oponerse. Toma las opciones y si corresponde resultará. Si no: ¡No!". Preguntó:
— ¿Y cuánto sería lo que hay que conseguir?.
— Mira somos entre diez y quince personas, para un fin de semana. Consígueme unos doscientos gramos pa no quedar corto. Las necesito pal viernes que viene, a medio día. ¿Cachái?.
— Vamos a tratar. El miércoles en la noche te confirmo.
— No me podís fallar Cesarito — dijo el hombre echándose el último trago de cerveza. Luego se paró y puso un billete azul bajo la garza — . Dos de estos por gramo ¿estamos? — dijo golpeando con el dedo cordial el billete. Y sin esperar respuesta, se fue.
Seresa Almond seguía donde mismo, y una fina llovizna comenzaba a caer en el lugar. César tuvo, ese día más que nunca, la sensación de representar un papel en una obra. Todas las cosas las percibía como proyectadas en telones en su entorno, y los acontecimientos se sucedían ahí a una velocidad vertiginosa, que no daban tiempo para ser comprendidos del todo. A penas se hubo ido el otro, se arrepintió de la decisión tomada. A medida que le tomaba el peso se ponía más intranquilo.
A cada momento César echaba miradas nerviosas hacia donde se apostaba Byron, mientras esperaba verlo aparecer. La llovizna, que no cesaba, logró empapar el suelo y oscurecer el día más temprano que nunca, dando a la esquina un aspecto lúgubre y opaco, ya que las luces en este tiempo se encendían mucho más tarde. Desde su emplazamiento, como inmune a su entorno, Seresa Almond observaba impasible, con los párpados semicaídos, y su rítmica negación, hacia la terraza que poco a poco, a medida que se adentraba la tarde adquiría nuevo movimiento. Los vehículos que transitaban, ya con los faros encendidos, tocaban una extraña sinfonía de luces al rebotar y deslizarse éstas, por el pavimento húmedo, duplicándolas en su reflejo. Mientras la tarde se estiraba en su rara oscuridad, tal vez influido por ésta, o quizás por la mirada insoslayable de Seresa Almond desde la húmeda intemperie, se llenó progresivamente de dudas y temores: "Tal vez sea una trampa" pensó. "Puede ser parte de la investigación del periodista que filmaba con la cámara miniatura" se dijo, pero después se esforzó por desechar la idea: "No. No puede ser. No hubo nadie que atestigüe que las cosas fueron de esa manera. ¿De qué manera?. ¿De qué hablo?. Si quisieran me filman y graban desde la esquina del frente". Después se respondía: "¡Imposible!. Te estás poniendo paranoico. Lo más que he hecho es ir a buscar unos sobresitos, y traerlos. No soy un 'Narco', ni nada importante en ninguna importante red de tráfico. El huevón es un vicioso, con amigos viciosos y punto". Después de tranquilizarse se olvidó por un rato del tema, pero luego miró la esquina de Byron, y este no había llegado, aún cuando, según creía, a esa hora ya debía estar ahí desde hace mucho rato. "¿Y si lo pescaron?" — se dijo y sintió como un hormigueo en todo el cuerpo — , "y ¿si el huevón dijo que yo era uno de los que le distribuía?. ¡Crestas!. Capaz que sea una trampa, y me quieran usar para agarrar a los demás de la red". Entonces se rió de su estupidez: "¡Putas que erís pendejo!. No has sido capaz de conseguir una buena pega, o conquistar de verdad una mina, y te creís el más buscado de la mafia". En la esquina opuesta, protegidos por la galería de las grandes tiendas comerciales, cerradas a esa hora, algunos jóvenes circulaban, con cierta impaciencia, de uno a otro lado. Al verlos, pensó que eran clientes que esperaban a Byron, y eso lo volvió a inquietar. Cada cierto rato se encontraba con la figura de Seresa Almond, impávida en la vereda del frente, con la cabeza empapada, y un sutil chorrillo de agua que deslizaba de su oreja izquierda, mientras mantenía su pertinaz "No, no, no, no" con la cabeza. La recova de perros se guarecía algo más allá, bajo una marquesina, apretados unos contra otros. "¡Vieja conchesumadre!" dijo César nervioso. No sabía por qué lo alteraba su presencia. Tal vez la percibía como una especie de imagen de conciencia.
Un taxi que subía por la avenida, hacia el oriente, hizo señales con las luces, y se aproximó, sin ser requerido, a la vereda donde se estacionó y abrió la puerta trasera. De inmediato uno de los personajes que deambulaban por la galería se precipitó sobre el vehículo, y subió. Los demás intentaron correr a la siga, pero el auto partió, con decisión pero sin prisa. Todos volvieron a su posición anterior. Otros taxis pasaron, sin que nadie intentara detenerlos ni abordarlos cuando eran sorprendidos por el rojo del semáforo.
Cuando César terminó su turno, fue a apostarse con los otros que esperaban la llegada de Byron en la vereda del frente, bajo la galería. Al rato, el taxi que antes se había detenido, después de alertar con sus luces, apareció de nuevo; hizo la misma maniobra, y pudo ver que en el asiento trasero estaba el Byron. Otra vez subió un cliente, y el vehículo se fue. La rutina se repitió igual, varias veces, hasta que le tocó el turno a César.
— Hola — dijo César, nervioso — , tengo un pedido grande; pero no para ahora, sino para encargar, para entregar el miércoles o jueves.
— ¿De qué crestas hablái? — respondió el Byron, haciendo un gesto desafiante con la cabeza.
— Necesito doscientos gramos. Tengo que dar respuesta el miércoles.
— ¡Tai hueón, culiao! — le lanzó el Byron — . Por tu culpa ahora ando arrancao. Me andan persiguiendo los tiras de la Brigada Antinarcóticos, y no puedo hacer la pega tranquilo, ¡y vos me venís a pedir doscientos gramos!. ¿¡Creís que soy hueón acaso!?; ¿creís que quiero pasarme veinte años guardado en cana por tu culpa, culiao? — y a la vez que decía ésto, se inclinó por encima de él, y le abrió la puerta. Luego, levantó la pierna, le plantó el zapato en la cadera, y lo empujó violentamente fuera del auto mientras le gritaba: — ¡Y te juiste culiao!.
César cayó fuera del auto, trastabilló, y perdiendo el equilibrio fue a dar de culo sobre el pavimento mojado de la calle. El taxi siguió la marcha, mientras se cerraba la puerta; y giró a su derecha por la calle Suecia. En la vereda del frente de Once de Septiembre, Seresa Almond miraba hacia César, pero sin verlo. De su pelo mojado caían hilitos de agua que empapaban sus hombros y ropas, sin que ella pareciera darse cuenta. El vaivén de su cabeza no cesaba de decir: "No, no, no, no...". Al verla César pensó que la odiaba: "¡Qué mierdas hace ahí esa huevona!". Se levantó, y partió caminando, enrabiado por el fracaso, hacia el paradero de los buses, donde subió al primero que pasó, casi sin ver hacia adonde iba.
La humedad de la llovizna se iba adhiriendo al vidrio del bus, de manera que César veía pasar apenas distinguibles las figuras de la calle, como luces y sombras coloridas. El bus avanzaba indolente por Once de Septiembre, Providencia, y Apoquindo, deteniéndose a veces para tomar pasajeros, más veces obligado por los semáforos. El ritmo cansino tranquilizó a César, y le fue dando curso a sus pensamientos: "Mejor así" se dijo. "Preferible no meterse en el mundo de las drogas. En realidad, la estaba cagando" y se sintió más tranquilo de pensar así. "Y si uno está escrito, al menos hay que hacer un esfuerzo" pensó, y poniendo un gesto de muñeco, con los ojos muy abiertos, movió los brazos y manos, como si estuvieran siendo tironeados por hilos invisibles.
Al llegar al punto en que el bus tomaba otro rumbo que él, César bajó, y enfiló, bajo la llovizna hacia su casa. Todavía sentía empapado el pantalón en las asentaderas, y la camisa en un costado, producto de la caída del taxi de Byron. Ahora rápidamente sintió que se le humedecía la cabeza y los hombros. De repente, un taxi se acercó desde sus espaldas, con lentitud, y deteniéndose a su lado, abrió la puerta trasera. Una voz tranquila, pero casi perentoria, dijo desde el interior:
— ¿Taxi, señor?.
César, extrañado, miró al interior, y vio que el taxi ya tenía un pasajero. El hombre de facciones gruesas, y aspecto ordinario, vestía, sin embargo, extremadamente bien: Un terno de color crema, y una camisa amarilla, de cuello impecablemente rígido, que sustentaba una corbata adornada con líneas amarillas delgadas haciendo un cuadriculado amplio, sobre un fondo azul muy oscuro. En cada cuadro que formaban las líneas había una figurita pequeña de un zorrito casi rojo, mirando a quien lo observaba. A pesar de la oscuridad, acentuada por la llovizna, el hombre usaba anteojos oscuros, detrás de los cuales invitaba a César a subir, con un gesto amistoso y llano.
— ¡No se moje, mi amigo! — dijo con una sonrisa. — Yo lo llevo a su casa, y conversamos de negocios.
Inclinándose hacia adelante, César trataba de buscar en sus recuerdos, el rostro del hombre, entre la gente que conocía, sin lograrlo en absoluto.
— No. Gracias — dijo — , estoy aquí cerca — . Y siguió su camino bajo la difusa atmósfera que creaba el clima.
El taxi lentamente se movió, acomodándose a la velocidad de sus pasos, mientras el otro insistía, sin desesperación.
— Yo tengo los doscientos que usted necesita — dijo siempre sonriendo.
Entonces se dio cuenta que el taxi era el mismo que antes llevaba al Byron, y reconoció al ausente chofer, que conducía como si lo que sucediera en el asiento trasero no existiese. César subió, con cierto temor, y sin saber por qué, tal vez intentando hacer fracasar el negocio, dijo, antes que el otro hablara:
— Pago cinco lucas por gramo.
Kepa Uriberri
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