El otro lució una amplia sonrisa, y le pasó una tarjeta que había sacado del bolsillo del pañuelo de la chaqueta. César la miró. Todo su aspecto era finísimo y cuidado. Decía: "Laboratorios Médicos Köeninghamm. Arnoldo Gandarillas, Gerente General" Había un logotipo en relieve, y un número telefónico celular. El color muy oscuro, las facciones muy gruesas, las manos burdas, y el pelo abundante y tieso, hicieron pensar a César que el nombre, demasiado rimbombante no era verdadero. Recordó a Galvarino Quispe, cuya tarjeta de visita lo identificaba como Galvarino Ochagavía y recordó la explicación: "La gente prefiere negociar con un Ochagavía que con un Quispe". Extendió la mano, entonces, y dijo:
— César Arraztagoitía, mucho gusto.
— Serían nueve por gramo, y usted le sube el precio a su comprador para mantener su ganancia — respondió el otro.
— Compensamos el desacuerdo, y le doy siete — regateó César tratando de no parecer nervioso.
— Volvemos a compensar, y el último precio es ocho. ¡Es usted un buen negociador, señor Arraztagoitía! — concluyó el hombre con una sonrisa extremadamente amplia. En seguida, sin esperar respuesta habló del sorprendente clima, y luego le preguntó a César a donde vivía para ir a dejarlo. Finalmente, dijo: — Confírmeme al número que le di, cuando tenga el dinero.
César estuvo a punto de indicar su dirección, pero luego pensó que podía ser inconveniente, y guió al taxi dos cuadras más allá, y tres calles más al sur. Lo hizo detenerse en una casa de rejas bajas, y de fácil acceso. Bajó del auto, y entró en el patio, como si fuera la propia, de ese modo se dirigió al patio trasero, hasta quedar oculto a la vista del taxi, y esperó a que éste se alejara. Cuando calculó que había pasado suficiente tiempo, salió a la calle, justo para ver un auto que viraba hacia él, al final de la cuadra. El instinto lo hizo retroceder, y ocultarse detrás del muro bajo. Era el taxi de Gandarillas que volvía a pasar. El camino a su casa, lo hizo César, sintiendo el corazón latirle en los oídos, mientras iba atento a cada auto que pasaba cerca.
Hacía ya tres días que el clima se presentaba gris y lluvioso. Daba la impresión que el otoño había caído mucho más violento sobre la ciudad que lo que usualmente sucedía. De uno u otro modo daba la impresión que la gente estaba más triste, o más decaída; como si algún presagio flotara en el ambiente. Ésto siempre sucede, cada año, cuando los últimos días tibios se van esfumando a fines de mayo, y las cansadas hojas de los árboles perciben su futilidad, al perder su calor el sol, que se transforma en un tímido disco, apenas cálido, que todos persiguen para absorber sus últimos rayos de energía. Pero era apenas uno de los primeros días de abril.
César miraba la avenida Lyon, húmeda y especular, mientras terminaba de preparar las últimas mesas de la terraza, ponderando las posibilidades de un día más sin sol, que prometía poco trabajo para el encargado de la terraza. Sin embargo su mayor interés por ahora no eran los eventuales parroquianos, sino sólo uno muy especial. Hoy tenía que amarrar la venta con su cliente, según lo convenido, y a alguna hora tendría que aparecer. A ratos pensaba que todo era una mera ilusión, y que el hombre no iba a mostrarse nunca. Sentía con ésto, un cierto alivio, y casi deseaba que así fuera. Entonces se decía que en realidad no sabía ni su nombre, y pensaba que le parecía mejor ni saberlo. Esto, tal vez, le servía para que todos sus reparos morales se mantuvieran insustentados en elementos tangibles, como era el conocer a su comprador y sus detalles personales, que lo harían adquirir sustancia y realidad; o bien lo mantenían alejado de un compromiso y una actividad que le producían temor, y a los que sin darse cuenta se había acercado sin buscarlos, y que algún rincón de su voluntad deseaba rechazar. Enredado en estas cavilaciones, vio aparecer a Seresa Almond, lastimosamente empapada por la llovizna pertinaz, con las ropas que le colgaban del esqueleto como si éste fuera una percha, en el que se habían abandonado de manera descuidada. Las hebras de pelo que habían escapado de la prisión del sujetador, que hace tiempo sostuvo un moño cola de caballo, se habían ensortijado con la humedad, y se disparaban libremente en diferentes sentidos. Su cabeza y manos bailaban suavemente de forma acompasada. Se detuvo en la vereda, cerca de él, sin mirarlo, con los párpados semicerrados, y la mirada perdida en el infinito de su mundo interior. Dijo:
— ¿Me das un cigarrito?.
Sus pensamientos se diría que eran apacibles, a pesar de la velocidad con que se producían, y que no le permitían distraerse de ellos. Su voz interior le hablaba constantemente, ya sea a través de la reina María de Escocia, encerrada en su incomunicación, en su alta torre, custodiada por esbirros de una mujer que la tenía prisionera por temores nacidos de su propia paranoia, y que ni siquiera entendía el idioma que hablaba. Ésta le decía: "Escapa Seresa, libérate, consigue cincuenta jinetes y seremos libres: tú de mi, y yo de Isabel la maldita". Otras veces a través de Sol Cruzat que le aconsejaba: "Actúa, engaña, finge. Es la forma única de libertad. Sólo así podrás, por fin cumplir tu destino escrito". Y por último, casi siempre, a través de la gran Madre Universal, que le exige: "Protege a tus hijos Eliecer; Serafín, Miguel Ángel, Rafael Arcángel, y Ángel Gabriel. No dejes que sean pervertidos por la bestia de doce cabezas coronadas". Por ello no podía llegar a mirar a César, sin embargo lo percibía perfectamente a través de la llovizna y las gruesas gotas de agua de lluvia que pendían de sus pestañas.
César se metió la mano al bolsillo, y sacó dos billetes verdes, e inclinándose hacia ella se los pasó diciendo:
— Anda a comprarte un paquete, y no te quedes molestando por aquí — su presencia lo hacía sentirse perturbado, y por eso ignoraba su situación desmedrada, su ropa empapada, y su abandono, que en otras circunstancias lo habrían impulsado a preocuparse por ella.
— No seas displicente con tu madre — dijo Seresa Almond — , respétame al menos, y no pretendas ignorarme.
— Tú no eres mi madre... — empezó a decir César.
— Soy tu madre Teresa — dijo ella desafiante — y me hago cargo de ti, para salvar a mis hijos de la droga. — A pesar de la decisión, y la carga de la sentencia, su voz era monótona y casi inaudible. Su timbre y tonalidad, tangenciaban el gangoso, sin llegar a serlo.
Antes que César alcanzara a responder, desde la coronilla de la cabeza de Seresa Almond comenzó a surgir una tenue iridiscencia, que trazó un semicírculo que fue a caer a los pies de un hombre vestido formalmente, y de traza elegante, que se aproximaba desde la calzada de la calle. La madre, Teresa, trazó con su mirada, que surgía de su bamboleante cabeza, una recta firme que se clavó en el hombre, a la vez que con infinita lentitud levanto su mano que seguía el ritmo de su cabeza, sujeta a un brazo curtido y descarnado, que parecía no pertenecerle, por el contraste que con ella hacía; y señalando al hombre sentenció:
— ¡Eliecer: Te prohíbo que hables con José Antonio Vidaurre!. ¡Serás pervertido! — concluyó. Y el tono de su voz se hizo apenas mas audible, pero perentorio hasta un extremo increíble.
César siguió la mirada, y la señal de la mano (demasiado grande, para un brazo tan feble), y distinguió a su comprador, que, sorprendido, le contesto:
— ¿Quien es usted?. Yo no la conozco. ¿Por qué sabe mi nombre?.
César sintió vergüenza, como si la mujer fuera su hermana mayor, o su pariente escondida, a la que las visitas sorprenden de pronto, contra la voluntad de la familia. Por su parte Eliecer, el comprador de César, en extremo incómodo por la interpelación, se arreglaba la chaqueta, mientras entraba en el local, y se dirigía a la terraza, en la que no había clientes, debido al clima frío y la llovizna perenne, que no amainaba desde hacía tres días, y que daba a los edificios del sector, y a la calzada de la calle, una aspecto como de enorme joya de plata gastada: brillante aquí, opaca y negruzca más allá, demostrando su bizarra belleza de abandono triste. César volvió a corretear a Seresa, ahora sintiendo un peso extraño en el corazón, casi tan sólido como la decisión con que la expulsó. Ella con sus pasos infinitamente lentos, enfiló hacia el kiosco, como si no escuchara a su agresor. Ahí compró cigarrillos y fósforos, y a su alero, demoró una eternidad, hasta que sus manos y su cabeza, sincronizando sus vaivenes, le permitieron encender uno que se fue empapando con un fino hilillo de agua que caía de la punta de su fina nariz, algo respingada.
Eliecer hizo un esfuerzo por olvidar el mal rato. Sentado en la misma mesa que había elegido la primera vez, y en la misma posición, sacó, también un cigarrillo, y con las manos algo temblorosas, lo encendió. Luego de soltar la primera bocanada de humo, sacó un pañuelo de hilo, impecablemente doblado, y extendiéndolo lo pasó por su frente y pelo húmedos con la llovizna. Luego miró a César, haciendo un esfuerzo por parecer tranquilo, y dijo:
— ¡Qué mujer!. — Y continuó — : Bueno, tráeme un schop grande y una pizza española personal.
Comió luego con tranquilidad y pausa, adueñándose de todo el tiempo del mundo. El mal clima hacía que por la calle casi no circulara gente, y por lo tanto se acentuaba una sensación de inmovilismo, que dejaba una rara idea de tiempo detenido. En la terraza no había otros clientes, y la atención de César, entonces, se centraba con mayor razón en Eliecer, haciendo crecer su nerviosismo con el lento pasar del tiempo. Sabía que se acercaba un momento de definición. Hasta ahora todo podía ser un juego algo peligroso de tanteos y dichos, que podía ser cancelado. Las circunstancias, sin embargo, se habían ido dando de manera que el juego fuera avanzando, hasta que ahora llegara a una encrucijada final. Él debía confirmar el negocio, y establecer las condiciones definitivas de la transacción. Si esta situación prosperaba, el juego dejaba de serlo, y ya no tendría retorno. Tendría que conseguir la droga, establecer una negociación terminal para esa transacción, finiquitar exitosamente la compra, el pago, la venta, la entrega, y todo ello con paso y pulso firme, además de precaución: Todavía albergaba, César, alguna duda de que pudiera haber una trampa, relacionada con la filmación de las ventas del Byron, en las que pretendieran relacionarlo a él, en busca de un traficante mayor. Tendía a pensar que era un temor pueril, y como fuera, había llegado a sentirse tan arrastrado por las circunstancias, lejos de sus planes de vida, que por último estaba dispuesto a jugar las cartas que le habían caído, de la mejor forma que había llegado a aprender a jugar. Además, en el momento que esta oportunidad se daba, le parecía que lo menos importante era la índole del juego estratégico, y que lo que realmente pesaba era saber entrar al juego, y jugar sus opciones de riesgo del mejor modo posible, aún cuando a veces creía que eran o el todo, o nada, definitivos.
Al terminar de comer, Eliecer encendió un cigarrillo, y con aire nervioso llamó a César:
— ¡Bueno puh Cesarito! — dijo — , en que quedamos con nuestro negocio — la seguridad y prestancia de hombre de mucha plata lo habían abandonado, y notoriamente hacía un esfuerzo por parecer seguro y superior.
— En seguida le informo — dijo César, manteniendo un trato respetuoso, pero en el cual dejaba notar un cambio de la situación de mozo a parroquiano, a otra en la cual él tendría que tomar el mando de la situación. Como clausura del cambio dijo — : ¿Le ofrezco un café?.
— Claro... claro... ¡Por favor! — respondió el otro.
Cesar se retiró y volvió al rato con la bandeja del café. Le puso delante la tacita, luego el azucarero, y finalmente una llavecita de mango naranja. Dijo, en tono instructivo:
— El precio conversado es un acuerdo. Me pagas la mitad hoy, y la otra con la entrega del paquete. Para eso — miró la hora, asegurándose que había tiempo para el trámite — sacas un vale vista a tu nombre, endosable, por la cantidad. Lo endosas de modo que pueda cobrarlo. Te vas al supermercado que hay en el edificio Plaza Lyon, compras un chocolate con almendras de setecientos ochenta pesos, de esos cuadrados de este porte — dio la seña del tamaño, y demás características de la barra — y metes el vale vista en su interior, y el chocolate en la bolsa del supermercado, te vas a los casilleros habilitados para los clientes y dejas la bolsa con el chocolate y el vale en el casillero de esta llave. Después me la traes de vuelta. Si todo funciona bien el viernes tendrás tu compra y las instrucciones para el otro pago.
— ¡Oye espérate! — comenzó Eliecer con voz de protesta — . Primero: No te voy a pagar nada por anticipado. Segundo: No vamos a hacer un protocolo de agentes secretos pa esta huevá.
César sin decir palabra, tomó la llave, se la puso en el bolsillo, recogió el azucarero que el otro ya había desocupado, y poniéndolo en la bandeja se retiró, dejándolo atónito. No volvió a aparecer hasta que el hombre lo mandó llamar con otro de los mozos.
— ¿La cuenta señor? — interrogó, como si su relación anterior nunca hubiera existido.
— ¡Putas huevón!, no seái cabro chico. Esta huevá no es una película — dijo preocupado.
César se retiró, y volvió en un par de minutos, trayendo la cuenta. En su interior sentía una especie de alivio al desahuciar el negocio, y por lo tanto esta forma de actuar no le incomodaba para nada. Puso la bandejita con el vale frente a Eliecer, y comenzó a darse la vuelta para retirarse, cuando éste dijo:
— Ya, huevón. ¡Está bien!. Pasa la llave.
César terminó de girar, y se retiró. Esperó, alejado, hasta que el otro puso la plata de la cuenta sobre la bandejita, y entonces se acercó, recogió la bandeja, puso la llave sobre la mesa, y sin decir palabra se fue.
Esa noche, salió apurado del trabajo. Muy cerca de la hora de cierre del supermercado se detuvo delante de los casilleros para clientes, con dos llaves de casilleros contiguos. Abrió el casillero de más a la derecha, y luego el otro, comprobando que en ambos había sendas bolsas, y que en ambos casos había paquetes de chocolates iguales. Entonces sacó del primero la bolsa, y la puso junto a la del otro casillero, y luego cerró el primero, dejando ahí la llave, y finalmente sacó la primera bolsa, cerró el segundo casillero, se guardó la llave, y se fue comiendo chocolate. A la salida, tiró la bolsa en un basurero, y se fue a su casa. Al subir al bus divisó en la vereda del frente a Seresa Almond empapada bajo la llovizna, que lo miraba con su persistente no... no... no... A su alrededor se podía distinguir una tenue aura iridiscente. César se dio cuenta, en ese instante, que había traicionado su conciencia, pero se dijo: "No tenía caso. Es mi sino. Es la ley de la vida...". Durante todo el viaje se sintió incómodo.
Al entrar en su casa su mamá le dijo:
— Te ha estado llamando Nany, que tiene un zapato, o no sé que cuento extraño; y que cuándo lo vas a ir a buscar.
— ¡Dile que se vaya a la cresta! — respondió César, revelando la ofuscación en que había caído.
Temprano, en la mañana, la neblina densa cubrió la ciudad, y la llenó de frío húmedo. Las escasas hojas que aún resistían al mal tiempo que había caído sobre Santiago, sujetas tristemente de las ramazones casi peladas de los árboles, presentaban un aspecto algo mágico, por el brillo que rebotaba en el agua que las empapaba, y que lucía difuminado por la bruma. La gente parecía haber escapado de la ciudad, cuyas calles se veían desiertas. Sólo algunos transeúntes, obligados por sus actividades, deambulaban las calles. A ratos, se oía, primero el zumbido del motor, y bastante después aparecía algún vehículo que lo justificaba. De uno de éstos descendió César, casi sobreandando, en la esquina de Lyon con Providencia. Enfiló con paso calmo por Lyon hacia el edificio Plaza, con las manos en los bolsillos, y el pescuezo embutido entre los hombros, evidenciando el frío que la bruma dejaba caer sobre las calles. En la esquina de Once de Septiembre, encontró una recova de perros que seguía a una hembra de pelaje esponjoso y blanco, aún cuando por la suciedad acumulada, éste se veía de un color que recordaba el té con leche. Entre los machos, uno especialmente feo, de patas demasiado cortas para el cuerpo muy macizo y largo, tal vez heredado de algún térrier, dueño de una cabezota desproporcionada, que sola se habría dicho que correspondía a un pastor alemán; y de pelo duro y enrulado como si fuera un wirehear; llevaba la posición del caudillo, y era evidentemente el preferido de Michu, la hembra. César reconoció a Dogo, y como si un mecanismo raro hubiera disparado en su interior un programa diferente, su rostro serio que reflejaba nerviosismo, se dulcificó, y dejó ver una sonrisa ausente desde bastante tiempo. Se agachó, golpeó las manos y llamó: "¡Dogo!, ¡Doguito!... ¡Venga mi perricho!...". El animal lo miró primero de soslayo, pero luego, dando saltitos, se acercó, le langüeteó las manos y la cara, y se dejó acariciar. Por la esquina del ojo, César vio acercarse unos pasos arrastrados e imprecisos, bajo una falda de fina hechura, pero arrugada y sucia; calzados en zapatos de buen cuero, de taco bajo, con una correíta que rodeaba el empeine del pie. Se notaba que en su buen tiempo fueron brillantes y coquetos. La forma correspondía con la moda vigente, pero ahora estaban opacos, la suela adelgazada en la punta denotaba el continuo arrastre de los pies que los calzaban, y algunas raspaduras en puntas y costados, demostraban el tiempo que llevaban calzados sin mantención. La voz de Seresa Almond dijo, desde el tope de la figura vislumbrada por él:
— Si siempre fueras el de ahora, volveríamos a ser felices, Rafael. ¿Por qué no dejas el tráfico? — su voz muy débil, sonaba llena de cariño y ternura, y sus manos, tímidamente, intentaban llegar a acariciar la cabeza de César. Él, evitando el gesto, se puso de pie como agitado por un resorte.
— No soy Rafael — dijo perentorio, apartándose, mientras la mujer recogía con tristeza las manos temblorosas, demasiado grandes para los brazos tan débiles y delgados, que asomaban de las mangas del chaleco que los cubrían.
— ¿Por qué encierras a tu conciencia en una torre desde la que no te puede ver?. ¿Por qué engañas su lenguaje?. ¿Por qué justificas su condena con motivos que dices inevitables?.
— De que estás hablando, ¡vieja loca! — dijo César, casi asustado.
— Tú ya no eres Rafael — le gritó ella, a pesar que su volumen de voz no alcanzaba apenas a subir — , eres José Antonio Vidaurre: Falso profeta del kísmet, carcelero de tu conciencia. ¡Verás como esta reina María de Escocia reclutará cincuenta jinetes para derrotar el mal! — y señalaba con el temblor de sus manos la recova de perros, a la que se había vuelto a sumar Dogo.
César escapó espantado, cruzando la calle entre la bruma, mientras Seresa lo miraba con el gesto contraído y amenazante. Por entre la neblina apareció la tenue figura de la señora Crownhead, que pasó veloz junto a Seresa, saludando sonriente, pero evitando todo contacto físico: "Gdmornin your highness... gdmornin... gdmnin..." y se retiró caminando en reversa, y haciendo pequeñas reverencias.
Con la cabeza llena de extraños pensamientos encontrados, César entró al supermercado, y abrió el casillero que había examinado el día anterior. De nuevo se llenó de temores de ser sorprendido, y acusado. Volvió a temer, sin motivo real para ésto, que todo fuera una trampa. Sin embargo se dijo: "¡Maldita vieja, y sus malditas admoniciones!. La jugada está tirada" y sacó la bolsa del casillero, y se fue. Al terminar de subir la escala mecánica, sacó el chocolate, y de su interior extrajo el vale vista, que examinó con cuidado.
La puerta del ascensor del piso cinco se abrió, y César vio en el interior a Arnoldo Gandarillas, y otro sujeto, ambos impecablemente vestidos de colores claros, y anteojos oscuros, que no se compadecían para nada del clima brumoso y frío imperante.
— No te bajes — dijo César, sujetando la puerta — . Sólo baja a tu acompañante. Nosotros seguimos.
César detuvo el ascensor entre dos pisos y dijo:
— Aquí está la plata. Dame el paquete.
Ambos se aseguraron de recibir sus respectivas partes conformes, y descendieron al piso cinco nuevamente. César bajó y despachó a sus visitas. Luego bajó él mismo por las escaleras. Al llegar a la base, descendió al piso alto de locales comerciales del Edificio Panorámico, y se perdió rápidamente entre la gente.
A las tres de la tarde Eliecer se sentó en la mesa de siempre. César se acercó a atenderlo, y dijo:
— Me deja el vale vista en la bandeja de pago, con la propina.
Después de tomar una cerveza, pidió la cuenta, la miró tranquilo, dejó el valor en plata, y debajo de los billetes, el vale vista correspondiente. César retiró la bandejita, fue a la caja, pagó la cuenta, y al volver con la boleta puso una llave de un casillero en la bandejita. Dijo:
— Es del supermercado que está al frente por Providencia — y se retiró.
Así fue cómo, según me lo contó él mismo, la vida lo destinó al mercado de los estupefacientes de uso no médico.
Kepa Uriberri
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