Destino


Novela

III El traficante

Es lo que hay...

El cielo gris y amenazante, repleto de nubes negras, que pasaban a borbotones, prometía otra nueva lluvia torrencial. Una brisa cálida subrayaba el presagio, haciendo flotar y corretear por las veredas las hojas doradas arrancadas de los árboles en grandes cantidades. En el jardín frontal de la enorme casa del sector Pedro de Valdivia Norte, Dogo ramoneaba en el pasto que se extendía hasta la vereda misma, ya que no había rejas. Se detuvo frente a un macizo de rosas blancas, que en hilera sustituían la barda inexistente, y levantando su escasa pata, lanzó un chorrito corto de pichí. Oliscando el pasto llegó luego al cartel de la empresa, plantado con dos pilotes de roble grueso, en el que se leía en letras metálicas: "Chemicals & Metals Trading Co. (Chile) S. A.". Ahí, en uno de los postes de roble barnizado, el perro volvió a levantar su pata demasiado corta, y puso su señal de orín, marcando su territorio. Desde un ventanal del segundo piso, que daba a una amplia terraza, con los brazos cruzados sobre el pecho, César observaba al quiltro, con mirada complaciente. Detrás de él, en una gran mesa de caoba, habilitada para doce personas, cuatro hombres, todos impecablemente vestidos, como si fueran figurines de revista, discutían alguna operación de comercio, y transporte, entre Colombia, Chile, y Bélgica. La mercadería a embarcar y transportar, no presentaba problema alguno, sin embargo, ésta era acompañada de algún modo que producía las dificultades de planeación de los sujetos. César, con la vista perdida en el parque del frente de la casa, parecía desinteresado del problema. Pero cuando la conversación llegó a un punto ciego, en el que no había acuerdo posible, él se separó del ventanal, y tomo su lugar en la cabecera de la mesa.
— Ambas alternativas me parecen suficientemente apropiadas — dijo — pero voy a proponerles una tercera que diría que toma los mejores elementos de ambas — hizo una pausa, y luego expuso en detalle una tercera alternativa que, en realidad, no tenía nada que ver con las otras, pero era muy superior a cualquiera de ellas, por lo que hubo un rápido acuerdo.
En los ventanales se oyó un tintineo persistente, que fue creciendo, mientras la luz que entraba por ellos fue declinando. La lluvia recibía el cierre de un nuevo negocio comercial de la empresa, con sus raros aplausos, que en pocos momentos fueron coreados por el rugir de truenos, que venían del oriente. César se levantó de la cabecera de la mesa, y se dirigió a las amplias puertas de la sala de reuniones, cuyos vitrales adquirían extraños brillos y sombras, debido a las luces tenues que llegaban de los ventanales húmedos. Abriéndolos, los invitó a pasar a un salón pequeño, contiguo, donde una chimenea mantenía un ambiente íntimo, y un bien guarnecido barcito, parecía dar la bienvenida.
— Sírvanse lo que deseen — dijo, y tomó para sí mismo una copita de cristal, de cáliz cónico, y pie alto, llenándola hasta unos milímetros del borde con licor de anís. Después se sentó en un sillón Morris, de cuero negro, junto a la chimenea.

Al anochecer, la lluvia había amainado, dando paso a una fina llovizna, casi imperceptible. El pasto húmedo, iluminado por los focos de ornato del jardín, parecía lleno de pequeñas joyas diamantinas. César se quedó admirando la escena desde el umbral de la puerta. Sintió una sensación extraña de contraste, entre la belleza del panorama luminoso, y el oscuro de los recursos que lo proveía. Se quedó ahí parado, pensando:
"Tengo todo lo que quiero, y no soy nada de lo que quiero. Cuánto me habría gustado haber conseguido un trabajo normal, y ganar todo ésto de forma honesta".
"Pero ¿qué es honesto?. ¿Por qué todo tiene que moverse en torno a lo moral, a lo honesto, a lo aceptable?. Yo no busqué la opción. Hice lo posible por encontrar una posición moral, honesta, como debe ser; y no se dio. En cambio, sin intentarlo, las cosas se dieron de esta manera, así es que estoy en esto sin culpa. La verdad es que la vida tiene su ley, y se da entre lo posible y lo imposible. Para mi lo posible es ésto".
"Por otro lado no hay moral sin inmoral, no hay honesto sin deshonesto, y la vida asigna a quien pone donde. Si todos estuviéramos en el polo moral, el concepto desaparece. Deja de haber moral, deja de tener significado. Todo lo que adquiere significado requiere dos polos, y para eso debe haber quien soporta el polo positivo, y quien el negativo. Cuando te toca el negativo puedes luchar por cambiarlo, pero si es ley de vida la lucha sólo te aporta insatisfacción, pero no lo cambias".
"¡Yo no renuncio a la lucha, pero tengo claro que la pierdo!. Ahí está mi justificación, mi redención. Cualquier otra cosa te lleva al síndrome de Judas: Traicioné mis valores. No merezco vivir. Sería tonto ir al templo a lanzar los treinta denarios y quitarse la vida, por lo que es el rol que la vida a uno le puso".
Entonces se miró las manos, y los pies, como buscando los hilos de la marioneta, y recitó:
«... y con ese sueño vive,
mandando,
disponiendo y
gobernando».
Y mientras se iba caminando, concluyó: "Ya estaba escrito de antiguo en el sueño de la vida".
Se subió a su auto, y salió, aún sin abandonar del todo el metamundo de sus cavilaciones. Al llegar a la vereda encendió las luces, a la vez que hizo funcionar los limpiaparabrisas. Un aura iridiscente se formó de inmediato, a dos metros, en la llovizna, alrededor de la figura de la mujer que no lo veía, sino que tenía la mirada perdida en algún infinito interior, mientras el vaivén de su cabeza decía: No, no, no...
— ¡Mierda! — grito César, pisando con fuerza el freno. El vehículo se detuvo a quince centímetros de Seresa Almond, que envuelta en su aura colorida, parecía un ícono estático en su vitral. Ella no pareció percibir el peligro; ni siquiera la presencia del vehículo. Él cayó con violencia al mundo real. Sentía latir el corazón en los oídos, y la adrenalina le inundaba el pecho y las extremidades, que temblaban sin control.
Durante largos segundos se quedó mirando a la mujer, que no se apartaba del lugar, como si estuviera ausente del evento, en un plano diferente de los sucesos. Finalmente, César descendió del vehículo, sintiendo todavía los miembros débiles, y suavemente empujó a Seresa Almond, para apartarla del camino. Ella dijo:
— Tu conciencia está prisionera. Le construiste una torre, y le enseñaste francés. Por eso no la escuchas, por eso no la comprendes José Antonio Vidaurre — . Su voz era apenas audible, su tono: Monocorde.
En vez de doblar por Santa María, como acostumbraba, guió el auto por Pedro de Valdivia, hasta salir a Providencia, y buscó estacionamiento. Luego se fue caminando metido en la llovizna oscura, paseando sin rumbo fijo. Entró en un restorán después de bastante rato caminando, en la calle Suecia, y pidió una botella de vino tinto fino.
Trató de distraerse, mientras tomaba, mirando a los otros parroquianos, pero sus pensamientos eran más densos que las imágenes, aunque no necesariamente más precisos.
"Tal vez no sólo he encerrado mi conciencia moral, sino la que me permitiría conocer. Por eso me ofusco en conceptos que eclipsan la verdad que los otros ven de forma distinta. Es un precioso ejercicio llevar la moral al plano filosófico, así entonces cuando la conciencia habla en idioma sencillo no es comprendida, no es escuchada, y permanece encerrada".
"He encontrado fáciles justificaciones para disculparme. La conciencia, y la moral que ésta respeta, deben servir para fijar las reglas de convivencia que mantienen al hombre en un estado de sociedad gregaria. Lo que favorece la gregariedad es bueno. Lo demás malo. Uno debe sujetarse a esa moral para ser gregario. Lo que yo hago va contra la armonía social: Por eso es malo".
"Sin embargo, igual estoy cumpliendo un rol social, que aunque perverso, es necesario. Al menos debe existir para contrastar la conciencia social. El problema es haber sido seleccionado para ese rol".
Alguien se sentó a su lado, de repente, y con voz invitadora, y cantarina, aunque algo temerosa, le dijo:
— Todavía tengo tu zapato.
César levantó la vista desde la copa, y con una sonrisa muy leve, miró a la mujer con los ojos aún nublados por sus pensamientos. Dijo:
— ¿Lo has lustrado todo los días?.
— Cada vez que lo encuentro — respondió ella, mirándolo con sus enormes ojos castaños que sonrieron coquetos — . Nunca fuiste a buscarlo.
— ¿No te dieron mis recados?.
— ¿Que me fuera a la cresta? — dijo ella — , lo oí a través del teléfono. Me decían: "No quiere contestar". Tal vez ahora tampoco quieras hablar conmigo, pero estoy en deuda, y quiero hablarte.
César hizo un gesto de invitación forzosa con las manos, y encogiéndose de hombros dijo:
— ¿Quieres vino?.
Pidió una copa y le sirvió. Cuando ella acercó su mano para tomarla, él alcanzó a ver la palma, con apenas dos líneas, tan limpia, tan virginal, que volvió a sentir la atracción que le produjo la primera vez que la vio. Pensó entonces: "¿Por qué ha de gustar todo lo extraño, lo raro?. Me atrae una mujer tan extraña y poco confiable, que no se muestra ni siquiera en las líneas de la mano. O me enloquece una mujer de tipo hindú o arábiga por su hirsutismo, y la mitifico en la diosa oriental del amor. ¿Por qué se me adhiere, aunque no haga nada para ello, hasta hacerse parte en mi vida, una mujer loca que se transforma en mi ángel de conciencia?. ¿Cómo vine a llegar a un mundo tan lejano a mi formación, a mi historia, a mi pensamiento, como este del tráfico de alucinógenos?".
Nany probó el vino, y quedó mirando la superficie de color rojo intensamente oscura, como si buscara, en sus reflejos, lo que iba a decir. Como si la humedad que caía por el fino vidrio abombado, hasta fundirse con la superficie roja, tuviera la magia de producir el lenguaje necesario. Después de un rato, de dar a su copa un suave vaivén circular, dijo:
— No me porté bien contigo. Me arrepiento. Hice la peor elección, pero a veces la pasión la enceguece a una, y le muestra el cebo de la trampa, o del anzuelo, como lo más deseable, y una corre detrás sin pensar, deslumbrada. Y cuando una cae en la trampa, cuando está encadenada al anzuelo, se da cuenta que se asfixia, y que ya no hay nada que hacer, más que lamentar. Pero al menos, lo justo es reconocerlo, y pedir disculpas, no importa lo tarde. Por eso tengo, todavía, tu zapato.
— ¿Qué fue del fulano? — preguntó él, tratando de aparentar indiferencia.
— Bueno, siempre tuvimos una relación tortuosa, donde aprendí mi peor defecto: La necesidad de controlar todo. Aprovechándose de eso me mantuvo ocupada, hasta que un día cualquiera me dijo: "Nany: me caso mañana. No nos vamos a volver a ver". Yo quise convencerlo que era mentira. Quise saber donde se casaba para ir e impedirlo. Pensé ir a su casa y contarle a su Mamina, y a su mamá que él me necesitaba, y que era un error. En fin, pensé un millar de idioteces. Pero él se casó. Después de tres semanas me llamó, y me dijo: "Es una arpía; igual que mi Mamina. No soporto más. ¡Quiero verte!". Al menos hice un esfuerzo, y le dije que no. Y me mantuve firme, y nunca más supe de él.
Se quedó un rato en silencio, y como él no decía nada, y sólo miraba sus manos con aire melancólico, preguntó:
— ¿Y tú?. ¿Te casaste, tienes niños?. ¿Qué?.
— ¡Je! — hizo el ruido mientras sonreía triste — . Mira, yo me dejé controlar por ti — dijo él tomando el hilo de la explicación de ella — . En eso también tengo culpa, ya que me gustaba tu control. Lo vi como interés en mi, y me dejé llevar. Eso no le gusta a las mujeres. También te mentí, ya que no trabajé jamás en ninguna oficina. Era mozo en la pizzería. Bueno, ahora estaba aquí repasando cómo vine desde entonces hasta hoy, a ser lo que soy, y que no me gusta.
— ¿Por qué?.
— Recién estuve a diez centímetros de asesinar a mi conciencia.
— ¡Oye!, tú siempre hablando en metáfora — protestó ella.
— Si vamos a ser amigos — dijo él — , te voy a contar altiro quien soy — y le resumió su cuento, desde que cayó a la calle sin zapato, hasta ahora. Al final concluyó — : El otro zapato lo boté, por temor a que mi afición a lo raro me llevara a ser Cenicienta. Y ¡no!. No me he casado ni tengo hijos.
— ¿Y si has ganado mucha plata, por qué no inviertes en otra cosa, y te sales del tráfico? — preguntó ella.
— No se puede. Lo intento siempre, incluso ahora, junto al tráfico hago exportación de materiales químicos, metales, y otras materias primas, y pierdo toneladas. Sólo logro que hagan fachada. Intenté los valores, la especulación. También quise controlar empresas. Hasta la fecha envío currículos, ahora de ejecutivo de alto nivel, o como socio de inversiones, en fin. ¡Créeme!: Nada, aparte de lo que hago en el tráfico, me resulta. ¿Crees en el kísmet?.
— ¿Qué es eso? — respondió extrañada.
— Es el destino inexorable, que está escrito, según los mahometanos árabes. Tú eres lo que de ti se escribió. Yo he llegado a creer profundamente en él. No en el plano religioso, atávico, o cultural, sino filosófico. Lo que ya pasó está escrito: ¡Es!. No se puede cambiar. Pero está tan atado a la dimensión temporal, como lo que ha de ser. Y no por que no lo conocemos es diferente. Ha de tener las mismas reglas, y por lo tanto está igualmente escrito. Por eso no sacamos nada con luchar por ser lo que no seremos nunca.
— ¡Pero eso es muy loco!. Se opone a todo lo que sé, a todo lo que me han enseñado, desde siempre. ¿Como puede estar escrito lo que aún no sucede?. Es absurdo.
— Es como cuando lees un libro. En la página cincuenta yo soy un egresado, recién titulado. Tú lees y piensas: "Será un exitoso gerente de empresa". Pero en la página ciento diez, ya está escrito que soy un hombre frustrado, que no puede librarse del tráfico de estupefacientes. Nunca seré algo diferente que lo que está escrito en el libro. Sin importar que aún no lo haya leído.
— Pero eso es ficción. No es real; y la vida no es un libro. ¿Tú no crees en Dios?. ¿No crees que nos hizo libres para decidir?.
— ¡Upa! — dijo César — , dejemos a Dios tranquilo, que es un tema demasiado pesado. Piensa en ésto, solamente: Si tú puedes hacer algo libremente, y decidir sin la participación de Dios, entonces Él no es perfecto, le falta tu decisión para estar completo y serlo. Entonces ya no sería Dios. Dios perfecto, sería la reunión de Él más tu decisión, o más tú misma. Piénsalo para que te conviertas al panteísmo.
— Esos son sofismas. Estás loco.
César le tomó la mano, se la abrió, y dibujó con su dedo las líneas marcadas en la palma de ella.
— ¿De verdad tienes mi zapato? — interrogó.
— De verdad.
— Vamos a surcar algunas líneas más en el destino de esta mano — dijo. Luego preguntó — : ¿Estabas con alguien?.
— Unas amigas. Ya se fueron hace rato.
— Vamos nosotros, entonces — concluyó.
Se fueron caminando, tomados de la mano, por Providencia, húmeda y brillante, llena de reflejos, como si fuera una fantasía especular.

Afuera, la lluvia golpeaba con fuerza el ventanal. A su vez, hacía una cortina tan gruesa bajo el encapotado cielo, que impedía el paso de la escasa luz del día. A pesar de ser algo más tarde del mediodía, el panorama que se veía a través de la ventana daba la impresión de estar viendo un atardecer sombrío.
Al entrar, la secretaria, antes de decir el motivo que la traía, mirando el ventanal dijo con voz impaciente:
— ¡Otra vez está ahí esa mujer, mojándose en la lluvia!.
Difuminada por los hilos de agua que corrían por el vidrio, y el vaho que lo cubría por dentro, César divisó a Seresa Almond. Ella, detenida en la vereda, a unos quince o veinte metros, miraba hacia el ventanal del segundo piso, aunque su vista, tras los párpados siempre semicerrados, sólo veía su propio mundo interior. Un cigarrillo medio consumido, apagado y empapado asomaba de los dedos de su mano derecha, que acompasada con su cabeza, seguía un suave vaivén. El pelo tomado, ahora, flojamente con un aprisionador elástico recubierto de genero escocés, estaba empapado, de manera que se veía oscuro, disimulando las múltiples canas que surcaban su cabeza. Sus labios muy finos se veían aún más delgados al plegarse hacia adentro por la falta de los incisivos delanteros superiores. Las arrugas y surcos de su cara ajada, más por la falta de cuidados que por la edad, servían de conducto a múltiples hilillos de agua que bajaban por su frente hasta el cuello y los hombros. A pesar del intenso frío, producto de un invierno muy crudo y lluvioso, Seresa Almond no parecía sentirlo, aún cuando su ropa empapada se pegaba a su escuálido cuerpo. Con todo, su expresión era serena y ausente.
César movió la cabeza de lado a lado, y le dijo a la secretaria:
— Dile a la Chepa que la entre, le seque la ropa, y le de algo caliente, y que alimente a esa pobre. Que no la deje irse hasta que no pare de llover. Cómprenle cigarrillos— . Después, como hablando para sí mismo dijo en voz baja — : Sol Cruzat ¿nunca abandonas tu papel?.
— Don César — interrumpió la secretaria — , al celular que recibe al jefe de narcóticos lo llamó el prefecto Santelices de Arica. Dijo que necesita urgente hablar con usted.
— Bueno. Dámelo — respondió estirando la mano — . ¿Está ahí listo el número?.
La secretaria pulsó un par de botones y le alargó el teléfono celular que traía en la mano.
— Apriete el botoncito, y comunica — dijo.
— ¿Cual es el nombre de pila de este hombre?
— Fanor... Fanor Santelices, se llama — respondió ella y se retiró en seguida.
Una vez que hubo salido, César pulsó el botón para comunicar. Después de algunos timbrazos, le respondieron al otro lado:
— ¡Aló!. Aquí el prefecto Santelices. Quien habla — dijo una voz impositiva, y algo nasal.
— Fanor — dijo César en tono suave y familiar — , que gusto saludarlo. Habla usted con Agustín Echaurren. ¿Como le fue con nuestra información?. ¿Pescó a los muleros?.
— ¡Mire Echaurren!: Usted nos dejó en ridículo con la superioridad institucional — dijo Santelices, mientras su tono nasal enronquecía de disgusto — . Por aquí no entró ningún mulero en toda la semana, y el jefe zonal nos está poniendo en dudas. Si no tenemos algo luego, vamos a tener que actuar con su gente no más.
— ¡Que grave lo que me dice Fanor! — dijo César en tono afable — . Espere un segundo, para averiguar que pasó, y lo vuelvo a llamar.
Cortó la llamada, y se echó el aparato al bolsillo. Luego bajó precipitadamente al piso bajo, y entró a una salita que originalmente correspondía al servicio de la casa, y que ahora estaba acomodada como sala de trabajo común.
Dirigiéndose a uno de los hombres, que sobre una gran mesa tenía un alto de diarios y revistas, de los cuales recortaba artículos que iba pegando en hojas blancas, y le gritó molesto:
— ¡Vega, que crestas pasó con los muleros que mandamos de sebo por Arica!.
— No he sabido nada, señor — respondió Vega, tranquilo, botando el humo del cigarrillo por las narices — . Anoche debieron pasar la aduana para que los apañaran. Tal vez les soplaron el cuerno y se funó el regalo.
— ¡Por la gran puta! — gritó César exasperado — . Me cago en tus suposiciones. Tengo que darle una explicación a los tiras de narcóticos de Arica para que no me caguen a mi gente, y ustedes aquí hilan babas.
El hombre fumó de nuevo, y volvió a botar humo por las narices. César sintió un intenso desagrado por la pasividad del sujeto, que se le hizo mayor al ver el humo del cigarro escurrir por entre los gruesos pelos negros que le salían de los agujeros nasales. Por un instante analizó su figura, vestido impecablemente de gris oscuro, y corbata de seda, sobre una camisa amarillo muy suave, y cuello blanco y almidonado. El contraste con sus facciones gruesas, y muy morenas, que delataban lo humilde de su origen no cultivado terminó de llenar la antipatía de alias Echaurren. La gruesa mano izquierda del hombre aprisionó con los dedos cordial y pulgar, el cigarrillo que tenía en la boca, mientras los otros semiestirados dejaban ver sendos anillos, tan gruesos como los dedos, en el meñique y el anular. Por tercera vez el hombre resopló el humo por entre los negros pelos de las narices, mientras apagaba el pucho en un cenicero, con una actitud ridículamente delicada. Luego dijo:
— En seguida le digo qué pasó, jefe.
César se retiró dando un portazo, pero su semblante, al otro lado de la puerta, reflejaba tranquilidad. Entró a la puerta contigua, y se dirigió al que estaba en el escritorio. Un hombre rubio, de escaso pelo, vestido con aspecto deportivo, de ropas claras, y semblante risueño estaba sentado en el único escritorio revisando también, recortes de revistas y diarios.
— Ese conchesumadre: Vega, tiene cinco minutos para darme una información urgente. Después quiero que lo mandes al norte a recibir muleros en la frontera con Bolivia.
Después se dirigió a la cocina, a pedir un café.
Frente a una estufa unas ropas de mujer colgaban de una silla. En una mesita más allá, Seresa Almond, vestida con un delantal enorme, calentaba sus manos, que bailaban suavemente, alrededor de una taza de té. Sus ojos casi cerrados, sólo veían sus propios pensamientos. La Chepa, una mujer gorda, de edad indefinida, pero que no superaba los cuarenta, de aspecto bueno, como de mujer de campo; la había hecho bañarse, y la había peinado. El aspecto de María de Escocia se acercaba ahora, algo más a la reina francesa encerrada en la torre de Londres, por ambiciones geopolíticas. Una intensa aura multicolor brilló a su alrededor cuando dijo:
— Gracias por el té y los cigarritos. Al fin te acuerdas de tu esposa, Eliecer — . Su voz monótona apenas se escuchaba por lo débil de su tono. Sus ojos no se separaron de su propio mundo interior. César se atornilló un perno imaginario en la sien, y movió la cabeza de lado a lado, mientras le sonreía a la Chepa. Dijo:
— Mándame un café grande y cargado Chepita, por favor.
Seresa Almond, al notar el gesto, endureció ligeramente el tono de su voz:
— No te rías de tu conciencia José Antonio Vidaurre — dijo, y sorbió suavemente el té que tenía entre sus manos.

La mañana amaneció oscura, bajo gruesas nubes negras, que amenazaban que seguiría lloviendo, como había sucedido hasta bien entrada la noche. Por los vidrios húmedos y empañados, caían gotas condensadas, que parecían lágrimas, y dejaban un surco de luz suave que penetraba desde afuera. En el televisor, que se encendía automático a las siete de la mañana, un rostro ya familiar, de rasgos redondos, que parecía sonreír siempre, y denotaba un carácter afable; le relataba las noticias a César mientras éste despertaba. A su lado, Nany dio un salto, y se sentó, desnuda, en la cama. César giró sobre ella y desde atrás deslizó sus manos hasta los pechos, y los acarició suavemente mientras emitía un sonido de agrado: "Mmmmmh".
— ¡Ya amaneció! — dijo ella asustada — , no me despertaste para llevarme a mi casa. La tía Luz me va a matar, va a hacer un escándalo y va a llamar a mi papá...
— Ya... ya... ya... Tranquila. Yo voy a hablar con su tía. No tiene pinta de copuchenta, no se asuste.
— Claro como el problema no es tuyo. A ti nadie te dice nada, entonces no te preocupas. Por eso te metes en cualquier cagada, aunque sea delito.
— Oye, aguántate un poco. Mi conciencia la arreglo yo. No necesito comprar otra.
— Bueno yo tampoco. Y se que me va a quedar la cagada en mi casa. ¿Te das cuenta?.
— ¡Bueno ya!, ¡ya!. Te voy a dejar altiro.
— Lo que pasa es que tú no me consideras a mi. Miras tu conveniencia, y no la de los otros...
César se salió de la cama y del dormitorio con un gesto de fastidio. Se había acostumbrado a su independencia, y a no rendir cuentas. Odiaba hacerlo.
Afuera, contra lo que se pudiera pensar, el frío era intensísimo. Las constantes lluvias habían producido fuertes nevadas en la cordillera, que proyectaba el frío sobre todo a los sectores altos de la ciudad, como una parrilla antisimétrica. Los árboles estaban tempranamente desprovistos de hojas, y el panorama desnudo de verdes era dominado por los grises del cielo y el pavimento, que acentuaban un sentimiento de desolación y desamparo. Esto hizo un extraño efecto en Nany. Sin mirar a César que le abría la puerta del auto, subió y se acurrucó en su asiento, con las manos metidas bajo las axilas, mirando al infinito. César dio la vuelta, por delante del auto, y al verla desde fuera, sintió su lejanía, y se apoderó de él un sentimiento de culpa y arrepentimiento de haberla llevado a su casa, y pasar con ella la noche. El camino hasta la casa de Nany fue absolutamente silencioso, como si se hubieran mimetizado con el panorama triste y gris de la mañana. Al llegar, ella bajó rápidamente, sin esperar la acción de él; como si huyera. Cuando él logró darle alcance, ella ya había entrado al jardín de su casa, y le cerró la puerta casi en las narices. Con la mirada baja, y la puerta suficientemente cerrada como para que él no entrara, le dijo: "Adiós", con un tono lacónico e inesperado. Sorprendido, él no reaccionó a tiempo, y ella corrió a la casa y entró.

Kepa Uriberri