Destino


Novela

III El traficante

Lucha con la conciencia

César la vio desaparecer, y se quedó esperando un rato, sin saber qué. Pero finalmente se encogió de hombros, y se fue. Un sentimiento extraño, de desasosiego se apoderó de él. Así llegó a la oficina, al tiempo que comenzaba a llover de nuevo, con un extraño viento helado. Se refugió en su oficina, a ver como caía la lluvia, formando pequeñas pozas que iban poco a poco creciendo, y originando diminutos cursos de agua que confluían en pozas y riachos más grandes, hasta empaparlo todo y dar a los pavimentos un aspecto brillante y raro, donde rebotaban las gotas formando círculos que rápidamente desaparecían y cambiaban de lugar en extraños ritmos tristes, interrumpidos de vez en cuando por la gente que pasaba, también cubierta por las luminiscencias que deja la humedad en todas las cosas. Sin casi darse cuenta, César se fue dejando llevar de sus ensueños, y ensimismando, a tal punto que no percibía su entorno inmediato.
Silenciosamente, moviéndose con infinita lentitud, como el caracol que va dejando su huella sutil en la hoja que atraviesa, entró Seresa Almond a la oficina de César. Su mirada, semiinterrumpida por los párpados sempiternamente caídos, se concentraba en algún punto que estaba en el interior de sus propios ensueños. Las voces interiores, de sus pensamientos superpuestos, se hallaban, ahora, en silencio, por lo que el gesto de su rostro era casi angélico, a pesar del vaivén que siempre afectaba a su cabeza. Además, estaba perfectamente limpia y peinada. El pelo tirante, y tomado en un moño que partía en lo alto de la coronilla, justo donde los niños tienen el remolino, le daba una cierta coquetería, que contrastaba extrañamente con su rostro ajado y maltratado por el abandono, y la enajenación. Sin embargo, la ropa limpia y planchada, aunque le quedaba algo grande, hacía un conjunto, que mostraba que sus facciones no eran las de una persona burda, sino por el contrario, las de una mujer culta, de estilo cuidado. Sus manos parecían muy grandes debido a lo flaco de sus brazos muy desnutridos, sin embargo, examinadas con cuidado, era claro que pertenecían a una persona que no trabajaba con ellas, o que si lo hacía, desarrollaba trabajos delicados. El cuerpo de la mano era delgado, mas largo que ancho, y sus dedos eran especialmente largos y delicados, aunque la exposición constante a las malas condiciones habían llegado a curtir densamente el pellejo.
Seresa Almond se detuvo, largo rato, junto a la mesita de centro, que guarnecía el pequeño estar con un sofá y dos sillones que se ubicaban frente al ventanal de la oficina, más allá del enorme escritorio. En una esquina, navegaba sobre el agua de fina madera, un cisne de bronce repujado, con extrañas filigranas que reemplazaban al plumaje, en cuyas rendijas se acumulaba el verdoso óxido que le daba su especial encanto, resaltando su antigüedad, y desgaste. En la otra esquina, opuesta por la diagonal; antisimétricamente, flotaba otro cisne de clarísimo cristal, en la misma pose y actitud, en el mismo tamaño y afectando especularidad con el opuesto. La luz extraña y tenue del día depresivo y lluvioso, atravesaba la traslúcida carne del ave, proyectando extrañas iridiscencias, y brillos. La antisimetría de las aves concentró su contrapunto en el mundo interior de Seresa Almond, que sin poder escapar de él, quedó clavada ahí en su fascinación. Se vio a sí misma, emprendiendo el vuelo, convertida en un gran cisne de cristal, flotando sobre el enorme palto de su niñez, alrededor del cual en la pequeña isla, no había más que distancias y distancias de agua quieta y silenciosa. Sólo, al fondo, en lo más profundo de la escena, casi más allá del horizonte, se podía ver una pequeña casita, en cuyas ventanas se distinguía, tenues, las siluetas de dos ancianos que de cuando en cuando se movían tras ellas. Seresa Almond quiso volar hacia aquella casita. En su mente la vio como un refugio necesario. Sus sueños la llevaron hacia allá. Pero en la medida que se acercaba, el enorme lago crecía y el horizonte se hacía más lejano, llevándose la pequeña casita más y más lejos. El cristal de sus alas se fue haciendo cada vez más denso, cada vez más oscuro, cada vez más pesado, por lo que batirlas era más y más difícil. A tal punto llegaba la dificultad, y la angustia, que a duras penas lograba planear sosteniéndose en el aire. A medida que perdía altura su cuerpo transparente se iba empañando, y coloreando de ámbar, de modo que la suavidad de su plumaje se iba texturando irremediablemente, dejando profundos surcos de color verde esmeralda. A la vez, el peso de su ser aumentaba como si se fuera convirtiendo en metal. De repente el horizonte se hizo tan lejano, que terminó por tragarse con su enorme distancia, a la pequeña casita, y a los abuelos que vivían en ella. Seresa Almond se miró el cuerpo, y se dio cuenta que ahora era de bronce repujado, del color del oro opaco, y su plumaje hacía raras texturas en el fondo de las cuales crecía un moho verde y pesado, que no le permitía flotar en el aire. Finalmente cayó en el agua de madera fina, al otro extremo del lago, escindida para siempre.
César miraba llover, miraba irse los pequeños surcos de agua, acendrándose en lagunillas y grandes pozas. Ahí se podía ver a sí mismo, o mejor, a su propio destino. Como pequeños riecillos de agua inofensivos, que insistían en correr cuesta abajo, desafiando cualquier voluntad. "Así me pasó a mí" se decía. "Algo que se ve tan dúctil y fácil de manejar como un hilillo de agua. El hombre poderoso, con su recia voluntad, lo ha de dirigir, hasta conducir el curso de su vida. Pero el hilillo se une a otro rebelde, que se va cuesta abajo con voluntad irresistiblemente propia, y lo lleva a uno a donde uno no pensaba ir, a intentar enmendar el rumbo del arroyito. Cuando se está ahí, al tratar de cambiar el curso, el agüita se junta y se trepa por los dedos, el curso crece y sigue cuesta abajo, aumentando su corriente. De repente es un riacho inmanejable. Entonces uno junta piedras, y encierra su cauce, pensando así influirlo. Luego hace uno un dique, donde puede controlar una laguna, aunque finalmente se llena, y uno se ve obligado a dejar salir un cursito de agua para que la laguna no se rebalse sin control. El cursito afluye a otro torrente y ya forma un pequeño río inmanejable. Entonces uno busca ayuda, para en colaboración, domeñar el problema. Ahora hacemos puentes, caminos ribereños, represas, canales y gaviones. Llenamos de recursos el cajón del río, creyendo así controlarlo, pero de repente miramos el horizonte, y vemos el mar. Entonces es tarde. Con su singular voluntad, el agua baja siempre. Jamás la detendremos pues es su ley de vida ir al mar. No importa si lo intento solo o en compañía".
"Es el destino como el agua. Va donde ha de ir" concluyó con cierto desgano, meneando la cabeza.
Seresa Almond se puso detrás de él, algo hacia su derecha y le dijo, con su voz monótona, monocorde, casi sin volumen, casi como un susurro, como si una suave brisa, algo nasal soplara en su oído la petición:
— ¿Me das un cigarrito?.
La amígdala del cerebro de César palpitó, lanzando un tren de pulsos alocados por todas las fibras nerviosas que bajan por el tallo cerebral, activando infinitos conductillos por los que fluyeron líquidos internos que tensaron todos los músculos del cuerpo. En un santo y amén giró con tanta premura, que cayó sobre los cristales del ventanal, combándolos casi al límite de su resistencia. La sorpresa de él, no alteró a Seresa Almond, que miraba al infinito de sus pensamientos propios, con su vaivén permanente de cabeza.
— ¡Micaelaaa! — gritó — ¿Quién diablos dejo entrar a esta loca?.
A los pocos segundos entró, sorprendida, la secretaria.
— No sé don Cesar — dijo — yo no la vi entrar.
César notó que Seresa Almond había sido, no solo aseada, sino que también acicalada y maquillada. Sus ojos ausentes, de párpados caídos, estaban sombreados de color verde cian y las pestañas resaltadas con rímel. Los delgados labios, aunque recogidos hacia el interior de la boca, por la ausencia de dientes, estaban suave, y sabiamente resaltados con color rosa pálido. Todo de manera que al mirarla sin atención, uno se formaba la imagen que seguramente tuvo en su juventud temprana, antes de ser atacada por esas extrañas voces interiores, que provenían múltiples de su soledad y su conciencia profunda. César logro, sin intentarlo, percibir su derrotada belleza, y se conmovió.
— Dale un cigarro, y llévatela — dijo con calma — . Averigua como entró, y que no se repita.

Algo, dentro de la madera que se quemaba en la chimenea, estalló, crepitando en un abanico de chispas. Las lenguas de fuego se apartaron por un momento del palo, y luego continuaron lamiéndolo con tranquilidad, retomando un ritmo cadencioso, que a César se le antojó un niño comiendo su chupete con palo. Se vio a si mismo, caminando en el Paseo Ahumada, atestado de personas anónimas, con miradas ausentes, tomado de la mano de su tía Mireya, que siempre le compraba algo: Un juguete de baquelita, un trozo de quesillo redondo y húmedo, o un chupete con palo de caramelo, con ese estúpido nombre de serie de televisión. Así como la llama al palo, atacaba con la lengua, rítmicamente el caramelo, y cada cierto rato un sonoro sorbo crepitante. Que lindo era en esas ocasiones ser niño. Uno sólo era lo que le iba tocando ser, y lo aceptaba. Ahora, era lo que era, porque la vida se empeñó en traerlo hasta aquí, sin importar su oposición, y había que seguir adelante sin importar los propios deseos. Movió la cabeza de uno a otro lado, y se dijo: "Ya no hay vuelta atrás", con resignación.
— Aquí está su llamada — dijo la secretaria entrando a la oficina.
César recibió el aparato celular, y verificó la pantalla.
— ¡Aló!, Mena. ¿Hizo la entrega?.
— ...
— Bueno. ¿Le firmaron el libro?.
— ...
— ¿Y, está seguro que era la mujer del juez?.
— ...
— Es que no me sirve que esté casi seguro. Necesito tener algo asible. Averigüe, y filme a la gente de esa casa. Lo mismo con la del actuario del decimosegundo. ¿Está claro?. ¿Me entiende?.
— ...
— ¡Crestas Mena, compréndame!: Necesito conocer a esa gente más que a mi familia. Y tengo que tener la certeza que son corrompibles, que reciben regalos, que hacen la vista gorda. ¿Entiende que tengo que comprar ese juzgado completo?. Desde el juez hasta el último administrativo. Además tenemos que conocer a su gente, la mujer del juez, el hijo del actuario, que edad tiene, donde queda el jardín infantil, todo. Si cree que no puede hacer lo que le pido, dígalo altiro, y hágase a un lado.
— ...
— Bueno. ¡Espero!. Llámeme cuando tenga información.
César cortó sin esperar más respuesta, y se quedó mirando el fuego, ensimismado. Volvió a verse niño. Anónimo entre la gente, detrás de la tía Mireya. Cuánta fe tenía entonces en la gente. Toda esa multitud de rostros ausentes, podían ser amistosos si se les pedía ayuda, si era necesario, todos se convertían en protectores:
— ¿Qué le pasa mhijito?. ¿Está perdido?.
— Se me perdió mi tía Mireya. — Tenía los ojos llenos de lágrimas, que le rodaban calientes por las mejillas.
— No se preocupe mhijito. Vamos a buscar a su tía Mireya, y la vamos a encontrar.
Recordó cómo caían sus gruesas lágrimas de desesperación, sobre la morena calva del hombre que lo subió sobre sus hombros, para que sobresaliera del resto de la gente, y la tía Mireya lo viera. El hombre se pasó la mano por la pelada, para secarse las lágrimas. A César le parecía estar viendo la mano oscura y enorme, llena de pelos negrísimos que se le antojaban patas de arañas. Le parecía estar oyendo la voz ronca y bondadosa, gritando por el paseo Ahumada, como quien vocea la mercadería en venta: "¡Tía Mireya!... ¡Tía Mireyaaaaa!... ¡Aquí está César!". Los ojos se le humedecieron, ensimismados en la llama que lamía la madera. Se preguntó: "¿Sería capaz de usar a un niño, para presionar a alguien?". Sacudió la cabeza y se puso de pie, mientras se respondía a sí mismo en voz baja: "¡A la cresta!. Cuando sea el caso lo vemos".
César odiaba verse enfrentado a esos pensamientos, a esas situaciones. Odiaba reconocerse a sí mismo como un delincuente, y hacía esfuerzos por caminar apenas al margen de lo inaceptable. En la línea de lo disculpable, por donde su moral personal aún encontraba una justificación, que siempre jugaba en concordancia con las circunstancias que lo habían ido empujando a ser lo que era: "Judas no eligió entre ser San Pablo o Judas, sólo fue Judas por que alguien tenía que serlo, y le tocó", se decía. O bien razonaba: "Sallieri siempre quiso ser Mozart, pero sólo fue Sallieri. Mozart ya era Mozart, y no había nada que hacer".
La lluvia se había detenido, y al fondo detrás de los edificios más altos, se asomaba la cordillera, ahora completamente blanca, coronada de nubes oscuras y amenazadoras.

A pesar que aún no eran las seis, ya el día había perdido su lucha con la oscuridad. La calle húmeda reflejaba a manchones las luces amarillas de los faroles, y el siseo de las ruedas de los vehículos, salpicando el agua que corría por la calzada perseguía el rebote luminoso que los anunciaba. El teléfono sobre el escritorio comenzó a sonar, sacando a César de la lectura de papeles que tenía al frente.
— ¿Sí? — dijo, llevándose el auricular a la oreja.
— Tiene un llamado personal en la línea dos — anunció la secretaria.
— ¿Quién?.
— La señorita Nany.
— ¡Tch! — chasqueó César — . Bueno, ¡ya! — dijo en seguida, y tomó la línea — . ¡Hola!, dime.
— ¿Me pasas a buscar a las ocho? — dijo Nany.
— ¡Bah!. Pensé que estabas enojada. Me tiraste la puerta encima, esta mañana.
— ¡Ay!. No seas exagerado. La tía Luz no se dio ni cuenta que no dormí en la casa.
— ¿Y que planes tienes ahora?.
— No se... comemos algo por ahí y vamos a un cine.
— Y a mi casa — completó César.
— Y me vas a dejar después a la mía — insistió ella.
— No. Te quedas.
— Entiende que no — dijo ella, tajante.
— Entonces no te paso a buscar — dijo César, y concluyó — : ¡Chao!.
— Oye, oye, oye ¡espera! — dijo Nany antes que él cortara la comunicación.
— Entonces, ¿qué?.
— Pásame a buscar y conversamos.
— No. Te quedas en mi casa o nada.
— Bueno ya. Por tu culpa voy a tener problemas.
— Me parece bien. Haz algo por mi, al menos un esfuerzo. ¡Adiós!.
La llovizna llenaba la oscuridad de un aroma especial, que habría que llamar limpio. El agua atrapa el smog del aire y lo arrastra. Finalmente, después de tanta lluvia, el aire sólo huele a atmósfera húmeda. César sintió ese aroma especial que tanto gusta a los santiaguinos, y sintió una nostalgia alegre, de esos días de lluvia de septiembre, cuando era niño, y trataba de elevar un volantincito rojo, en el largo patio de la casa de su abuelo, corriendo desde el portón hasta el fondo donde se estacionaba el "Pichicurí": el Hillmann verde. Que felicidad ser niño, pensó. Y creyó que la única etapa de la vida en que se puede ser feliz, verdaderamente, es la infancia. Ahí radicaban la mayoría de sus recuerdos felices. Con estos pensamientos subió a su auto y salió a la calle, llena de reflejos de luces, en los pavimentos mojados. Abrió su ventana para dejar entrar el aire con aroma limpio, y aspiró con agrado. En la esquina de Santa María lo detuvo el semáforo. Un niño, concentrado, intentaba hacer malabares con tres pelotitas de diversos colores. Pensó darle un par de monedas, mientras la ternura le llenaba el alma. De repente, a su lado, una voz monocorde, y tan baja que casi no se oía, le dijo con un sonido casi nasal:
— Nunca dañes a nuestro sagrado niño, Eliecer.
Sobresaltado, César se encontró con la mirada, que parecía vacía, de Seresa Almond. En su pelo repleto de infinidad de gotas de llovizna, se reflejaban todas las luces de infinitos colores, formando un aura que rodeaba su cabeza.
— ¡Ándate a la mierda! — dijo, y cerró la ventanilla del auto. Recordó su conversación con Mena, y la intención oculta de usar al niño del actuario para presionar un fallo. Sintió una sensación de molestia en el pecho, pero desechó sus pensamientos diciendo — : ¡A la cresta!. ¡Mala cueva! — y con un gesto de rechazo, apretó el acelerador, y partió haciendo patinar los neumáticos en el pavimento. Por el espejo retrovisor pudo ver a Seresa Almond. Un arcoíris salía de los millares de gotitas de agua de su pelo, y se iba a estrellar en el cerro San Cristóbal, junto a la enorme, e iluminada estatua de la Virgen.
Con el ánimo alterado, condujo el auto hasta llegar a su casa, sin darse cuenta de lo que hacía. Cuando se bajó, recordó que tenía que pasar a buscar a Nany. Chasqueó la lengua, subió a su departamento, y se tiró de espaldas en su cama. Decidió no ir a buscarla.
A las nueve de la noche dormitaba sobre la cama con toda la casa a oscuras, cuando sonó el rin del teléfono.
— Oye, ¿que te pasó?. Todavía te estoy esperando — dijo Nany cuando César contestó.
Él le explicó someramente su experiencia con la loca, la distracción que le produjo, y le dijo que ya no estaba de ánimo para ir a buscarla. Ella reaccionó al rechazo, como siempre lo hacía: Intentó tomar control de la situación, y virtualmente le ordenó que la fuera a buscar. Pero la decisión de él era firme. Dijo:
— No. Mira, si quieres vente sola, y seguimos conversando. Pero sin presionar, porque no estoy de ánimo. O sea: Hablamos suavecito, bajito, de cosas agradables, me haces cariño, yo te lo hago a ti, y nos enamoramos.
— ¡Ni muerta! — contestó ella.
Entonces César cortó la conversación y el teléfono. Se metió las manos bajo los sobacos, y entrecerró los ojos, relajado.
"¡Mierda, antipático, te odio!" pensó Nany, y golpeó con ira el teléfono.
Cuarenta minutos más tarde, Cesar dormitaba sobre su cama, entre soñando con sus vivencias de niño, cuando el abuelo Atila los llevaba a pasear en el "Pichicurí", hasta que llegaban "al fin del mundo" como decía el abuelo. Entonces se bajaban a explorar el cerro, o el río, o la quebrada del fin del mundo. A veces encontraban el puentecillo que protegía los dominios del gigante Oshtrochenko, otras más pescaban "piriguines" y "guarisapos" (Los primeros eran oscuros y de cola trasparente, en cambio los segundos eran enteros transparentes, salvo el cuerpo que era negro. Ninguno era capaz de entender claramente la diferencia, salvo el abuelo Atila que era extremadamente sabio), o bien podían encontrarse con la torre de los locos, donde encerraban hacinados a todos los locos del universo, que iban capturando por las calles, y que resultaba peligrosísimo perturbar, pues tenían, realmente, una fuerza loca. Mientras flotaba en esas gratas fantasías, sonó el timbre, con un cierto dejo de violencia.
— Me vine sola — dijo Nany — , aunque no sé para qué; si tú no tienes el menor interés en mi.
Él la abrazó, lúdico: le besó el pescuezo, le mordió una oreja, le langüeteó los ojos, la besó, y le metió las manos bajo las faldas, intentando bajarle los calzones. Todo ésto cambió el ánimo de ella, de la molestia, y el desagrado, a la alegría, la risa, y el buen humor.
Más tarde, despejadas las energías de ambos, y sus íntimos deseos, conversaban, como César había propuesto: en voz bajita, y suave. Ella dijo:
— Bueno: ¿Qué pretende esa mujer loca que te afectó tanto?.
— No lo sé. Se me apareció un día, hace años, cuando empezaba a trabajar en la pizzería, y desde entonces, siempre se anticipa a las cagadas que voy a hacer. Es como si se materializara la conciencia, o algo así.
— Tú estás loco. ¿No será que te lo imaginas?.
— ¿Acaso me ves desquiciado?. Ella es esquizofrénica, y se transforma en la reina María, y en la Sol Cruzat, y en mi conciencia. Lo que no sé es cómo me encuentra siempre, y me anticipa.
Nany juntó los ojos cerca de la nariz, y con un dedo se toco repetidamente la sien. Él tomó un cojín y le golpeó la cara.
— ¿Por qué, mejor, no buscas un negocio honesto, y así te libras de ella?.
— Hago negocios honestos. Sirven de camuflaje al negocio mal mirado. Pero pierdo plata a manos llenas con ellos. Es el costo que pago por mantener una imagen social decente.
— ¿Y no será que te atormenta la conciencia, solamente?.
— Oye, entiende que es real. Yo no la inventé, ella apareció sola, y es de carne y hueso, y su leva de perros, que se llevó al mío, también. Por lo demás, yo no hago daño a nadie. No obligo, ni envicio. Yo estoy haciendo un comercio provechoso, que en cualquier momento va a ser legal. Mira lo que pasa en Holanda, que es un país más avanzado.
— ¡Holanda es un asco! — dijo ella.
— Como sea, yo no fomento nada. Compro y vendo un producto, altamente comercial, para gente que voluntariamente quiso aprender a consumirlo.
— ¡Cómo se relaja la conciencia! — dijo Nany, y se dio vueltas, dándole la espalda.
César se pegó a ella, le metió las manos por debajo de sus axilas, y le tomó los senos presionando suavemente. Ella se dejó hacer. Sin embargo, ambos sintieron el frío del ánimo. Después de no demasiado rato, Nany se incorporó, desembarazándose de las manos de él, y se metió en el baño. Después de un buen rato, apareció de nuevo, olorosa a jabón, envuelta en una toalla, y sacudiendo el pelo con suaves ademanes de la cabeza. Juntó sus ropas y se vistió sin apuro. César la miraba, como quien observa un espectáculo dedicado a él solo. Cuando hubo terminado, Nany dijo:
— ¡Ya!. ¡Vamos!.
— ¿Vamos?. ¿A dónde?.
— A mi casa. Anda a dejarme.
— No. Ese no fue el trato: Venías y te quedabas.
— Tú lo rompiste. ¿Te acuerdas?. Llegué sola. Ahora no hay trato: Me voy.
César intentó convencerla, pero ella estaba decidida a irse.
— Insisto que te quedes. Yo no te voy a dejar.
— En ese caso me voy sola — dijo ella. Tomó el teléfono y pidió un taxi.
— ¿Por qué nunca cedes?. ¿Es que necesitas controlarlo todo?.
Ningún argumento sirvió, y finalmente el taxi anunció que esperaba en la puerta. César, entonces se vistió y bajó con ella hasta el auto que esperaba.
— Al menos quiero ver en que taxi te vas — dijo.
La noche estaba fría, y una neblina densa y húmeda lo mojaba todo. Las luces de los faroles parecían nubecillas luminosas flotando en el fluido gris de la bruma. Al salir César hizo el último intento de convencerla, pero fue inútil. Ella abordó el vehículo, y se fue. Cesar se quedó mirando como se alejaba, hasta que desapareció en la neblina. en ese momento, apareció al centro de la calle, un perro quiltro, de pelos largos y cafés, de lomo negro, no demasiado grande, pero de aspecto agresivo, que comenzó a gruñirle. Él se agachó en ademán de recoger una piedra, y el quiltro dio dos feroces ladridos y avanzo un metro hacia él. César retrocedió mirando al perro, hasta que vio una piedra en la taza de riego de un árbol. Se agachó a recogerla, pero antes de alcanzarla el perro se aproximó, gruñendo, otro metro. Él le lanzó una interjección, y dio una patada en el suelo para espantarlo:
— ¡Sale perro de mierda! — le gritó.
El quiltro ladró agresivo, pero retrocedió el metro que había avanzado. César comenzó a agacharse sobre la piedra con sigilo, cuando casi la alcanzaba, el animal se abalanzó sobre él, ladrando. César se incorporó y alcanzó a lanzarle una patada, que cayó en el morro del animal. El quiltro se retiró, retrocediendo, un par de metros. Con rapidez César agarró la piedra, y se la lanzó. El perro recibió el golpe en las costillas, y arrancó aullando. Se refugió detrás de alguien que desde la vereda del frente miraba como si fuera una estatua.
César sintió que las manos y las piernas le temblaban. Se fijó en la figura que protegía al perro, y ésta avanzó, saliendo de la bruma, con la mirada clavada en él, o en la imagen que de él repetía en sus propios pensamientos. Dijo con voz nasal y monocorde:
— ¿Por qué agredes a mis perritos?. ¿Por qué amenazas a mis niños, José Antonio Vidaurre?.
El perro ladraba detrás de Seresa Almond, que se detuvo a la orilla de la vereda del frente. Sus ojos semicerrados, no se apartaban de César, que percibió el vaivén de su cabeza, sin saber por qué, como un movimiento amenazador. De repente, la leva de perros que siempre la acompañaba, comenzó a aparecer entre la neblina. Varios imitaron al primer quiltro, y comenzaron a gruñirle y a ladrar. Sin dejar de mirarlos, atemorizado, César retrocedió hasta llegar a la puerta del jardín del edificio, la abrió a tientas, y entró con rapidez. No bien la hubo cerrado, tras de sí, la recova de perros se lanzó en su dirección ladrando y gruñendo amenazadora. Un par de animales de menor tamaño cruzaron la reja tras él, pero Seresa Almond, elevando el volumen de su voz, que siempre era casi inaudible, gritó en tono monocorde:
— ¡Vuelvan acá, aún no es el momento de redimir al mundo!.
Todos los animales volvieron sumisos junto a ella, que lentamente giró en la bruma, dando las espaldas a César. Éste pudo ver que un halo luminoso e iridiscente la envolvía, y se prolongaba hasta alcanzar la aureola de luz que rodeaba los faros de yodo que iluminaban la calle. A pesar de la lentitud de su andar, se perdió en la bruma mucho más velozmente de lo que César imaginó.
Esa noche César durmió mal, y sólo a ratos. Soñaba, cada vez que se dormía, con Seresa Almond transformada en la reina María de Escocia, ataviada de una armadura, y coronada de arcoíris, montada épicamente sobre un enorme perro bayo, al mando de cincuenta jinetes, todos cabalgando sobre perros feroces, que aúllan agresivos. Detrás de ellos, una horda de niños con palos y estandartes arrasan todo a su paso. Finalmente el heterogéneo y extraño ejército converge sobre él hasta casi alcanzarlo. En ese instante, sobresaltado despierta.

Kepa Uriberri