DestinoNovela |
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III El traficanteAcosos |
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La bruma húmeda escondía los objetos, hasta que uno se aproximaba a ellos. Entonces se hacían visibles, mojados y brillantes, en un ambiente borroso y difuso. Por los ventanales, el pasto verde del jardín, y las personas que pasaban por la calle, al final de éste, se parecían a una pintura impresionista, extrañamente animada. A ratos, desde su escritorio, César se quedaba mirando ese cuadro, y se sumergía en la fantasía. En otros momentos recordaba sus sueños de la noche anterior. Entró la secretaria con un aparato celular en la mano, y le anunció: — Don Juan Vargas para don Agustín Echaurren — y le entregó el aparato. César lo puso sobre el escritorio, y esperó que ella se retirara. Cuando la puerta se cerró, él miró el aparato durante un rato, y luego con gesto de fastidio lo tomó. — Juan — dijo en tono muy familiar — . Que buenas novedades me tiene. — Don Agustín, tengo un nuevo "Capulín" para el liceo en la Cisterna — dijo el otro — con todos los datos comprobados, y en mi poder su carnet de identidad. Quería que me diera instrucciones para hacerle llegar todo. César miró la pintura impresionista de su ventana. En el cuarto punto áureo de la composición, casi a un tercio del margen derecho, y de la base de la imagen, de pie, rodeada de la recova de canes ordinarios que la acompañaban, Seresa Almond completaba la obra, clausurando la historia. El pelo que hace algunos días había sido esmeradamente peinado en una cola de caballo que surgía de la parte alta de la cabeza, se había deslizado hasta debajo de la nuca, y se había separado unos seis centímetros del cráneo, dando una penosa idea del personaje, y subrayando la tristeza de la escena. Toda ella se veía, sin embargo, reforzando su posición en la representación pictórica; rodeada de un halo luminoso, como si un fanal interior derramara suave luz fárica sobre la niebla, advirtiendo su presencia, necesariamente. En la mano que se movía con suavidad, un trozo de cigarro, ya apagado, y húmedo, reglaba un gesto que parecía señalar hacia el observador, mientras su cabeza, con su eterno bailecito, decía: "No, no, no...". — Mire Juan — dijo César, con cierta tensión en la voz — : He pensado mucho en ese tema. ¿Cuantos Capulines tenemos en este momento?. — Han de ser unos siete, y con este ocho. No — dijo después, dubitativo — . Son nueve en total. — Y desde cuando que estamos usando Capulines. — Desde este último marzo, no más, que los instalamos a la salida de los colegios. — ¡Mmmh! — sonó César, en tono pensativo, y añadió — : Malo, malo, muy malo. Haga algo con todos ellos. No podemos seguir envenenando niños. ¿Yo acepté ese proyecto? — concluyó dudoso. — Por supuesto, don Agustín. Yo creo que usted fue. ¿Y que hago con esa gente?. No les va a gustar. — Lamentable. Pero nosotros no podemos vender a niños. Es distinto con los adultos. Ellos son responsables de si mismos. Los niños: no. Ya sabe: No más Capulines. Ubique bien a esa gente, en buenas posiciones, en las mejores boticas, ellos no tiene culpa alguna. Pero Capulines: ¡No más!. Vargas intentó protestar, pero César no lo dejó. — Que agradable haber tenido sus noticias Juan. Haga llegar esos antecedentes con el correo de la entrega próxima. Ah, y llámeme cada vez que necesite ayuda — y lo despidió. César divisó a Dogo, que se había separado de la leva, y meaba uno de los postes del cartel que anunciaba el nombre de la empresa. Al rato, entró nuevamente la secretaria, con otro aparato celular. — De la Prefectura de Antinarcóticos de Arica — anunció. — ¿Santelices? — preguntó César, y en tono de confirmación — : ¿Fanor Santelices?. — No. No es él. Es otra persona: Aramís Jara, dijo. — No lo conozco — dijo César — ¿o sí?. — Que yo sepa: No. — Bueno, deme — dijo, y tomando el teléfono, esperó que se fuera. — ¡Aló!, Aramís. En que podemos ayudarlo — dijo, como si el otro fuera un amigo de siempre. — Señor Echaurren — contestó una voz melosa, y de entonación vulgar — , Fanor... Digo: El prefecto Santelices fue detectado por la superioridad, y estría detenido, por retener evidencias en una investigación. La cosa se la puso fea, y pidió que le avisáramos a usted para que lo ayudara. Mencionó que no ha informado nada en relación a la ruta de Huara. Que no tenga cuidado, pero que necesita ayuda con el juez. — ¡Ah, bueno!. Visítelo, si es posible, y hágale saber que, por supuesto, cuenta con nuestra ayuda. ¡Ah Aramís!, y gracias por su llamado. Fue muy oportuno — dijo, y se despidió entre los agradecimientos del otro. Más tarde, junto a la chimenea, del estar vecino a su oficina, César conversaba, con uno de sus abogados, dándole instrucciones para el juez del tribunal de Arica, a fin de liberar al prefecto Santelices de responsabilidad. — Averigüe usted, si necesita algún incentivo especial — decía César — . Hace algún tiempo le enviamos algunos regalos que su señoría no rechazó, así es que pienso que será receptivo. — Podemos invitarlo a una fiestecita privada, con algunas mujeres generosas, buen trago — y miró su vaso de whisky, que movió de un lado a otro, haciendo sonar los hielos contra el borde. — Dígale a nuestra gente que, además, le provea bastante nieve para subrayar la fiesta. Vea que haya fotografías, o mejor aún, videos — César, con gesto distraído, miraba, a través de los surcos del tallado de la pequeña copa de cristal, las lenguas de fuego que lamían sensualmente la madera. Atravesando la bruma, Seresa Almond caminó con lentitud infinita, como un caracol afanado en marcar su huella, por el borde de la casa, hasta llegar a la puerta de servicio en la parte trasera, por ahí entró, seguida de un perrillo maltés de color negro y chocolate, con las lanas sucias y apelmazadas. Saludó con familiaridad a Chepa, la mujer de servicio y cuidadora de la casa: — Hola Chepita — dijo con voz queda y monocorde — . ¿Me das un cigarrito?. La mujer la recibió, acogedora, le encendió un cigarrillo, y la acomodó en una silla. — Déjeme arreglarle el peinado, que ya se le cayó todo — dijo — . ¿Le sirvo un cafecito, mi niña?. Le sirvió el café, y con dedicación le arregló el moño que ya le había caído debajo de la nuca, dejando el pelo fláccido y descuidado. Después se entretuvo acicalando a Seresa Almond con todo un tratamiento cosmético: Rímel y sombra en los ojos, rubor suave en las descarnadas mejillas, rosa joven en los labios resecos, y finalmente le frotó el cuello ajado con agua de colonia Ideal Quimera, de un enorme frasco que guardaba en su baño privado. Mientras devolvía el frasco de colonia a su lugar, Seresa se encendió, con dificultad, un nuevo cigarrillo, y salió por la puerta que lleva a la escalera de servicio. Subió lentamente, seguida del perrito maltés, afirmada en la baranda de suave madera barnizada, que sintió fría y tersa. Recordó unos pechos redondos y morenos, también fríos, también tersos. Ella misma se vio niña, junto a la cama donde la mujer reposaba. Al acariciar con suavidad esos pechos desnudos y sorprendentes, la mujer volvió hacia ella la cara, abrió los ojos sorprendidos de su madre, y se incorporó con un grito ahogado: — ¡Qué mierdas haces aquí! — dijo furiosa. El desconocido, que dormitaba junto a ella, también se incorporó asustado. — ¡Fuera de aquí! — añadió a gritos, la madre, y descargó sobre su cara sobrecogida, un golpe que la tiró al suelo de espaldas. Ella huyó del dormitorio en cuatro patas, aterrada. Sintió el mismo temor, y recogió la mano, apartándola de la baranda. Al llegar al segundo piso, se encaminó, por el largo pasillo, vacío, hasta llegar a las puertas de vitrales, que dejaban pasar una suave y colorida luz. Se puso, con dificultad, el cigarrillo, de larga ceniza, en la boca, y con mano imprecisa y lenta, abrió suavemente la puerta y se deslizó hacia adentro como un caracol. Dos hombres, sentados frente al fuego de la chimenea, conversaban en voz queda. El más macizo, y pelado, sostenía en una mano un vaso que balanceaba, haciendo chocar los hielos con el borde, y en la otra, un grueso cigarro puro, que había llenado la salita de niebla densa, y olor entre acre y dulzón. Superpuesto al hombre calvo, Seresa vio la figura del anciano de la ventana, en la casita que se divisaba en el horizonte lejano, desde el palto en que se hallaba. El anciano, sentado en un raído sillón de cuero negro, chupaba calmo, un cigarro puro, aferrado a un grueso tomo, de tapas rojas oscuras, y barrocas letras doradas. A veces, el anciano, apartando la vista sempiterna del mágico libro que lo alimentaba, se volvía a mirarla. Entonces quedaba envuelta, sin saber como, en la fantasía de esos relatos maravillosos, que iban lentamente confundiendo la realidad con los sueños. El pelado succionó su cigarro, y soltando una bocanada de gris aroma, dijo: — El juez Orizola siempre fue un mujeriego. Creo que por ahí estará su debilidad. ¡Sí! — afirmó seguro — . Podemos conseguir una resolución favorable, y de paso asegurarnos su favor permanente. — Bueno, es muy importante — respondió César — recuerde que Arica es nuestra puerta de entrada. Seresa, con el cigarrillo aún en la boca, la ceniza de un par de centímetros colgando, y el baile eterno de su cabeza y manos, dijo con voz monótona: — El inicuo que haga prevaricar a un juez, será lanzado a los acantilados, con una piedra de molino atada al cuello, y ahí sera dejado por la eternidad, en medio del llanto y crujir de dientes, para ejemplo, y alimento de los peces y los pájaros marinos. El abogado la miró sorprendido, y sonrió, pensando en una broma extraña. Preguntó: — ¿Quién es?. Seresa miraba, absorta las sensuales lenguas de fuego, que acariciaban los troncos de madera en la chimenea. Sin embargo, su mirada se veía perdida en medio del torbellino de sus propios pensamientos. — ¡Por la gran cresta, la puta madre! — gritó César incorporándose. — José Antonio Vidaurre, no seras inicuo, pues así lo manda le ley, ni harás prevaricar al juez, ni al rey — dijo, subiendo muy ligeramente el tono de su voz nasal y monótona. El perrillo maltés que se escondía entre sus piernas, avanzó osado, y dando brinquitos se puso a ladrar a César con su tono agudo. — ¿¡Quien crestas deja entrar a esta huevona!?. ¡Y todavía con este perro ridículo! — le lanzó un puntapié al can, que lo hizo volar por los aires, chillando. De inmediato se arrepintió de lo obrado, mientras el perro golpeaba contra una silla, a un par de metros. — ¿Por qué le pegas a mi perro? — dijo Seresa — . Ya no volverás a ser jamas mi amigo. Serás para siempre Vidaurre... José Antonio Vidaurre el perverso enemigo de la reina María de Escocia — . Y su cara, por primera vez, reflejaba el profundo sentir de su corazón. Sus ojos se fijaron llenos de odio en José Antonio Vidaurre, y se diría que su mirada podría fulminarlo, si al menos hiciera un esfuerzo. A su alrededor se formó un aura multicolor, que se confundió con la luz que emanaba de los vitrales de la puerta entreabierta. Por ahí salió Seresa, con su eterno caminar de caracol, seguida del perrito maltés, que rengueaba maltrecho. Al cruzar la puerta, se detuvo una fracción de segundo, y sin volverse, dijo: — El juez Orizola será advertido por la reina María — luego siguió su camino impertérrita. Casi simultáneamente, entró Chepa, pidiendo disculpas. — Perdone don Cesarito — dijo — al ir a guardar la Ideal Quimera que le eché en el cuello, se me escapó. ¡Perdón!. ¡Disculpe! — y se retorcía las manos mientras miraba alternativamente servil, el suelo, y la cara de César. — ¡Ésto es demasiado! — dijo César — . Junta tus cosas y te vas Chepa. Lo siento mucho, pero no es primera vez. — ¡Don Cesarito!, ¡Don Cesarito por favor!... — ¡Nada!. ¡No hay más!. Necesito cien por cien de seguridad, y contigo ya no la tengo. ¡Te vas!. La mujer se fue lloriqueando. El abogado preguntó, después de sorber un largo trago de whisky: — ¿No irá a abrir la boca esa mujer?. Lo escuchó todo. — No hay cuidado — respondió César — , es loca — . Sin embargo, sentía una rara inquietud y preocupación. Se dijo a sí mismo: "De algún modo lo arreglo, no es bueno que ande por ahí, si sabe algo". Seresa Almond se detuvo en lo alto de la escala, y agachándose temblorosa, tomo al pequeño maltés en sus manos, muy grandes para los brazos demasiado flacos, y con el baile consuetudinario de ellas, lo acarició, mientras descendía calmosa. Ya eran las siete y media de la tarde, había oscurecido hace mucho rato, sin embargo César no había encendido las luces de la oficina, y cuando Micaela, la secretaria, ofreció encendérselas, antes de irse, él se negó, y sólo encendió una lamparita tenue sobre su escritorio. Desde que pateó al perrito, desde que echó a la cuidadora, después que se despidió del abogado, y se zampó al seco su copita de anís, había quedado en este estado casi límbico. Se había sentado en su escritorio, a mirar la nada, y a reflexionar en, tal vez, nada; tal vez todo. Repasó mil veces la situación. Recordó que él mismo fue quien primero hizo entrar a Seresa Almond, y fue quien dio las instrucciones de atenderla, y aguacharla en definitiva. Pero a la vez se daba cuenta del error que había significado, y que nunca previó. Pensó ahora tomarla y llevarla a una clínica y encerrarla ahí. Pero no era posible, si no era su pariente, no podía justificarse. Entonces, se dijo, hago constancia de su vagancia, y su estado de locura con carabineros, y ellos la mandan al Hospital Siquiátrico. Pero tampoco era apropiado: Ella había oído lo del juez Salomón Orizola de Arica, y si empezaba a hacer denuncias, podía despertar suspicacias. En definitiva, se sentía sin salida. Miró la hora en el reloj de la vitrina que tenía al frente: Era un cuarto para los ocho de la noche. Tomó el teléfono y marcó. — Te paso a buscar en quince minutos. Necesito que me distraigas — le dijo a Nany. — ¿Qué te pasó? — preguntó ella. César se levantó, y tomando el aparato telefónico, se dirigió a la ventana, mientras le relataba sucintamente lo sucedido. Al llegar al ventanal, vio bajo el farol de yodo de la vereda, que pintaba de amarillo la bruma, a Seresa Almond, mirándolo fijamente, con el perrito maltés acunado en sus grandes manos temblorosas. Más allá varios perros se acunaban unos con otros. Dogo marcaba, orinando, su territorio en uno de los arbolitos del jardín. — ¡Ahí está esa mujer! — dijo par sí mismo. El aura iridiscente se extendía tenue en su entorno, hasta alcanzar las luces del poste público, y del jardín de la casa — . ¿Cómo puede tener aura? — se dijo — , es increíble. — Tú te estás volviendo loco — le dijo Nany — , estas obsesionado con esa mujer. ¡Cómo va a tener aura!. — Alguna vez podrás verla, y te vas a convencer. Nany quedó con la idea que él estaba, tal vez, proyectando la culpa que sentía por el rumbo de su vida, sobre la mujer loca, y materializándola en ella, y por lo tanto, llenándola de fantasías, como lo del aura, y su omnipresencia. La humedad creciente, con la caída de la temperatura, al entrar la noche, había transformado la neblina gris, en una llovizna densa, intensa, y suspendida, que caía con lenta suavidad. Las pequeñas gotas capturaban el brillo de las luces de la ciudad, dándoles una apariencia diamantina y fulgurante. Nany y César se refugiaron al interior de un bar en la calle General Holley, junto a los ventanales que miraban el brillante espectáculo callejero. — Esa mujer ha conseguido sacarme de mi centro. Me ha mostrado frente a mi mismo como un ser contradictorio, descontrolado — explicaba César. — Para mi, siempre fuiste una persona contradictoria, lleno de aristas extrañas. Parecías tan sensible a la suerte de un perro vago, de un mendigo, pero te vi decir con dureza, mirando a unos niños drogarse con los pies metidos en el Mapocho, que era la ley de la vida. Sentí que criticabas mi emoción por ellos. A veces siento que te presentas, hasta anodino, sin relación real con el mundo, como si ignoraras desde una distancia virginal lo que ahí sucede, y eso no lo entiendo. Entonces no comprendo como llegas de golpe a afectarte tanto, cuando una loca desvinculada, sube a tu torre de cristal, y escucha como tejes la gran tela de la araña universal que de seguro no comprende nadie más que tú. César sintió que Nany no llegaba a entender su situación, partiendo por el proceso mismo que la producía. Dijo: — Me toca y me conmueve, todo lo que me conmueve y toca. Esos niños en el Mapocho no tenían más que eventualidad para mi. Como una película en un telón inalcanzable, en la que no puedo intervenir. ¿Entiendes?. Entonces comprendí tu emoción, que a ti te vinculaba con la situación, y te dije: "Haz algo tú". Pero tu proyección emocional no me vincula a mi. Está lleno de sufrimiento el mundo, pero no nací Quijote, y no tomo lanzas y espadas para luchar por la injusticia, porque no es mi destino. Sería ridículo pretender cumplir todos los papeles de la obra. Yo sólo cumplo el mío, del mejor modo, y amarrado a esos hilos — y se miró las manos agitándolas como un muñeco — hago mi mejor esfuerzo. No sé si me comprendes. — Es que de ese modo te apareces como el arquetipo del cinismo. ¿Te das cuenta que pretendes disculpar tu delincuencia con el cuento del destino y la marioneta?. Reconoce que eres un traficante por tu propia voluntad. — No lo busqué. Sólo llegó. — ¡Mentira! — dijo Nany con rabia — . Tenías todos los recursos en tus manos, y te pareció más fácil ser mozo en un restorán, y tirar el compromiso con tu preparación, con tu clase, con tu origen, a la basura. Después era más rápido enriquecerse con la droga que con el trabajo. César se miraba las palmas de las manos. — Lo pintas tan simple — dijo en tono resentido — . Mírame las manos llenas de dibujos. Se dibujan con el sufrimiento, el esfuerzo. Siempre sigo mi destino con las manos apretadas. Le mostró las palmas, y después de un momento le tomó las manos, y le dio vuelta las palmas hacia arriba. Instintivamente, Nany las cerró, ocultando en los dedos frontales enroscados, el pulgar. — Muéstrame las tuyas — continuó César. Ella las entreabrió, y se las miró, sin mostrarlas — . Tienes apenas dos líneas. No has sufrido nada, no has vivido nada, nunca te la has jugado por algo. Siempre se te dio todo regalado. Tu gran logro ha sido manipular a otros, incluso a mi. ¿Cómo pretendes darme lecciones?. Sólo te quise pedir ayuda para descansar. — Es que tienes que reaccionar. La vida no es quiromancia ni filosofía. No es cierto que la suerte venga escrita. El mañana se hace, no se actúa solamente como tú pretendes. — Es algo más complicado que una frase repetida — contesto César — . El tiempo es uno sólo. y si el pasado existe, entonces el futuro, no por sernos desconocido, no existe. No somos monos animados a los que se les pinta el camino a medida que lo andamos. Este bar ya existía antes que yo estuviera aquí. Pensar que el futuro existe sólo desde que yo llego a él y lo transformo en pasado es una actitud de soberbia, y nada más. Sin embargo acepto la duda, sobre todo en el contexto de mi dilema actual, ya que no es el tema. — Bueno, ese es tu escondite. Ahí disculpas tus errores, ahí archivas tus fracasos, y cuando tienes un traspié, y el escondite no te sirve, entonces agredes al mundo pateando a un indefenso perro, echando a la empleada, y traspasando la culpa a una loca esquizofrénica. ¡Qué fácil!. — Ni disculpo nada, ni escondo nada. Te equivocas. Lo asumo y me deprime, me inquieta, y me da rabia. Me tocó ser un delincuente, pero no me siento un desvergonzado. — ¿Y si sólo te tocó este papel en la gran obra de teatro?, ¿qué te deprime tanto?: No eres tú, es el escritor, el creador universal el que lo dispuso. Tú actúalo y se feliz, entonces — dijo Nany en tono irónico. — Mi ánimo también estaría determinado, en ese caso. Desgraciadamente no lo está tu compresión — concluyó César, y se tomó de un sorbo la mitad del pisco sour. Cuando devolvió la copa a la mesa, miró a la calle. En la acacia de la vereda del frente meaba Dogo, marcando territorio. — ¡Mira! — gritó César poniéndose de pie — . ¡Ahí está Dogo!. Vas a conocer a la Reina María de Escocia — . Su tono era triunfal. — ¡Siéntate!. No hagas el ridículo. ¡Que vergüenza! — dijo Nany, escondiendo la cara a la escasa gente que había ese día en el bar. Al rato, apareció una recova de perros de razas no definidas, o heterogéneas. La dirigía una hembra de pelo blanco, pero tan sucio que casi parecía ser de color té con leche cargado, era un palmo más alta que Dogo. Oliscó sus orines, luego confirmó el origen saboreando el olor del culo del macho, y finalmente meó también agachándose junto al leñoso tronco de la acacia. Toda la leva se estacionó en torno al árbol. Algunos se echaron en el suelo al amparo de los mojados toldos que protegían, y mantenían seca la vereda. Al rato, caminando lentamente, como un caracol que marca su huella, sosteniendo en sus brazos un pequeño perrillo maltés, apareció, con el sempiterno baile de su cabeza, y la mirada semicerrada, perdida en sus propios pensamientos oníricos, la reina María de Escocia, anunciada ya por César. Tomó su lugar en medio de la manada, y se quedó mirado el ventanal mojado, detrás de cuya húmeda textura conversaban César y Nany. Vio la difusa silueta de él, gesticulando tras el vidrio alterada por las gotas de llovizna que resbalaban por la ventana. César tomó la copa, y la empinó hasta terminarla. Seresa Almond viajó en esa imagen a su niñez lejana. En el jardín lluvioso, vio tras las ventanas al hombre sentado, tomando de una copa de pie alto, un líquido oscuro. Otros más rodeaban la mesa, y la golpeaban con fichas blancas. También tomaban, algunos como el hombre, otros en grandes vasos, sorbían un líquido dorado y espumoso. De vez en cuando estallaban en risas o protestas. Luego revolvían las fichas que antes habían ordenado metódicamente. Ese hombre era de su madre. Siempre estaba tras ella, la buscaba, la abrazaba, y apretaba sus pechos con sus manos llenas de pelos negros como patas de moscas. Nunca la dejaba tranquila. A veces ella metida bajo la mesa, veía coma la peluda mano del hombre exploraba los muslos de su madre, bajo el mantel. En ocasiones el hombre la tomaba a ella en sus brazos duros como de palo, y la acariciaba de una forma que no le gustaba. Entonces cuando trataba de escapar, el acercaba su cara de ojos vidriosos a la suya, y la raspaba con los pelos siempre crecidos y duros de su barba, riendo a gritos. Decía: — ¡Castigo!. ¡Castiiigoooo!. Así fue ella, aprendiendo a odiarlo y temerle. Si trataba de decirle algo a su madre, ella la trataba de mentirosa, y malcriada. La madre salió al patio, y bruscamente, la agarró de la mano y la metió dentro de la casa, donde los hombre se divertían en torno a la mesa. — ¡Te estás mojando en la lluvia! — dijo. Sus intentos de no ser vista fueron inútiles. El hombre, de un envión la cazó de la muñeca. Como si fuera de trapo la elevó en el aire, la sentó en sus piernas, duras como de madera, y la atenazó con un brazo como de fierro. — ¿Quien es mi frutillita Seresa? — dijo con voz algo confusa en su oído. Ella sintió su aliento acre, y su mejilla áspera raspándole la piel. Con la mano libre, el hombre tomo una ficha blanca, salpicada cuidadosamente de puntitos negros, y azotó la mesa con ella, colocándola caprichosamente en línea con otras que ya estaban ahí. Luego retiró la mano llena de pelos como patas de moscas, y la llevó bajo la mesa, metiéndola entre sus piernas, sobre el calzón. Ella sintió sus gruesos dedos jugueteando ahí. Quiso escapar, pero el otro brazo, el de hierro, la atenazaba. Emitió un quejido, intentando revolverse para buscar una salida. La mano de fierro clavó un dedo en sus costillas, y lo revolvió. La voz traposa del hombre dijo: — ¡Cosquillitas!, ¡cosquillitas! — su boca húmeda y gruesa se metió bajo su cara, en el cuello, y apretándose contra él sopló con fuerza produciendo un sonido característico — ¡Peo! — gritó, y añadió riendo brutalmente — ¡Un poto!. La otra mano, mientras, hurgó en su entrepiernas, y con pericia se metió bajo el calzón, para ir a incrustar uno de sus gruesos dedos en su íntimo interior. — ¡No quiero! — gritó ella, lloriqueando — , ¡suéltame!. — ¡Ahh chiquilla mañosa! — dijo el hombre, y con un movimiento rápido la metió bajo su brazo, contra su costado. Se levantó, y la llevó fuera de la habitación. Seresa Almond lloraba. Su madre, sentada, leyendo, dijo: — Déjala encerrada en su pieza, que no joda. El hombre entró al dormitorio con la niña bajo su brazo de fierro, cerró la puerta, y la arrojó violentamente sobre su cama. Después, de un diestro manotazo le sacó el calzón. Seresa Almond recordó que no había sido esa la primera vez que ese hombre abusó de ella. Muchas más veces lo hizo, también después, hasta que un día ella logró agarrar una tijera, de mango negro, de filosa punta, esbelta y brillante. Con furia vengativa clavó toda su larga hoja en uno de los acuosos ojos del hombre. Sólo recordaba el intenso chorro rojo que mancho su ropa, y el grito desesperado del hombre. No hay nada en su vida desde ese momento, hasta la copa del enorme palto, sembrado en la inmensa nada, con esa lejana casita en el horizonte, donde se ve a dos ancianos moverse tras las ventanas. Por esta imagen volvió Seresa Almond al momento presente, donde, tras el húmedo ventanal del bar César trataba de convencer a Nany. — ¿Ves el arcoíris que se forma a su alrededor?. — Son tonteras — decía ella — . Es por efecto de la lluvia, y la luz de yodo de los faroles, que tú crees verle un aura. — ¿Y cual es la luz, de qué farol, que la guía siempre a donde yo estoy?.
— Capaz que sea tu ángel de la guarda — se rió Nany. Kepa Uriberri |
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