|
— No entiendes nada. Esa mujer me viene persiguiendo, con sus admoniciones, desde hace años. Nunca me importó mucho. Pero ya me doy cuenta que siempre sabe, de un modo u otro, donde encontrarme, y sabe en que estoy.
— No seas paranoico. Vas a terminar tan loco como ella.
— ¿Crees en lo metafísico?, ¿la sincronía?.
— ¡No! — rió ella — . Ni quieras convencerme.
— Piensa por un segundo que tengo razón, y que somos apenas personajes de un creador, que urde nuestras historias. La sincronía de los personajes es necesaria. Por eso me encuentra. Ella es mi arquetipo de conciencia.
— No lo digas tan en serio, que me asustas. ¿O es otro truco para justificarte?.
Cesar y Nany pidieron comida. Ella quiso postre, él café. Pidieron un bajativo, y continuaron conversando, largo rato. Afuera la suave llovizna continuaba convirtiendo todo en espejadas superficies donde rebotaban, duplicándose, las luces de colores de los anuncios, los faros rojos y blancos de los autos, y las siluetas de los transeúntes, que poco a poco iban raleando, por la hora y el mal tiempo. Mucho después, distraídamente salieron del bar. En la vereda del frente, de pie, como una estatua, Seresa Almond mecía, al vaivén de su temblor eterno, al pequeño maltés, acunado en sus brazos. Infinidad de gotas de agua se enredaban en su pelo, aún apretado por el moño que nacía de su coronilla. Parecían pequeños brillantes que reflejaran la luz de los faroles y anuncios. Su cabeza noneaba pertinaz. Su mirada perdida en la lejanía, se acercó hasta envolver, semicerrada, a César. En voz bajita, pero que llegó clara hasta ellos, dijo:
— No dañaras al débil. No engañarás al desprevenido. No humillarás al pobre. No harás prevaricar al juez, ni le sustraerás sus hijos.
Mientras hablaba, de los diminutos diamantes enredados en su pelo, comenzó a brotar una luz iridiscente, que terminó por rodearla.
— ¿Por qué le hiciste daño a mi perrito más pequeño? — continuó Seresa Almond — No seré más tu madre, ni volveré a parirte. Desde ahora nunca más serás mi Eliecer. Sólo serás José Antonio Vidaurre, y vivirás la angustia y el sufrimiento. Nunca más podrás ocultarte, hasta ser arrojado con una piedra atada a los pies en los acantilados, para alimentar a los pájaros y los peces. No escaparás de Salomón Juez.
El perrillo maltés comenzó a ladrar a César, y de inmediato lo siguieron los otros animales, que empezaron a acercarse amenazadoramente.
— ¡Por favor vámonos! — gimió Nany — ya le vi el aura. ¡Es horrible!.
César a su vez avanzó amenazador hacia Michu, y le lanzó una piedra imaginaria, intentando alejar a la jauría. Dogo saltó hacia él, en defensa de su pareja, mostrando los dientes y gruñendo.
— ¡Crestas!. ¡¿Qué pasa Dogo?, Mestizo Alejo! — dijo César, con dolor y sorpresa.
Dogo se mantuvo firme, amenazador, mientras César se retiraba y retrocediendo:
— ¡Me robaste mi perro, vieja loca! — le gritó finalmente.
Ella levantó una mano en un gesto imperioso, y respondió:
— María, Reina de Escocia, no roba.
La llovizna tupida limpiaba todo los colores de la noche, y los iba duplicando persistentemente en cada superficie mojada, alterando sus formas en los reflejos caprichosos. Atravesando ese caleidoscopio junto a César, Nany reconocía su sorpresa.
— De verdad que es potente esa mujer. Al final me dio miedo. ¿Cómo lo hace para sacar esa aura?. Es como una pila.
— ¿Has visto esos reportajes de mujeres que incendian espontáneamente las cosas?. Es alguna potencia que les permite proyectar energías enormes, y focalizadas.
— ¿Crees que sea una bruja?.
— No. Es una persona extraña, que probablemente tenga problemas sicológicos graves. Eso hace que se le conecten los cables de manera de tener ciertas capacidades extrañas.
— Seguramente producto de las drogas. Por eso te persigue a ti.
— No seas obsesiva — contestó César molesto. Nany que iba tomada de su brazo, lo soltó, y cruzó los suyos sobre el pecho. Su expresión se oscureció.
Caminaron en silencio un buen rato, sin apuro, como si no les importara la llovizna que lentamente los iba mojando. Así llegaron junto al ascensor para bajar al estacionamiento donde habían dejado el auto. Nany dijo:
— ¿No podrías buscar otra actividad, otro negocio?. Piensa que ya ganaste mucho con la droga. ¿No será tiempo de enmendar el rumbo?.
— Si dependiera de mi, lo haría. Pero entiende, que nada que haya intentado resultó.
— Me niego a creerlo.
— Tu misma me hiciste un millar de currículos. ¿Recuerdas?. ¿Qué conseguí, entonces?. — después de una pausa, sin respuesta, se contestó a sí mismo — : ¡Nada!. ¡Absolutamente nada! — y continuó en tono molesto — : Nunca he dejado de intentar otros negocios, porque trabajo como empleado, ya me queda claro, que no voy a conseguir. ¡Puros fracasos!. Tú no me crees, pero la verdad es que mi vida profesional ha sido así. Es como si estuviera en una corriente de agua potentísima, contra la cual voy nadando siempre, pero ella me lleva, y me impulsa. La única forma de vida que ha funcionado conmigo es esta que, por lo demás, yo tampoco quiero, ¿entiendes?. Sin embargo, es la única que tengo.
César extendió los brazos a ambos lados, y se quedó mirando a Nany, como entregado a su disposición, en silencio. El ascensor abrió las puertas, y ella, sin mirarlo, subió, y se quedó mirando hacia afuera, a través de los cristales.
Al subir al auto, Nany dijo en voz bajita, y sin entonación:
— Llévame a mi casa.
— ¡Por favor: No! — respondió él — . Más que nunca necesito a alguien, que me oiga, que me entienda. ¿Por qué, justo ahora te quieres escapar?.
— No lo sé. A veces creo que si somos piezas del mismo rompecabezas, tenemos posiciones muy lejanas. Y tal vez, si la vida, como dices, ya está determinada, entonces el armador del puzzle trata de encajarnos juntos, pero al final no calzamos.
— No te voy a obligar: ¡Gracias! — dijo en tono dolido.
Al salir, la llovizna mojó el parabrisas, César echó a andar los limpiadores. En el silencio, que se hizo sólido como un cristal, a él le parecía que el ritmo de los brazos de goma que botaban el agua a ambos lados, iban diciendo: ¡Chao!, ¡chao!, ¡chao!, ¡chao!.
Del mismo modo, sencillamente se despidió ella al llegar a su casa:
— ¡Chao! — dijo y se bajó, sin esperar respuesta. César ni se volvió a mirarla. Cuando percibió, por la esquina del ojo, que ya había entrado a la casa, en un arranque de rabia, metió el pie hasta el fondo en el acelerador, y partió haciendo dar vueltas en banda sobre el pavimento húmedo, las ruedas del auto.
Entonces dijo:
— ¡A la cresta!. ¡Mala cueva!.
Después de un rato manejando el auto a gran velocidad, César soltó el pedal, y se dejó ir por las calles, gastando el tiempo, para no llegar a encerrase a su departamento. La lluvia fina que transformaba todo en espejos difusos, había perseguido y corrido a todos los transeúntes, de manera que las calles estaban casi todas vacías. Sólo, de vez en cuando, arrimadas a los aleros, para protegerse, se veía grupos de prostitutas, que hacían extrañas escenas surrealistas con sus semidesnudos provocativos, desafiando el frío. "¿Elegirán esta actividad por gusto?" se preguntó César, con ironía. "O será que la vida no les dio más oportunidad", se propuso como alternativa. Entonces entró en la eterna reflexión, que siempre lo atormentaba, para responderle a su pareja ausente: "¿Por qué se piensa que la vida sólo deja sin oportunidades a los que no tienen plata?. Si es una mujer sola, entonces puede ser verdad que no tuvo oportunidades: Pobre mujer, sólo pudo trabajar como prostituta. O bien: Pobre hombre, nunca conoció otro ambiente que el de la delincuencia. Pero si nací en el barrio alto, mi familia me pagó una educación y una profesión, entonces se asume que todo está solucionado. Los dados siempre se cargarán a mi favor. Como si por esa sola circunstancia uno fuera dueño de todos los azares, y no estuviera sujeto a las reglas que sustentan a la prostituta, al delincuente, al jugador, al que gana y al que pierde".
— ¡Maldito clima! — dijo de repente en voz alta — . ¿Cuando va a salir el sol?.
Después giró hacia la avenida Las Condes, y enfiló hacia su casa. Al estacionar ante el portón, esperando que éste terminara de abrirse con el motor automático, vio acercarse al mismo perro lanudo, de lomo negro, que lo agrediera anteriormente. Ladrando agresivo se acercó al auto. Detrás de él, aparecieron otros dos o tres quiltros acompañando la agresión. El portón terminó de abrirse, y el auto entro seguido de los canes que le ladraban a las ruedas. A medida que se metía en el estacionamiento, César comenzó a inquietarse, pues los perros seguían a su lado ladrando con cierta fiereza. Detrás de él, el portón chirrió mientras se cerraba. Cuando apenas faltaban unos centímetros, los animales desistieron de su agresión, y corrieron, desapareciendo detrás del último hueco que aquél dejaba. Con alivio César descendió del auto, y se apresuró a entrar al edificio. Una vez en su departamento, se asomó al balcón que miraba a la calle, y divisó, en la vereda del frente, junto a la acacia, protegida de la llovizna por su frondosa copa, y oculta en sus sombras, a Seresa Almond, vigilando el infinito que penetraba por su mirada errante. Sintió un escalofrío que lo obligó a entrar. Se fue a su dormitorio y se tiró sobre la cama, a mirar el cielo brumoso y las luces y sombras que penetraban por el ventanal frente a él.
Un perro ladraba insistente en la lejanía. Otro contestaba, aún mas lejos. A veces, los que estaban afuera, con la leva de Seresa Almond, también respondían. De repente gruñían y ladraban como si alguien que pasaba los amenazara, o ellos amenazaran al transeúnte eventual. De repente se hizo un silencio total. César atravesó la puerta de vidriera, y notó que la sala, a pesar de todo, estaba a media luz, gracias a la pequeña ventana de varios vidrios rectangulares texturados, iguales a los de la puerta. Nada en la pieza le llamó atención, pero pensó que no sabía a qué había entrado ahí. Miró, entonces, en su entorno, tratando de deducir la respuesta, pero nada de lo que había iluminó su conciencia o su recuerdo. Entonces quiso salir, pero la puerta de vidriera ya no estaba en donde la buscó. En la pared opuesta estaba, no supo si la misma, u otra puerta de vidrios con texturas. Podía, a través de ellos verse el piso de baldosas blancas con dibujos vegetales verdes. Pasó la puerta, y notó que el lavatorio, frente a la puerta, goteaba, y que la puerta no tenía llave ni cerrojo. Además notó que la taza estaba en una posición tal que quedaba sólo semiescondida, de manera que alguien sentado en ella podía vérsele desde fuera, aunque el rostro, al sentarse muy derecho, quedaba oculto. Pensó que si ocupaba el retrete, al ser visto desde fuera, casi no había riesgo que alguien más entrara, y por eso no había cerrojo. Este pensamiento le produjo angustia, aún cuando no sentía ninguna necesidad de sentarse. Así pues, decidió salir del baño cuanto antes. Opuesto a la puerta por donde entró, pero en la otra esquina, había una segunda puerta, de las mismas características. Decidió que era apropiado salir por ella, ya que la otra daba a una sala ciega, es decir sin otra salida. Al acercarse, sintió en la lejanía, el ladrido de los perros, mezclado con un aullido lastimero. Al llegar junto a la puerta percibió que los ladridos se acercaban. Se quedó escuchando un momento, y pudo darse cuenta que los perros venían ladrando y gruñendo, aún cuando a cierta distancia de la casa. Se dijo que tenía tiempo de más para salir del baño sin peligro, y así lo hizo. A su izquierda había un pasillo ciego, de unos diez metros de longitud, limitado a sus espaldas por la puerta y la pared del baño, tapizada ésta con un papel mural de diseño muy antiguo, en fondo liso, y con dibujos alternos de hojas de algún vegetal desconocido, pero que evocaba los capiteles de columnas románicas, y gárgolas muy feroces y oníricas; y al frente por un barandal de madera tallada y repintada de color marfil, con tantas manos de pintura, que se perdía casi totalmente el detalle fino de la artesanía. A su derecha, una escalera de madera, muy encerada, y muy gastada, de modo que en el lugar en que normalmente se pisa los escalones, se producían sendas hendiduras. Lo empinado de ésta daba la idea que se trataba sólo de una escalera de servicio, y por lo que se divisaba en el entorno, sólo comunicaba el baño con un pasillo, también del servicio doméstico, que corría allá abajo. César bajó cuidadosamente por la escalera, mientras en el exterior sentía cómo la jauría de perros se acercaba. Cuando alcanzó la planta baja sintió que los perros ya ladraban muy cerca, aún cuando estaban fuera de la casa. De todos modos sintió cierta premura en encontrar el lugar de refugio, y eligió dirigirse por el pasillo, en sentido contrario al de los ladridos de los perros. Apuró el paso, y desecho varias de las puertas que fue encontrando en el camino. Por de pronto rechazó todas las que estaban a su izquierda, y que sabía que conducían al patio. Las de su derecha eran todas puertas amplias, con molduras, y que seguramente conducían a los salones de estar. "Por lo demás" estimó Cesar, "conducen al mismo salón de la chimenea donde el anciano calvo se sienta a leer, y a beber sus licores". Apretó el paso pues previó el peligro ("lejano" insistió en decirse), que los perros alcanzaran el interior de la casa antes de llegar. Pasó y dejó muy atrás, una interminable cantidad de puertas de madera sólida, fina, con molduras de artesanía en la misma madera, todas las cuales conducían al gran salón de licores. Sintió cuando, atrás a sus espaldas, los perros, y su ama, violentaron la puerta que los separaba del interior de la casa. Escuchó claramente el chasquido de la puerta al dar contra la pared que sustentaba su marco, entonces, sin correr aún, imprimió máxima velocidad a su paso. La recova, embravecida entró aullando y ladrando desordenadamente. Al llegar a la escalera, por donde él había bajado, muchos de los perros, sintieron el rastro en ella, subieron redoblando el nivel de los ladridos, pero otros continuaron por el pasillo, tras él. César sintió, detrás suyo, a tiro de piedra, los ladridos, y comenzó a correr, pero la jauría era mucho más veloz. Aún quedaban algunas puertas de madera, pero en el fondo divisó, aliviado, la puerta de vidrieras del otro baño. Miró hacia atrás, y calculó que tendría, apenas, el tiempo justo. Cuando al fin alcanzó la puerta de vidrieras sintió que el perro caudillo le lanzaba las primeras dentelladas, y se dio cuentas que la puerta se abría hacia afuera, lo que le quitaría un tiempo precioso en la maniobra. Entonces aceleró al límite de sus fuerzas la carrera, para alcanzar la otra puerta, que seguía. La alcanzó, entró, y pudo cerrarla a milímetros, sobre el morro del caudillo cuyos dientes alcanzaron a clavarse para siempre en su memoria.
Aliviado, se apoyó en la puerta de madera terciada, tras la cual ladraban y aullaban los perros, enfurecidos por su frustración. La puerta no cubría toda la altura del vano, dejando unos treinta centímetros de holgura abierta en lo alto, por donde los perros, ahora, asomaban sus cabezotas furiosas. Cesar examinó el baño: Era apenas algo más que una despensa. El lavatorio estaba inmundo, el piso era de cemento, en bruto, y se notaba en su textura el paso de la herramienta que lo había esparcido. En el suelo, en un rincón, tirado con descuido, había un balde del cual afloraba como una planta abyecta, de un descuidado macetero, un escobillón tan sucio como todo lo demás. El retrete tenía sólo la tapa destinada a sentarse: De madera muy gastada, todavía conservaba, de color verdoso, las bisagras en las que en algún tiempo pretérito se sujetaba la tapa faltante, que cubría el hueco de la taza. Esta última conservaba las huellas de una cantidad indeterminada de fecas vertidas en ella, de manera que en ningún caso resultaría agradable sentarse ahí. Las huellas se repartían, aunque no equitativamente, entre la parte interior y la exterior de la taza. A la derecha, en el muro adyacente a la puerta que los perros intentaban traspasar, una ventana ponía en evidencia, hacia el jardín a quien quiera que se sentare a defecar ahí. César ponderó con atención la situación: Varios vidrios quebrados de los múltiples que componían la ventana, demasiado grande y baja para un baño, franqueaban la vista. Pero los otros, los enteros, o solo trizados, estaban tan sucios que difícilmente dejarían en evidencia al usuario. Calculó que si se sentaba ahí, era probable que lo vieran, incluso hasta las piernas si alguien pasaba a no más de un metro, pero no así la cara, que quedaba oculta en la suciedad de los vidrios enteros. Es decir, podrían ver sus intimidades, y sus esfuerzos, pero no a él mismo. Quiero decir que no lo identificarían.
Hecha la composición de lugar, César se volvió hacia la puerta, y vio las cabezas ululantes, que se asomaban, sin alcanzar a ingresar, junto a algunas patas, que intentaban sujetarse, de los canes furibundos. Pensó con alivio que no sentía ninguna necesidad orgánica, pero sintió algún vago temor que alguno de los perros lograra de uno u otro modo franquear el vano. Entonces sintió una voz de mando: "¡Por debajo!" decía la voz. "¡Ataca por debajo!" insistía. César bajó la vista al suelo, y vio con terror que, así como la parte alta de la puerta no llenaba el vano hasta el dintel, la parte baja dejaba una holgura de unos cuarenta y cinco centímetros sobre el umbral. Una transpiración helada corrió por su frente, y el torrente de adrenalina le erizó todos los pelos del cuerpo. Dos feroces cabezas asomaron por la holgura del umbral.
César, con el pecho empapado de sudor, y el torrente sanguíneo lleno de adrenalina, brincó en la cama, con las pupilas dilatadas, y la respiración agitada. De repente, todo estaba oscuro. Frente a él el ventanal semiabierto, dejaba entrar una suave brisa que mecía los visillos transparentes, de manera que la luz de afuera creaba mágicas formas en tenues claroscuros. En una fracción de segundo quedó restablecido el límite entre la realidad y el inconsciente. En la lejanía un perro aullaba, aún más lejos, otro le contestaba ladrando. César se dejó caer de espaldas, agotado, sobre la cama. Cerró los ojos. Creyó ver una imagen repetida, onírica. Se incorporó, salió al balcón, y miró la acacia. Alrededor de ella la recova de perros de Seresa Almond dormitaba tranquila. Un poco más lejos Dogo y la Michu, mirando en sentidos opuestos, esperaban con calma la conclusión de su acto de amor. Junto a la acacia, Seresa Almond vigilaba su propio mundo interior, que se extendía y filtraba el de él.
El día amaneció como la noche que pasó César. El viento amenazante perseguía las copas de los árboles, hasta cazar una ramazón débil, que arrancaba con crueldad, y arrojaba sobre el pavimento. Donde encontraba descuido, volaba un tejado, que arrastraba aparatosamente, de tumbo en tumbo. Las hojas secas corrían por las veredas, en busca de las esquinas donde iniciaban extrañas danzas remolineantes. La luz escasa, y oscura, iluminaba lúgubre una techumbre de nubes negras y borbollantes, que cambiaban de forma continuamente, con sus estrepitosos truenos.
Agobiado por los malos sueños, y el aspecto ingrato del día, César salió, con todos los vidrios del auto cerrados, y cruzó casi temeroso el portón del jardín. Veinte metros más allá, en medio de la calle, Seresa Almond, guarnecida de su leva de perros heterogéneos, cerraba la pasada. Acunado en sus manos tenía al perrito maltés, que se mecía al compás de su cabeza. Su mirada y rostro inexpresivos, ya no tenían rastros de los arreglos y realces que le había puesto la Chepa. El pelo con la humedad de la noche había tomado un aspecto de rebelde encrespadura, y el sujetador que sostuvo el moño en la coronilla, ya había caído, por la nuca, hasta la altura de las orejas. Éstas quedaban semiocultas por el pelo que había escapado de control. La ropa ahora muy arrugada por el trajín y la llovizna del día anterior, caía muy suelta, y flameaba junto con la cola del moño. Algunas greñas rebeldes, le surcaban la cara, y le daban un aspecto amenazante, a pesar de su extrema flacura, que hacía parecer sus manos demasiado grandes para los brazos que asomaban muy flacos por el amplio hueco de las mangas.
César avanzó lentamente. Los perros corrieron veloces gruñendo y ladrando agresivos, junto a las ruedas, las puertas, y por delante de los faros. Seresa Almond lo envolvió en su mirada ausente, sin moverse del lugar, interrumpiendo el paso del vehículo. Cuando estuvo a escasos centímetros, le tocó la bocina suavemente: dos toques cortos. Ella se mantuvo ahí, como si nada sucediera. Los perros ladraban amenazadores junto al auto. Avanzó hasta topar sus piernas con el parachoques, y volvió a dar ahora un par de bocinazos más largos, pero ella no reaccionó. Entonces bajó su ventana y asomó la cabeza para gritarle:
— ¡Apártate mierda!.
Varios perros se lanzaron dando dentelladas por la ventana abierta, que César apenas pudo esquivar, mientras cerraba el vidrio apresurado. Una ráfaga de viento violenta metió un puñado de hojas arremolinadas dentro del auto. Cuando logró cerrar la ventana se pegó a la bocina para que Seresa Almond se apartara, pero no lo consiguió. Puso el auto en marcha, empujando suave pero firmemente a la mujer. No entendió cómo lo hizo, pero ella se desplazó hacia atrás, empujada por el auto, sin moverse, como si fuera una figura de yeso que hubiera resbalado en el pavimento. Ella le habló, en su voz monótona, y tan baja que él se extraño de oírla tan claramente, a pesar del silbido del viento, los gruñidos y ladridos de los perros, y las ventanas cerradas.
— ¿Vas a asesinar a tu conciencia? — dijo, y el aura iridiscente a su alrededor creció, palpitante. El motor del auto se detuvo.
César sintió un vago temor, mientras intentaba, sin lograrlo, poner en marcha nuevamente la máquina. Se dijo que si no lo lograba, tendría que bajar, y probablemente sería atacado por los perros. Recordó con terror su sueño, y comenzó a bombear, insensato, el acelerador, mientras giraba la llave del contacto. El motor no arrancó. Se echó, finalmente, abatido sobre el volante. Los perros seguían ladrando, furiosos, apoyados en las ventanas, hacia el interior del auto.
Cuando ya se había dado por vencido, y buscaba una solución para bajar, sin ser agredido por los canes, sin motivo ninguno el motor comenzó a ronronear suavemente otra vez. Con rapidez, antes que volviera a ocurrir algo extraño, César puso marcha atrás, y sin reparar en los perros que seguían desaforados, ladrando en torno suyo, maniobró de manera de pasar, con dos ruedas sobre la vereda para hacer el quite a Seresa Almond, y se lanzó calle abajo, todavía perseguido por varios animales que ladraban sin cesar.
El viento que había soplado gran parte de la noche, y continuaba ahora corriendo entre los edificios, y por la calles, le daba a todo un aspecto desordenado, revuelto, y extraño. Hojas verdes de ramazones caídas, se mezclaban en remolinos con las secas que habían muerto naturalmente, y daban un tono jaspeado a los pastos de las veredas donde se enredaban y descansaban a ratos. Ese algo distinto distrajo a César, que se sintió aliviado de la tensión que le dejara la mala noche y la experiencia de la salida de su casa. Entonces detuvo el auto en la calle lateral Los Hidalgos, y se fue caminando al parque que bordea la ribera norte del Mapocho. Suavemente empujado por las ráfagas de viento caminó por los senderos de la orilla, hasta que encontró un banco, donde se sentó a mirar la evolución de las gaviotas, que parecían disfrutar los remolinos y corrientes que el viento formaba en el cajón del río. Recordó el día que paseando con Nany vieron una que cazaba, y se comía viva a una paloma. "La mató porque así tenía que ser" se dijo, como si sintiera culpa del hecho, y continuó razonando: "¿Por qué se escandaliza tanto la gente, de algo que es natural, y para ellas necesario?". Recogió una piedra y se la lanzó a una de las pájaras que evolucionaba en el viento, con tanta suerte que el piedrazo fue a dar en el pecho del ave, que perdió el delicado equilibrio, y cayó desorientada, varios metros, casi hasta el nivel del agua, donde retomó su vuelo sorprendida. "Por lo demás, todos tienen que seguir su destino", se dijo, y siguió caminando por el parque.
Empujado por el viento, y con el pelo revuelto, llegó a la casa de la empresa, desganado y molesto pues sentía que la situación se le escapaba: Que en vez de estar en los problemas de la empresa, estaba enredado con el desafecto de Nany, y especialmente con la persecución de Seresa Almond y sus malditos perros.
Nany trataba de empujarlo cuestionando sus decisiones básicas, su forma de enfrentar la vida, y eso lo dejaba sin respuestas, ya que sus argumentos no eran válidos para ella. César creía que debía lidiar lo mejor posible con un destino preescrito, inmutable: Era como cumplir bien un rol en un escenario; mientras que Nany le insistía que tenía que combatir, para crear y fabricar su destino.
Kepa Uriberri
|