Destino

Novela

III El traficante

Nocturno

Por su lado, inmersa en su aparente locura, Seresa Almond lo cuestionaba moralmente. Apareció desde la más profunda debilidad, como si no fuera nadie, y se fue adhiriendo a su vida como una fuerza creciente, hasta posicionarse como una voz de conciencia, que le entorpecía el camino, y que era necesario evitar. Pero no podía. No sabía cómo hacerlo. Si ni siquiera tenía una relación normal con ella. Era como una circunstancia que se iba dando sin control, en la que él no tenía elementos para manejarla, o modificarla. ¿Cómo hacía desaparecer de su vida a Seresa Almond?.

El viento fuerte y la tormenta eléctrica que bajaba de la cordillera anunciaron la llegada de César. Entró en su oficina privada, y se dejó caer en su silla, sin sacarse el abrigo y la chaqueta, como siempre hacía. Detrás entró Micaela, la secretaria, con un celular en la mano.
— Llamó el abogado desde Arica — dijo — . Aquí tiene el teléfono para devolver el llamado — y le pasó el celular que traía.
César, con desgano, marcó y se puso el auricular en la oreja. Con voz de aburrimiento, dijo:
— No tiene tiempo. Necesito una tarjeta de carga de prepago.
Al rato entró de nuevo la secretaria, con un boleto de cajero automático.
— Aquí tiene — dijo pasándole el boleto.
— ¿Que chuchas es ésto? — dijo César en tono molesto.
— Ahí está el número clave para la carga — dijo Micaela, mostrando con su dedo meñique, un número larguísimo, al pie del boleto.
— ¡Ya lo sé! — gritó, exasperado — . ¿Para qué mierdas usamos celulares que son más caros?.
— Por la confidencialidad — dijo ella, convencida.
— ¡¿Y este papel: de donde crestas sale?!.
— Del cajero automático, don César — respondió ella, sin comprender nada.
— ¿Y como lo hizo para sacar esta huevada del cajero?.
— ¡Ah. Bueno!. Metí mi tarjeta y saqué el vale — dijo ella, inocente — . Pero me repuse con caja chica.
— ¡Putas la huevá!. ¿Y por qué no compró una tarjeta de prepago en un kiosco de diarios como le he dicho?.
— Porque el banco estaba más cerca y más fácil.
— ¡Descueve! — dijo él, dando un puñetazo en la mesa — . ¿No se da cuenta que este número de carga de este boleto está amarrado a su cuenta?.
— ¡Ah, bueno!. Sí — respondió ella sorprendida.
— ¿Y se da cuenta que al meter este número de carga al celular, queda amarrado su número de cuenta del banco con el número del celular?.
— ¡Ah, claro!.
— ¿Y entiende que por lo tanto, su nombre queda amarrado con el celular y todas las llamadas que con él se hacen?.
— Sí — dijo ella ahora, comenzando a entender. Bajó la mirada al suelo, compungida.
— ¿Entonces, se da cuenta que si alguien quiere ubicar a quien hace una llamada, busca quien la pagó, y donde vive, donde trabaja, en fin; ¡adiós confidencialidad!?
— ¡Perdón! — dijo, sin levantar la vista — No lo pensé.
César movió la cabeza de un lado a otro.
— ¿En cuantos celulares ha metido su nombre? — preguntó.
— Varios. No sé.
— Bueno. Tráigamelos todos. Y si tiene dudas con alguno: Tráigalo también. Hay que liquidarlos todos. ¿Desde cuando está haciendo esta huevada?.
— No sé. Por suerte no mucho — dijo.
— Ya. Vaya — dijo — . Yo salgo a llamar al abogado — . Y se levantó, y salió de la oficina.
Cuando volvió, llovía como si todas las fuerzas del cielo estuvieran vomitando su rabia. El pelo le chorreaba agua por todas las puntas, la ropa empapada parecía tener dos colores. Uno oscuro y húmedo, y algunos manchones, aún secos, un colorido algo más claro. Se sacó el abrigo, la chaqueta, los zapatos y calcetines, y se instaló con los pantalones empapados hasta la canilla, a secarse, junto a la chimenea, sentado en un sillón de cuero.
— En la línea tiene una llamada privada — anunció la secretaria por el auricular — , dijo que era Nany.
César contestó en tono frío. Ella estaba lejana, pero dispuesta a conversar y aclarar lo que estaba pasando, según dijo. Propuso:
— Juntémonos a conversar, para aclarar las cosas entre nosotros.
— No sé si tenga sentido. Tú nunca has entendido nada de lo que a mi me pasa, o de lo que yo siento. Creo que ni siquiera haces un esfuerzo.
— Es que tú estás mal, y no quieres cambiar — dijo Nany.
— Ahí está el problema — dijo él — , ¿por qué no cambias tú, en vez de cambiarme a mi?. Eres tú la que guardó mi zapato. Yo lo dejé: Renuncié a él.
— Porque yo me interesó en ti. ¿Tú te interesas en lo que yo quiero?.
César se rió con amargura, y comenzó a cantarle una vieja canción:
— «María Cristina me quiere gobernar,
Y yo le sigo, le sigo, la corriente,
Porque no quiero que diga la gente:
María Cristina me quiere gobernar».
— Yo no te quiero gobernar — dijo ella.
— ¿Tienes, todavía, mi zapato?
— Sí.
— Mantenlo lustrado, mientras lo pienso. ¡Adiós! — y cortó la comunicación.
Se tocó los pantalones, y estaban bastante secos, entonces se levantó, y se fue a su escritorio, con la intención de trabajar, pero se quedó mirando la lluvia, y el cielo negro y amenazante, los árboles de ramajes diagonales, con el viento, y metiéndose las manos bajo los sobacos, se estiró, y cruzó los pies pelados, y se quedó pensando en lo lejos que se hallaba de los planes que para si mismo había hecho cuando era joven, y los hacía, pensando que se podían cumplir.
La lluvia tocaba música golpeando la ventana, y los negros nubarrones iban dibujando extrañas figuras que corrían en el cielo. Cada tanto saltaban chorros de luces entre ellos, que presagiaban la sobrecogedora explosión del trueno. Cesar recordó cuando el abuelo Atila lo llevaba a conocer museos, lugares, y edificios públicos. Así fue como conoció el fuerte del cerro Huelén, desde cuya cumbre le enseñó claramente el brazo de río que fue cercenado por donde ahora corre la calle Rosal, y Victoria Subercaseaux, y por último, Alameda. Añoró la magia del abuelo Atila cuando le contaba la historia de los cañones del patio del mismo nombre que hay en La Casa de Moneda. Así también recordó cuando se perdió en el palacio de los tribunales, en la inmensidad de ese pasillo que terminaba a miles de metros de altura en esa brillante cúpula que parecía iluminarlo todo con la luz de la justicia. El abuelo Atila no estaba. Miró a su alrededor, y había desaparecido en un loco instante que se soltó de su mano, como disuelto por esa potente luz que caía acariciante, desde la cúpula. Corrió en el sentido que venía, pero todo detenía su carrera, perdiendo instantes preciosos que le permitieran encontrar el rastro. Una mujer, con un extraño uniforme, que nunca había visto, de color verde botella, con algún figurín rojo intenso en los hombros, abrió los brazos hacia él, y detuvo su carrera. "Mi abuelo" gritó él. Creyó verlo subir por unas escaleras anchas de mármol. Trató de encaminarse hacia allá, pero no avanzaba. Cada paso que daba era detenido por una fuerza extraña en sentido contrario, en el sentido hacia donde todos iban, menos él, menos su abuelo. Pero el abuelo Atila si avanzaba, y ya estaba al tope de la escalera, girando en la balaustrada. Trató de gritarle, pero sus palabras eran ahogadas por las de la multitud, a tal nivel que ni él mismo las oía. Unos decían: "La tercera sala presidida por el señor ministro quedó en acuerdo". Otros "La sentencia está a firme ya no hay más recursos". Alguien que lo empujaba en sentido contrario dijo: "Es inútil ir contra la corriente. No cabe duda que será condenado". En ese momento, el abuelo Atila desapareció más allá de la balaustrada, tragado por una enorme puerta. César logró escapar de la multitud que iba en sentido inverso, y se lanzó escaleras arriba. Un hombre gordo, de uniforme verde, como la mujer, pero con tres barras rojas cosidas en la manga, lo amenazó con un palo oscuro, que amarraba a su muñeca con una correa de cuero, y le gritó con voz ronca e imperiosa: "Señor: Aquí no se puede correr. Hay que respetar la justicia". Trató de ignorarlo pero no pudo. Su paso se hizo lento, y se sintió invadido por la desazón. Miró a lo alto de la escalera, y notó que el tope estaba lejísimos. Dos figuras de mármol lo esperaban arriba, de pie, sosteniendo sendas espadas, mientras miraban serenas al que subía con sus blancos ojos sin vida ni núcleo. "Ojos ciegos" pensó César. Mientras más subía, más lejos estaba el tope de la escalera, y más intensa era la mirada vacua de las figuras. Así mismo, la luz se iba haciendo más y más tenue, y la amplia cúpula que recorría a todo su largo el pasillo ancho, se convertía en techo oscuro. Finalmente, después de luchar contra su propia fuerza de inercia, que le hacía lento el avance, mientras más intentaba apurarse, logró llegar al tope de la escalera. Entonces, recién las dos estatuas de mármol de ojos vacíos, le quitaron la vista de encima. Él recorrió con la suya los amplios pasillos. A todo lo largo se repetían las anchas puertas, flanqueadas cada una por dos estatuas cuyas manos se apoyaban sobre una larga espada, sustentada delante de sus pies. Sus ojos vacíos observaban serenamente a quien quiera que entrara por las puertas: Dos de ellas sabían por donde había entrado su abuelo Atila, pero sus bocas estaban selladas en mármol. Entró por el portal que le pareció haber tragado a su protector. Adentro la luz era en extremo tenue, y el pasillo estaba flanqueado de una infinidad de puertas como la que había traspasado, todas las cuales eran protegidas por dos estatuas de blanco mármol, cuyas manos se apoyaban en una espada, mientras sus ojos vacíos vigilaban sin cesar a quienquiera que cruzara su portal. Recorrió el pasillo gritando: "¡Abuelo Atila!. ¿Dónde estás?", sin recibir respuesta alguna. Entonces entró por una de las puertas, pues detrás de todas se oía voces rumorosas que conversaban, pero cuyo diálogo exacto no alcanzaba a distinguir. Se encontró en una enorme sala casi oscura, y muy alta. A todo el entorno, había infinidad de puertas, todas ellas flanqueadas por dos estatuas que representaban a una figura femenina, serenísima, cuyas manos se apoyaban sobre una espada, sustentada frente a sus pies descalzos. Sus ojos de mármol, sin pupilas y vacíos, vigilaban atentos a cualquiera que atravesara su puerta. César quiso retroceder, pero se hallaba en el centro de la sala, y ya no sabía por cual de las puertas había entrado. Quiso gritar a su abuelo, llamándolo, pero su voz no salió. Entonces decidió abrir cualquier puerta, y mirar en su interior, y luego, ordenadamente, recorrer las demás, antes de tomar una decisión. Cada puerta que examinaba conducía a una nueva sala, o a un pasillo muy largo, pero todos ellos eran, de manera sucesiva, ligeramente más oscuros. Entonces volvió a la primera, y estaba más oscura que las demás. Entró en ella, sólo para que la situación se repitiera otra y otra vez, en cada puerta que atravesaba, flanqueada siempre por dos estatuas de mujeres con sendas túnicas, de pie, apoyadas sobre una espada, y con los ojos vacíos mirando serenos a quienquiera que traspasara las puertas. Y así sucedió hasta que estuvo completamente oscuro, tanto que no podía ver las puertas. Era una sala enorme, llena de personas sentadas que observaban el escenario en que él se hallaba, aunque no podía verlas. A todo alrededor de la sala estaba lleno de pares de estatuas de mujeres de vista serena, y vacía, cuyas manos se apoyaban en una espada. Una de ellas apareció en el escenario junto a él, y una fuerte luz cayó sobre ellos, rodeándolos. Al verla iluminada, notó que en vez de espada la mujer tenía entre sus manos a su perro Dogo, que le ladraba. Sus ojos sin pupilas lo envolvían serenamente, sin odios ni reproches, pero dijo:
— Se te condena por traicionar tu propio destino, a la pérdida de tu identidad. Desde ahora te llamarás José Antonio Vidaurre — su voz sonó solemne, aunque monótona.
Quiso defenderse de la impugnación, pero la mujer no parecía escucharlo. Cuando terminó de hablar, desde el publico le llegó un rumor creciente de comentarios hostiles, que no podía entender.
La mujer de mármol habló de nuevo. Su voz monótona era, sin embargo, solemne:
— Se te condena por traicionar la moral y las costumbres de las personas.
Él intentó decir que no tuvo otra alternativa. Que sólo había representado su papel lo mejor que había podido, ya que la vida lo había empujado por este camino. Pero la mujer de mármol no lo escuchaba. Desde el público crecía la hostilidad. Dogo, desde los brazos de mármol de la mujer le ladraba mostrando agresivamente los dientes.
La mujer entonces elevó la voz, por sobre el rumor creciente del público, y repitió la sentencia:
— Se te condena a perder tu identidad. Serás José Antonio Vidaurre — dijo.
Sabía que no lo escuchaban, sin embargo, insistió en explicarse. Razonó que la moral no existía, que cambiaba dependiendo de las costumbres y los lugares. Explicó que vendía droga sólo a aquellos que deseaban consumirla, que no pretendía enviciar a nadie. Dijo que era la única oportunidad que la vida le había dado, que todas las otras se le habían cerrado. Se justificó porque el destino estaba escrito, y no era posible luchar en su contra. "Yo sólo represento un papel en este escenario", gritó.
La mujer de mármol habló con voz severa y solemne, acallándolo, tanto a él como al público cuyo rumor a ratos se hacía amenazante.
— ¡Por todo ello se te condena!. La justicia está escrita. También es parte del destino, así pues, nada te redime.
Miró a su alrededor, buscando a alguien que lo defendiera, pero estaba solo. A su derecha en el escenario vio una tribuna, desde donde los magistrados lo miraban severos, mientras intercambiaban opiniones. Aunque nadie lo escuchaba, gritó desesperado: "¡Todo escrito!. ¡No existe la verdad, es sólo ficción!". Se miró las manos, y no eran las suyas. Eran más blancas, y tenían pequeñas manchas de color casi naranja. Entonces sorprendido las dio vuelta y se miró las palmas: No tenían ninguna línea. Desesperado las cerro, y volvió a abrirlas: No tenían líneas. Gritó, sin que nadie, ni siquiera él mismo se oyera: "¡Me robaron mi destino!. ¿Donde están mis alegrías, mis recuerdos?".
Se levantó violentamente y miró a través del ventanal. Intensas líneas de lluvia caían en diagonal, empujadas por el fuerte viento. Borbotones de nubes ennegrecían el cielo, y le quitaban el color a las cosas. Desde la vereda, Seresa Almond, con el pequeño maltés entre sus manos ondulantes lo miraba serena, con sus ojos semicerrados y ausentes. Entonces se miró las palmas de las manos.

Sobre su escritorio tenía no menos de quince teléfonos celulares. Los fue abriendo, uno a uno, buscando la pequeña tarjeta del circuito integrado, que metódicamente partió en dos mitades. Cada mitad en un montoncito separado, de manera que finalmente tenía dos lotes de más o menos quince mitades cada uno. Volvió a repetir la operación de división con cada lote de manera que finalmente tuvo cuatro lotes, los que envolvió en paquetes separados. Metió tres paquetes en un cajón de su escritorio, que cerró con llave, y el cuarto lo echó en un bolsillo de su abrigo.
Luego llamó a Micaela y la instruyó que entregara los celulares sin el chip para que los liquidaran. A la vez le dio instrucciones que los repusiera con aparatos nuevos, comprados de a uno cada vez, en distintos lugares por diferentes personas.
— Sin distraerse y olvidar la idea de la confidencialidad — dijo, mirando intensamente serio a la mujer. Luego agregó — : Ahora me voy a buscar mi auto, y ya no vuelvo.
Salió a la calle y miró el cielo oscuro de nubes y noche. Sintió como se le iba empapando la cara con la lluvia. El gesto sombrío que lo había acompañado durante el día se fue lavando, hasta desaparecer por completo al contacto con el aguacero. Sin protegerse, emprendió el camino, con el cuello del abrigo levantado, y las manos en los bolsillos. Pasó junto a Seresa Almond, que con su mirada ausente, y el vaivén de sus miembros se acercó hasta casi rozarlo con una mano demasiado grande para el brazo que la sustentaba, y le dijo:
— ¿Tienes un cigarrito?.
César se encogió de hombros, y siguió andando. Ella alcanzó a tomar un faldón de su abrigo, y le dijo en tono monocorde, pero que denotaba enojo:
— ¿Por qué me evades José Antonio Vidaurre?. ¿Acaso no te das cuenta que soy la voz de la justicia?.
César tomó el faldón y le dio un tirón, logrando que ella lo soltara. Seresa Almond perdió el equilibrio y cayó con una rodilla a tierra.
— Todo lo sabrá el juez Salomón Orizola.
Por primera vez César pensó en la posibilidad de deshacerse de Seresa Almond.

Caída en el suelo, con una rodilla metida en el barro de la calle, la mirada metida en sus propios pensamientos, Seresa Almond vio la figura agresiva que se abalanzó nuevamente sobre ella, y le descargó un golpe con el dorso del puño, que la dejó sentada en el barro.
— Vuelve a la casa — le gritó — , y no vuelvas a intentar escaparte. Me pagan por tenerte aquí: ¿Entiendes?. No porque te escapes.
— ¿Pero por qué me pegas? — dijo ella — . Yo sólo quiero ir a mi casa con Eliecer y mis hijos.
— Entiende: Ellos no te quieren tener. Por eso estás aquí, y nunca vas a salir.
— No nos puedes detener — respondió ella. Las voces de su interior le dijeron: "Soy la reina María de Escocia. Represento a la justicia y la libertad de mi querida tierra. Busca cincuenta jinetes y haz justicia definitiva". "Simula y engaña" le decía Sol Cruzat. Es nuestro destino.
Dos mujeres esbirros, vestidas de blanco, descendieron de algún lugar que no pudo precisar. Una de ellas muy pintada, con la boca extremadamente roja, decía: "¡Sujétale los brazos!". El hombre la agarró rápidamente por las piernas, y la otra mujer le pasó un cinturón blanco de lona, con el cual le amarró con fuerza las piernas a la altura de los tobillos. Luego saltó sobre su cara y se la aplastó contra el barro, mientras la mujer de boca roja, y la otra, que parecía no tener rostro, sino solo una nariz enorme, le encajaron entre ambas una camisa enorme, de lona blanca. Mientras la mujer de boca muy roja la sujetaba por los puños, y el hombre por el pelo la otra le amarró la camisa en la espalda. Finalmente las mangas larguísimas de la camisa se las pasaron por la espalda y se las amarraron inmovilizándola completamente. Trató de escapar como una culebra con los estertores de su cuerpo, pero no era posible; sin embargo, siguió intentándolo. "¡Inyéctala!, ¡Inyéctala rápido!" gritaba la boca roja. "¡No puedo!. Se mueve demasiado" decía la otra voz. La mujer de boca roja se montó a caballo sobre ella, y sus enormes manotas cayeron sobre sus hombros con violencia. Un dolor agudo penetró su hombro izquierdo. El hombre puso una rodilla sobre su rostro, aplastándole la nariz. No podía respirar ni gritar. El hombre dijo: "¡Ahora sí!. ¡Apúrate!". La mujer de nariz grande hizo ademán de clavar un cuchillo en su pierna. Sintió un dolor agudo en el muslo, y un dolor tibio le recorrió la carne. Entonces los tres agresores se pararon, y la dejaron sola retorciéndose de impotencia en el suelo. A cada momento que pasaba el mundo que la rodeaba se hacía más denso, y moverse era más y más pesado, hasta que finalmente se dio por vencida. Estaba de nuevo sobre el palto altísimo, y no había nada alrededor, hasta el infinito, salvo allá lejos en el horizonte la pequeña casa con ventanas en que los ancianos se movían rítmicamente.

Al llegar a su auto, César se sentó frente al volante, a oscuras, mirando correr las gotas de lluvia por el parabrisas. Se sentía descontrolado. Sentía en su cabeza una especie de torbellino permanente como si no pudiera librarse de esa sensación onírica de desolación, y abandono, de no tener destino ni puerto. "¿Para donde estoy yendo?" se dijo. "¿Por qué me siento culpable, si no tengo que rendirle cuentas a esa mujer?. ¿Y por qué me persigue?. ¿Cómo se mete en mis sueños?". En la oscuridad, metido en la lluvia se echó hacia atrás en el asiento. "Supongamos" pensó, "que me saliera de este negocio: ¿Que hago?". No encontró alternativas. "¿Buscar un trabajo, repartiendo currículos?: ¡Claramente no tiene efectos para mi", pensó. "Puedo intentar otro negocio, pero hasta ahora ha sido inútil. Ninguno me ha servido más que para tapar lo que hago".
— ¡No tengo salida! — dijo en voz alta — . ¡Mala cueva!. ¡A la cresta! — concluyó, rabioso.
"Supongamos que es exagerado decir que uno está amarrado a un destino, escrito como un libro" siguió pensando, "pero igual está sujeto a las circunstancias que le toca a uno vivir. No es cosa tampoco de inventarse un mundo propio, como pretende Nany. Yo tengo éste, y no otro". Entonces se dijo que tampoco era su interés cambiarlo. "Por aquí fluyó mi vida, y ya es así. Las que quieren cambiarlo son Nany y Seresa Almond, no yo".
— No cambio ninguna huevá — concluyó entonces en voz alta.
"Nany se puede ir a la cresta. Al fin que no es fiable. Para ella, en verdad, soy la alternativa última. Antes eligió a otro, y me jugó chueco. Ahora me encontró de nuevo cuando no tenía mejores posibilidades. No", se dijo. "No va a ser por Nany que yo cambie".
"Seresa Almond no me deja tranquilo. Es ella la que me empuja. Es como si se hubiera materializado y desdoblado mi conciencia" pensó. "La verdad es que necesito librarme de ella": Fue la segunda vez que pensó en deshacerse de Seresa.
"¿Quien va a buscar a esa mujer?" pensó. "Si alguien se preocupara de ella, no estaría dando vueltas por ahí". De inmediato se escandalizó de la idea, y trató de apartarla, pero volvía a pensar en Seresa Almond, cíclicamente: "De algún modo se está enquistando en mi mente, y me va a volver tan loco como ella. Así que al final, es ella o yo" se dijo. "Las cosas han de ser como tienen que ser. Tal vez esta dicho que me tengo que librar de ella, y mientras no lo haga me estoy volviendo loco". Otra vez pensó que como fuera, lo que estaba pensando ya era una locura. "¡La mato!" pensó. "Y si el destino es que no lo haga, me puedo morir yo, antes que resulte. Así es que lo intento: ¡Y mala cueva!" dijo.
A pesar de todo, sabía que era más un pensamiento liberador y lúdico, que una decisión, pero sintió alivio, y logró salir del estado de extrema tensión en que había estado desde el día anterior. Se metió la mano al bolsillo para sacar las llaves y echar a andar el auto, y se encontró con el paquetito de pedacitos de circuitos que había puesto en el abrigo. Lo sacó, y lo dejó sobre el asiento del acompañante.
Anduvo a marcha lenta, hasta que encontró un basurero público. Sacó un sobrecito de fósforos de la guantera, y se bajó con el paquetito. Le atracó un fósforo, y esperó a que el paquete comenzara a arder, para tirarlo al tarro basurero. Luego esperó a verlo consumirse completo.

Miró la hora, eran más de las diez de la noche. Se había gastado un buen rato elucubrando sobre Seresa Almond. Miró el cielo oscuro, y sintió como le caía la lluvia en la cara. Luego se subió al auto y lo condujo por avenida Kennedy hacia arriba. Ya a esa hora no circulaba casi nadie, especialmente por la lluvia y el viento, que invitaban a los transeúntes a recogerse temprano.

Distraída, y sin importarle la lluvia, caminó hacia su casa, sin tomar conciencia del vehículo estacionado frente a ella. Sacó las llaves para abrir, mientras, desde el vehículo, una voz conocida y antigua dijo:
— ¿Te llevo?.
Ella miró, tratando de ver a César, aún cuando no era su auto, ni su voz. Sin embargo, la recordaba, pero no veía a su dueño, sino sólo su silueta.
— ¡Sube! — insistió la voz, amable aunque perentoria, mientras abría la puerta.
Nany se acercó hasta el borde de la vereda, tratando de armar en su mente los elementos que le permitieran reconocer esa voz del pasado.
— ¡Apúrate! — instruyó la voz, con cierta impaciencia, y tono autoritario, tal que ajustó la última pieza en el puzzle de Nany.
— ¡Juan de Dios! — dijo sorprendida, subiendo al auto —. ¿Y tú, en qué andas?. ¿Qué haces aquí?.
— Me aburrí, y me fui de mi casa. Mi mujer me tenía loco. Es igual a mi Mamina. Hace dos meses que estoy viviendo solo.
— ¿Y tu Mamina, qué es de ella, tu familia...?.
— Mi Mamina murió hace mucho. ¡Que se pudra la vieja dominante!. A mis papás no los veo desde que me fui de la casa. Me los quitó esa yegua hedionda a leche añeja. Antes iba siempre, obligado, los viernes a comer, y los domingos a tomar el té.
— ¿Y donde estás ahora? — preguntó ella.
— Encerrado en una pieza. Pensaba arrendar un departamento, pero no sé si pueda... O sea si vuelva... ¡A la cresta!... No sé que hacer. Sólo sé que te necesito. Por eso vine.
— ¡Ah bueno!, entonces llévame a pasear. Vamos a comer algo, a algún lugar, y conversamos.
— ¡No! — respondió tajante él —. No puedo ir a ninguna parte que nos vean. ¿Entiendes?. ¡Necesito estar contigo!.
— ¡Ah no! — dijo ella — estás equivocado. En esas condiciones no voy a ningún lado. No soy un hoyo caliente. ¡Olvídate! — trató de abrir la puerta, pero él la había bloqueado. El auto partió a gran velocidad, salpicando barro, y sonando los neumáticos.

Kepa Uriberri