Destino


Novela

III El traficante

El Destino

Una vez que salió del bajo nivel, la recta que bordea el Club de Golf, se le presentó como una invitadora cinta azabache y brillante, completamente disponible. Metió el pie a fondo en el acelerador, haciendo llegar, en segundos, la aguja al número ciento cuarenta. A cada pasada del limpiador, César veía la cinta brillante frente a él. Después, rápidamente se texturizaba con la abundante lluvia que opacaba el parabrisas, deformando la visión. A su izquierda, por la calzada de bajada, un antiguo auto amarillo, desvencijado se acerca con una sola luz encendida. Parece venir guiñando un ojo, como si saludara la sorpresa que lo espera más arriba. En su vejez, la parte trasera ha caído lastimosamente, dándole un aspecto de falso orgullo, como si su único faro encendido mirara medio de arriba hacia abajo, como con desprecio. El arribismo de su dueño es notorio en casi todos los detalles, que en definitiva hacen su aspecto mucho más penoso: Dos lucecitas azules, añadidas al techo le dan el aspecto de un camión petiso y pretencioso; mientras unas tapas de rueda llenas de colores y adornos, intentan transformarlo en un modelo deportivo que nunca fue, y que su calamitoso estado no soportaría dignamente. La mascarilla original, de diseño sencillo, ha sido reemplazada por otra, muy cromada, que le añade un aspecto de payaso risueño y cínico, ya que en su ancianidad sus ruedas lo hacen avanzar desviado de su eje natural. Al verlo pasar, César reflexiona que el propietario de ese auto puede ser infinitamente más feliz que él mismo: "El esfuerzo que ese hombre ha puesto en tener esa roña, probablemente le ha reportado infinita más felicidad, que la escasa que yo he logrado lidiando una vida que no busqué, y llena de logros que no me interesan".
Empujó un poco más la aguja de la velocidad, haciéndola llegar a ciento sesenta. Pasó bajo la avenida Américo Vespucio. Dos jóvenes asomados a la baranda intentaron, sin éxito, escupirle el parabrisas. Recordó a la mujer que le lanzaron una piedra de cuatro kilos desde una pasarela, y soltó el pedal, pensando en un impacto a esa velocidad. La aguja bajo a ciento veinte. A ambos lados, la lluvia caía sobre pastos verdes, iluminados por los faroles de mercurio y yodo. La vegetación despedía una rara luminosidad, que él captaba con los últimos rincones de su vista. Se dio cuenta que la distensión que pensaba haber logrado, acelerando el vehículo era ilusiva: Tenía los dientes fuertemente apretados, y sólo había conseguido que su mente consciente divagara por el panorama circundante a la velocidad del auto. Dos o tres estratos más abajo, tal vez su subconsciente estaba, ya, trabajando, en prepararle otro tortuoso sueño, bajo la envolvente atención de Seresa Almond. Al pensar en ésto, sintió un nudo de odio en el pecho, y para espantarlo sacudió la cabeza, y volvió a apretar el pedal acelerador, mientras divisaba al frente, deformados por la lluvia, todos los neones y flúores del primer gran centro comercial que la avenida aloja a su derecha. Ahí, el comercio ya había cerrado desde hacía más de una hora, y los estacionamientos de la superficie se encontraban totalmente vacíos, dándole un aspecto desolado al tremendo conjunto de edificios que desesperadamente anunciaba a nadie sus luces. César pensó que su vida era así: Parado encima de un enorme escenario, pretenciosamente luminoso, representando una estúpida ópera, en un teatro vacío, y sin actores de reparto, en un eterno monólogo de infinito cuidado, donde cada acción cada palabra debía estar perfectamente protegida, para evitar el fracaso de todo un montaje costosísimo, que comprometía su suerte futura toda. De nuevo sintió rabia, ahora consigo mismo, por su impotencia para cambiar una suerte adversa, o al menos diversa a sus deseos. Tomó aire profundamente, y exhaló un enorme grito desahogador. El limpiaparabrisas despejó la visión al frente suyo, la lluvia y sus pensamientos no lo habían dejado ver la figura, delante suyo, que bajó desde el bandejón central de la avenida, y comenzó a cruzar la calzada con infinita lentitud y decisión, como si fuera un caracol, a trescientos metros. De repente, al suspender el grito, fue consciente de la mujer, que ya estaba frente a él en la distancia. Ella se detuvo, al centro de la calzada, y se volvió hacia el auto que se precipitaba a su encuentro. César la vio volverse hacia él, y vio como se iluminaba el aura que la rodeaba. Sintió sus ojos sin expresión, fijos en él, a pesar de la distancia. Instintivamente retiró el pie del acelerador, pero de inmediato se llenó de una extraña excitación, y por tercera vez pensó en deshacerse de ella. Entonces pisó el acelerador a fondo. Seresa Almond estaba, ya, a unos cien metros. Su aura iridiscente iluminó toda la calle. A pesar del vaivén de su cabeza, y de lo introyectivo de su actitud, sus ojos semicerrados se clavaron firmemente en los de César. Él sintió su organismo repleto de adrenalina, de modo que a pesar de la velocidad, podía tragar cada centímetro de distancia que recorría como si transcurriera en un tiempo infinito.
Las luces del auto se fundieron en una extraña danza de reflejos en el piso mojado con los neones del centro comercial, las luces de yodo de la calle, y el aura, cada vez más intensa e iridiscente de Seresa Almond, como si ella presintiera lo que estaba por suceder, e intentara detener al vehículo.
César sostuvo la intensa mirada de Seresa, y el enceguecimiento que le produjeron los reflejos. Pensó que si debía arrollarla, entonces la arrollaría, en cambio, si no era esa la dimensión del destino, sin importar lo que él hiciera, nada sucedería. "Es lo que siempre he creído" se dijo. "Soy un instrumento. Nada hago yo, que antes no este dibujado en el tiempo. Nada he hecho que no haya estado escrito en el tiempo, antes y después de hecho". Vio cómo iba desapareciendo el fondo de la escena: Ya no había neones, sólo aura. Ni edificios, ni faroles; sólo lluvia. No había veredas, ni calzada, sólo su conciencia frente a sí. Se dijo: "No importa lo que yo crea. Las cosas son. Habrá bien y mal. Sin mal no hay bien, el mal es necesario para que exista bien, y por eso fue creado, y alguien tiene que sustentar el mal. No es un problema de moral, ni de valores. Es de génesis. En ese contexto me tocó el mal. Y mientras mejor lo ejecute, es mejor para el bien".
Sesenta centímetros antes de golpear a Seresa Almond, cuando el universo estaba compuesto sólo de lluvia, aura, colores, ella y él; tuvo ese instante de reflexión profunda verdadera, que según su propio testimonio: "Sólo llega en momentos cruciales, justo un poco tarde". Entonces pensó que nada era por anticipado, que él lo había decidido, y si sucedía era su culpa. "Al menos debí hacer un esfuerzo, en todo caso", pensó, pero ya era tarde. El parachoques y la mascarilla alcanzaron a Seresa Almond, aún cuando pulsó a fondo el freno, con rabia, con arrepentimiento, con fuerza, y con culpa. El vehículo alcanzó a patinar en el suelo húmedo, donde se reflejaba difusa la escena inversa y simétrica. Ahí también fue inevitable.
Seresa Almond sintió en la lejanía de su mundo exterior, el siseo de las ruedas girando sobre el pavimento mojado. Miró, con un giro eterno y lento de su cabeza en vaivén el vehículo que se aproximaba. Su lento pensamiento la hizo girar enfrentando al vehículo, que parecía no verla. En su mundo interior, Sol Cruzat le dijo: "Detente. Nunca, en tu rol, podrás esquivarlo. Deja que él lo haga". Quiso avisar al conductor, pero sus reacciones no eran corporales. Vio aproximarse a gran velocidad el vehículo, siguiendo su propia estela, buscándola. Sol Cruzat dijo: "Enfréntalo dignamente. Es tu papel. Nunca José Antonio Vidaurre podrá superarte". Las luces hirieron intensamente sus retinas, haciendo difuso el límite del mundo interior y el exterior. La textura de la lluvia sobre el fondo luminoso borró los contornos, como si el universo estuviera compuesto de luces, lluvia, pavimento y ella. Su conciencia tenue se deslizó hasta ese despertar sobre el altísimo palto de su niñez. Todo estaba oscuro, no existía, hasta que de repente, sin darse cuenta, esa luz intensa apareció en el horizonte infinito lejano, y fue a herirle con fuerza el fondo de los ojos. Fue como nacer. Sólo entonces comenzó a vivir. Lentamente la intensa luz de su despertar se convirtió en un intolerable disco amarillo y blanco que fue asomando del horizonte. Entonces se vio a si misma, como un pájaro, acunada en la copa del palto. Su cuerpo era de metal, y sus manos de cristal traslúcido. El enorme disco de intensa luz se fue precipitando sobre ella. Sólo distinguía algunas ramazones negras que interrumpían al agresor. El cielo entero era lleno de la luz intolerable. Entonces dijo: "¡Huye!". Batió sus alas metálicas, y su cuerpo de cristal se elevó tenue por los aires, sin embargo la luz la fue envolviendo lentamente, y el disco luminoso del sol se allegó imperceptiblemente. Por fin la azotó con fuerza violenta, pero no sintió dolor: ¡Volaba!. Desde el aire, sus ojos de cobre oxidado vieron la lluvia y el sol. Su propio cuerpo de pájaro frágil caía como una muñeca de trapo sobre los húmedos reflejos de un mundo raro de yodo y neones. Como el último canto del cisne cuando muere dijo: "¡Ay papá! ¿¡Por qué siempre me hieres!?". Luego cayó como pájaro herido sobre el pavimento mojado, que reflejó la simetría deforme de su cuerpo roto.

César quiso huir, para escapar de sí mismo, pero se detuvo cincuenta metros más allá, y volvió. "Será como tenga que ser" se dijo. Sintió que su cuerpo estaba lleno de algún fluido que lo hacía tiritar, de pies a cabeza.
La empresa de seguros pagó todos los gastos de Seresa Almond, y la indemnización que la ley exige, a su hijo único, que no tardó en presentarse a reclamarla. A su vez aquella demandó a César, quien acordó un arreglo, en el que reconoció su culpa accidental, reembolsó los gastos incurridos, y pagó una indemnización voluntaria a Eliecer Amado Velarde Almond, hijo de Seresa.
El juicio criminal lo exculpó sin mayor investigación, y declaró la muerte de Seresa Almond como accidental por descuido culpable de la accidentada.

Chemicals & Metals Trading aún hoy tiene su sede en la misma casa en la misma avenida. Su principal accionista, Agustín Echaurren, ya no la dirige personalmente. Ahora está radicado en Washington desde donde dirige varias industrias del rubro de bebidas energéticas y farmacéuticas, que también le pertenecen.

Kepa Uriberri